Friday, October 29, 2010

Quiero un pais para mis hijos

Donde no sea un delito tener opinión y expresarla. Salir a la calle con un cartel que diga “YO NO CREO”, y que la gente me agradezca mi honradez ciudadana y la opinión sincera.

Quiero un país para mis hijos donde no tengan ellos que ser como el Che, ni tengan que jurar por el Comunismo, sino que sean como ellos mismos, con su propia fe confesada, sus ideas maduras y propias acerca de la vida, y su propia identidad de niños reafirmada.

Un país donde el vecino sea el amigo cercano, la ayuda en los momentos donde la palabra cálida sea la necesitada, y donde las puertas y balcones de nuestras casas estén abiertas, de par en par, sin temor a encontrar los ojos delatores, la lengua perversa y el susurro cómplice.

Quiero un país para mis hijos donde la ideología no se escurra hasta en las propias almohadas donde dencansan sus inocentes cabecitas de hombres futuros. Donde no haya consignas concertadas, voluntades coercidas y leyes represivas a la libre fantasía soñadora.

Quiero un país libre de dogmas y doctrinas, libre de santuarios y filósofos, de nombres intocables e innombrables, libre de discursos divinos y palabras definitivas. Un país donde las palabras sagradas sean respeto, derecho y libertad, y se destierren la fidelidad, el silencio y la igualdad.

Quiero para mis hijos un país de igualdades de oportunidades, sí, a su talento y su virtud, pero no de igualdades coartadas a su conciencia y pensamientos. Esa igualdad denigra al talento, la inteligencia y la voluntad, refrena la naturaleza creativa del hombre y lo convierte en ese animalito mudo, servil, que aplaude y vitorea en las plazas cerradas por los generales.

Quiero para mis hijos un país donde la riqueza sea el fruto del trabajo, el dinero la retribución al talento y la abundancia el resultado de la creación colectiva y/o individual de cada uno de ellos.

Un país que no sea ni de derecha ni de izquierda, que ssea de todos y las puertas estén abiertas para ser cruzadas por nuestra soberana libertad, y no sean muros de contención de voluntades. Los países son lugares donde vivir a plenitud los hombres y no plazas ideológicas y doctrinarias, campos de concentración de indoctrinados, cubículos ardientes de involuntarios.

Quiero una enorme país donde la ley suprema sea el respeto inalienable a la diferencia, y donde mis hijos sepan escoger su rumbo, encontrar el camino de su felicidad personal, la riqueza espiritual y material, la comodidad egoísta y su paz familiar.

Quiero un país para mis hijos donde la familia no sea dividida por odios, partidos, políticas, recetas perfectas y credos. Y todos tengamos un lugar ante la mesa para comer el pan amasado con nuestro individual talento: sin pedir prestado, sin agradecer misericordias paternalistas, ni exigir fidelidades extremas.

Un país donde no sea un delito la conciencia ciudadana, la voluntad cívica del hombre comprometido con el respeto a la virtud. Un lugar donde no haya que firmar compromisos, respaldar pactos y obedecer opiniones no compartidas. Donde las únicas actitudes desterradas sean la hipocrecia, la mentira, el odio y también la intolerancia.

Quiero para mis hijos un país que se alargue para que cada cubano pueda navegar su vida seguro, y tengamos todos un lugar, aún estando en el mas lejano y oscuro rincón de este planeta. Sin límites, sin barreras, sin estampas que categoricen su pertenencia. Sin pasaportes firmados con la adulación y la arrogancia.

Quiero un país para mis hijos que tal vez sea un sueño, inexistente, inalcanzable quizás, pero divino y deseado, atesorado con la esperanza que nos brinda la paternidad, esa completitud viril que nos hace singulares, pequeños átomos de divinidad en alguna hora del planeta. ¡Qué padre no habrá soñado con una mejor casa para sus hijos, una sonrisa hermosa para cada mañana y un pequeño retoño de eternidad divinizado.

Quiero para mis hijos ese país que sueño y que, en algún momento de la vida, le retornaremos su nuevo nombre con su nuevo significado, inmaculado, limpio y puro: Cuba. Y será de Todos... como siempre debió haber sido.

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