Friday, January 28, 2011

Soy de la loma… y canto en el llano.

Un policia en una calle de La Habana

La primera pregunta que me asalta a mi mente, ¿qué estará pensando este joven vestido de policia en esa esquina de La Habana?

¿Cuál será su instrucción? ¿De donde habrá venido este joven que a todas luces no sobrepasa los 21 años? ¿Qué cuida en esa esquina de La Habana Vieja?

Hay en su mirada y en el gesto cansado como el rictus de la indiferencia y el cansancio. ¿Habrá alcanzado sus sueños de niño al sostener un arma en su costado, portar un membrete y una identidad que lo autentifica como autoridad?

Hubo una época en que la policia habanera exigía una estatura mínima, una presencia física y una mínima edad para ser parte del cuerpo policiaco. Como tantas instituciones de la Cuba castrista el tiempo, la corrupción y la brutalidad e indolencia policial provocó el rechazo del habanero a ser policia. La Habana se empezó a quedar huerfana de esa figura de la sociedad.

El gobierno decidio, entonces, derrumbar todas las exigencias físicas, de educación y de ubicación geográfica del futuro miembro de la PNR. La solución fue buscar futuros policias en el Oriente cubano. Así La Habana se llenó de orientales.

No es un mote esotérico, discriminatorio y vejativo. Es la pura realidad. El gobierno de Castro acudió a la población de provincias como Santiago de Cuba y Guantánamo para suplir de hombres sus mermadas fuerzas policiales ante el abandono de los ciudadanos de la capital.

Y así aparecieron jóvenes como este de la foto, muchos de ellos sin esperanza alguna de obtener nada en alguna universidad por sus bajos rendimientos, deseosos de abandonar el oriente donde los indicies de pobreza son infinitamente mayores, y las carencias se sienten al doble, el triple, quién sabe cuantas veces al de la capital cubana.

Unas pocas clases de instrucción, algunos conocimientos básicos sobre lo que un policia debe hacer, una pistola y algunas balas en el costado, y a caminar La Habana en la mañana o en la noche. Solicitando carnet de identidad a pobres ciudadanos indefensos, a algún infeliz viejo que vende cigarros en alguna esquina, o quizás a la vecina que se equivocó de día y lanzo un cubo de agua sucia por el balcón de algun edificio hacia la calle.

Mientras, los miembros peligrosos de la delincuencia habanera campean, le pasan por el lado y quizás hasta le hagan algún guiño malicioso e intencionado, le presenten algún prospecto de novia habanera al joven de la pistola al lado para que este mire hacia el otra parte cuando ellos pasan. Quizás mire hacia el lado sin nada de eso, sólo por pura cobardia y el natural impulso de sobrevivencia en la jungla capitalina.

Los modales, la instrucción personal y la forma de hablar de la policia habanera es de una mediocridad, un desparpajo y una ignorancia increíbles. Muchos, gracias a la pistola en su costado, se muestran arrogantes con el ciudadano normal, aquel que nunca delinque.

Sin mencionar el hecho de que estos policias de oriente desaparecen en la noche como las moscas. Cuando más se les necesita la ciudad dormita indefensa. Miles de hombres conforman esa masa bruta que desaparece en los barrios de La Habana tan pronto oscurece, cuando todos las formas delictivas de la vida comienza a brotar de sus calles.

¿Dónde están? ¿Para qué entonces lo trae el gobierno a La Habana? ¿Es que La Habana de noche no es una ciudad que necesita de la policia?

¿Con qué moral un miembro de este cuerpo armado puede dirigirse a un ciudadano normal usando el mas deleznable lenguaje fronterizo y humillante?

La policia de La Habana bajó de la loma y canta en el llano. Reparte palizas en las celdas de esos castillitos feudales en donde se cobijan sus fuerzas en la capital. Curiosa metáfora: todas las estaciones de policia están instaladas en antiguos edificios con muy marcadas reminiscencias feudales arquitectonicamente.

¿Será la policia habanera también feudal en otras áreas más tenebrosas?

Así lo pienso, y el cubano de la calle conoce muy bien todo esto. No respeta a esa policia, no la quiere, ni desea que sus hijos ingresen en ese cuerpo armado, temen caer en sus predios y la desprecian.

No es el caso de que sean de Oriente, de Guantánamo o de Santiago, es la esencial y básica falta de educación, escrúpulos y profesionalidad que sus jefes superiores no han logrado instaurar en sus conciencias.

Quizás, porque ellos mismos son así desde lo mas profundo de su intimidad como personas.

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