Monday, February 8, 2016

La Libertad de la Mentira

Los hermanos Yulieski y Lourdes Gourriel Jr., dos de las más importantes estrellas juveniles emergentes del beisbol cubano, acaban de abandonar la selección nacional de su país en Santo Domingo. No demorarán en aparecer en Miami o, tal vez, en algun otro punto del suelo norteamericano. Tampoco demoró mucho esta vez en aparecer una nota en el sitio en internet del «Diario Granma». La nota, de unas muy escasas líneas, termina expresando que el hecho fue «inmediatamente rechazado por los integrantes de la selección cubana, quienes emitieron una declaración».
Por lo pronto la «conocida» declaración está perdida por el momento del periódico, tal vez por la timidez conocida de que muchos de esos que la apoyaron (vean la foto), no la emitieron – ya se sabe que quienes la escribieron y emitieron fueron las autoridades deportivas oficiales cubanas, las únicas que escriben y emiten la opinión por sus deportistas –, muchos de ellos, repito, terminarán alguna vez en la misma ruta de los hermanos Gourriel.
La huida de los hermanos Gourriel, y tantos otros deportistas, no solo del beisbol nacional, sino de cualquier otra rama, aun cuando no sean grandes estrellas en deportes que tampoco son de primera línea en el país, unido a la estampida que en los últimos meses ha ocurrido con la emigración de jóvenes cubanos por el istmo centroamericano, demuestra que en la isla existe un profundo nerviosismo sobre el futuro que puede descubrir las recien estrenadas relaciones políticas entre Cuba y los Estados Unidos.
No solo se cuestionan la posibilidad de que desaparezca la «Ley de Ajuste», y así os cubanos se agreguen al listado nominal de la emigración ilegal latina en los Estados Unidos, sino también la certeza, al parecer en la población cubana, de que el embargo y todos los estamentos de la tradicional política de cincuenta años de administraciones norteamericanas sean abolidas, y con ellas se esfumen las garantías de todo tipo que los cubanos han tenido en suelo americano.
Lo curioso del cambio en esa actitud es que no representa un sentimiento político del régimen, que ya se sabe no es Cuba, sino de la población cubana, especialmente la población en edad juvenil, en edad de emigrar y rehacer su vida en los Estados Unidos.
Tal parece, ateniéndonos al nerviosismo de esta avalancha, a la continua sangría de atletas y profesionales que abandonan las selecciones nacionales o los viajes oficiales, que los que hoy no quieren o no desean que se levante el embargo y desaparezca la «Ley de Ajuste» es el pueblo, mientras que el gobierno de Cuba constantemente exige, con desesperación – tal vez previendo que el próximo en la Casa Blanca no sea un demócrata –, que Obama acabe de dar el siguiente paso y derogue lo que queda del embargo y todo lo demás.
Por supuesto, el cambio de percepción está en las generaciones jóvenes, que son las que fundamentalmente abandonan el país. Aquellas que fundaron con su tolerancia o participación el régimen de los Castros o está en franco proceso de extinción, o sigue manteniendo su petulante ignorancia de las actuales circunstancias o, sencillamente, viven encerrados en sus mitos y no pueden deshacerse de ellos, ni podrán.
Lo ridículo, sin embargo, es que la oficialidad del deporte, de la prensa y del gobierno sigue pensando y actuando de la misma manera que han actuado desde siempre, escribiendo declaraciones en nombre de los atletas que en un futuro próximo seguirán abandonando sus delegaciones a eventos internacionales, y calificando de mercaderes a otros cuando, de hecho, los mercaderes de la mentira, de la conciencia y del salario de esos jóvenes que emigran son ellos mismos, en nombre de un ideal que ya no se cotiza ni tiene valor en el mercado internacional de ideologías.
Una vez más demuestran, como su propio canciller, que en Cuba lo que existe es la Libertad de la Mentira, en vez de la Libertad de la Verdad. Típica mixtificación de toda sociedad que dice construir el socialismo cuando lo que hace es destruir los estamentos nacionales de la sociedad donde pretenden su cacareada «construcción».
Fíjense en los rostros de los que quedan, algunos ni miran a la cámara, otros se encargan de mirar a esos que no miran o rodean a los atletas en la típica actitud de la coacción y el amedrentamiento servil a algo que ya no funciona. Esos últimos son los esbirros que acompañan a todas las delegaciones cubanas al exterior, los perros de los verdaderos mercaderes de los jóvenes cubanos. Recuerden algunos de esos rostros, ya se lo tropezarán algún día, tal vez muy pronto, por las calles de América, y posiblemente de Miami.
¿Emitirán entonces alguna otra declaración los mismos emisores de siempre?
¿Hasta cuándo van a seguir mientiéndose ellos mismos?

