Monday, December 20, 2010

Un barco que se hunde.

Barco que se hunde por culpa de la ola

Ni un plátano ni un tomate, pero seguimos en combate. Así me resume una vieja amistad en Cuba el panorama que se siente en estos días en La Habana.

Cotidianamente recibo mensajes de amistades que me escriben esperando oir algo nuevo, pidiéndome una foto de la primera nieve, o de las luces conque los ciudadanos de este país en que vivo, Canadá, adornan sus hogares esperando la Navidad.

No me lo dicen explícitamente, pero intuyo el ansia de vivir una vida menos asfixiada por la política que se escurre hasta las mismas intimidades del hogar cubano. Después de todo, no hace una eternidad que estoy viviendo en este hermoso país, y conozco de muy cerca las necesidades, carencias, y el tormento de salir al mercado sin encontrar un tomate ni un mísero plátano. Lo sufrí en carne propia.

Los gobernantes de mi país de origen se han pasado 50 años pidiendo sacrificios, hablando de guerras inexistentes, clamando con cifras y frases elocuentes la culpabilidad de un imperio en donde sus ciudadanos adornan sus casas esperando la navidad, y los niños destapan sus regalos en una fiesta de familia.

Los niños cubanos no conocen eso. Las fantasias la expulsaron del país por disidente, contrarrevolucionaria y agente de la CIA. Los reyes magos no pueden cabalgar por Cuba porque sus gobernantes legislaron su identidad imperial, enemiga ideológica de la clase obrera cubana.

Los que controlan Cuba desde sus sillones de espuma con mano de hierro desterraron la felicidad, la maravilla del milagro de Cristo y acuñaron una martirología comunista en la que nadie hoy cree.

Mientras las navidades se acercan están estos padres cubanos, que hoy me escriben, desesperados por encontrar un tomate o un plátano en un país profundamente agrícola. ¿Adonde se fueron esos artículos agropecuarios de nuestra comida cotidiana de siempre? ¿Qué tendrán sus hijos el Día de Navidad a la mesa?

Esas son las preguntas mudas que mis amistades me lanzan por correos furtivos. Cuba es ese barquito que naufraga desesperado contra la ola infantil de colores.

El barco se hundirá… alguna vez. La pregunta es, ¿cuantas vidas costará que ese barco se hunda?

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