Nota: La foto acompaña a la minúscula nota aparecida en primera plana en el sitio internet de «Granma». Les aconsejo lean los comentarios de aquella nota. ¡Imperdibles!

Thursday, February 4, 2016

Cruz - Rubio

Esto no pretende ser una valoración política de los dos aspirantes a ser candidatos de su partido a la presidencia de los Estados Unidos, ni tampoco de su plataforma y pronunciamientos. No pretendo que lo sea, ni lo es. Me aventuraría a llamarlo una especie de quema personal de los demonios sobre estos dos políticos que dicen tener con mi persona algo en común: ser cubanos.
Pero no lo son.
Me explico.
Cruz es hijo de un padre cubano. Nació en un hospital de Calgary y luego, a los tres años, su familia se trasladó a los Estados Unidos. Este senador-pastor-evangelista-aspirante-a-candidato es hijo de dos computer programmers, yo también lo soy, así que además por ahí hay alguna conexión perdida con este mortal que escribe.
Rubio es hijo de dos cubanos por lo que, tal vez, pueda reclamar un poquito más esa conexión con Cuba. Su madre, cajera; su padre, camarero. Los dos trabajaron para que su hijo pudiera ir a la universidad y convertirse en un abogado. Hoy es aspirante a candidato a la presidencia de los Estados Unidos. Como puede inferirse, cualquier padre cuyo hijo alcanzara esas metas pudiera sentirse orgulloso de lo alcanzado con su sacrificio y trabajo honrado.
Definitivamente puedo tener un poquito más de sensibilidad con la historia de Rubio que con la historia de Cruz, por la idea romántica de que los padres de Rubio lograron hacer de su hijo alguien más allá de un simple obrero, o camarero, o empleado de algún banco o comercio. Cruz proviene de una familia con mejor respaldo financiero, sus padres no tuvieron que contar, moneda a moneda, para que su hijo pudiera alcanzar lo que es hoy. ¿Me entienden ahora?
Así las cosas, ¿qué tienen de cubanos estos dos hombres más allá que un apellido o, tal vez, el conocimiento de un sabor en la comida, una tradición en el idioma, y pudieramos agregar que una conexión más cercana a Cuba que la de un candidato como Trump, que no tiene ningún ADN criollo?
La respuesta es MUY POCO.
No conocen Cuba. Toda la información que pudieran tener, o tienen, es de referencia, servida a través del tamiz político de sus tendencias partidistas. Por supuesto, lo evidente es decir que ninguno de los dos han visitado el país de sus respectivos padres. Me imagino que los que gobiernan allá ni quisieran dejarlos entrar si, en caso muy hipotético, alguno de los dos dijera desear visitar la isla, que no lo harán.
A veces siento que se mistifica demasiado esa supuesta pertenencia o ese sentido de «ser» cubano, o italiano, o portugués, o de cualquier otra nacionalidad solo porque nuestros padres nos hayan engendrado y ellos verdaderamente lo sean, lo hayan sido, y hoy vivan en otra parte y hayan procreado a este nuevo ciudadano que dice ser «cubano», «italiano», «portugués». Las preguntas que siempre se me presentan son ¿qué es la pertenencia? ¿Aquella arraigada a la tierra que nos vio nacer o a la otra, a la que nos dejó crecer y hacernos hombres de bien y tener un futuro?
Yo soy hijo de españoles, pero nací en Cuba, ¿es que soy español?
Por supuesto, siento una subterránea simpatía que me hace temblar la piel, la subjetividad, el sentimiento cuando algo le sucede a España, la tierra donde nacieron mis padres, pero yo no soy español, soy cubano, y a veces quiero seguir diciéndolo que lo soy cuando, y aquí golpea la cotidiana realidad, debería decir que soy canadiense, porque este país donde hoy vivo me abrió sus puertas y me permitió vivir en paz, ser lo que soy hoy, rebasar el marco cotidiano de la sobrevivencia.
Es por eso que cuando me enfrento a la profunda incertidumbre de intentar comprender la sicología, los comportamientos y la forma de ser de estos dos políticos, hay algo que se debate confusamente en mis pensamientos que me hace mirarlos con demasiada aprensión. Se dicen cubanos, pero ellos no saben qué cosa es ser cubano, porque la verdadera cubanía no puede ser trasplantada, y lamento sinceramente desafiar a aquellos que pretenden negar esta gran verdad. La conexión de nuestro corazón con nuestro país tiene raices instaladas en aquella isla que, aunque nos vayamos y naufraguemos en cualquier otro lugar, se quedarán profundamente asidas de por vida en nuestro cuerpo, en nuestro organismo de subjetividad y de sentimientos, es un ancla que se hunde y se queda engarzada en lo profundo de nuestra existencia como seres humanos. El resultado es esta embarcación biológica que navega libremente por el mundo con el alma y el corazón anclado muy lejos, en aquella franja de tierra enclavada entre los contornos difusos de dos mares.
Y entonces regreso a Cruz y Rubio. Ninguno de ellos saben qué cosa es eso, porque su país no es Cuba, son los Estados Unidos, por eso cuando en sus discursos políticos me hablan «como cubanos» siento que sucede como una cierta desconexión, como si algún interruptor interno en mi cerebro diera ese «click» que desconectara o apagara el flujo necesario de corriente de veracidad en sus palabras.
No les creo, y sus mentiras le saltan como conejos del sombrero de copa de un mediocre mago en una corte de bufones.
Lo contradictorio de todo esto es que los dos, Cruz y Rubio, son hombres locuaces, estructurados, coherentes en muchos aspectos de su vida pública. Por supuesto, Cruz con ese aura evangélica no deja de influirme negativamente en mi percepción sobre su persona. Para decirlo de una vez, detesto profundamente los evangelistas, estas personas que a todas horas están «con la palabra de Dios» y conjuran y miden a la humanidad con una muy corta y estrecha cinta métrica.
¡Pobre del país gobernado por un todopoderoso señor evangelista! Ya lo digo.
En el otro lado está Rubio, abogado. Sí, ya pueden adivinarlo, ya para mi eso tiene su gota ácida de suspicacia. Sabe hacerse oir, tiene una mente conectada y en sintonía con su audiencia y sabe pulsar los botones para, con su cara de niño mimado, pueda conseguir el aplauso feliz. Rubio es un hombre que sabe aprovechar el tiempo recetado en los debates, está preparado para eso. Y eso también influye en mi botón de apagado.
¡Qué dilema!
A estas alturas se estarán preguntando ustedes hacia dónde se encaminan mis palabras. Bueno, por ahora hacia ningún lado, soy todo un paciente espectador del show mediático más grande del universo en política y, como dije al principio, esto es solo una imagen cerebral de lo que estas dos personas proyectan subjetivamente en mis pensamientos. Por suerte, yo no soy ciudadano americano y no tengo que votar en sus elecciones porque, de suceder, escogiera a cualquiera de los otros candidatos, por la sencilla razón de que yo no puedo creer a alguien que me diga sea cubano cuando lo que debería decir «yo soy norteamericano» y como norteamericano enfocar cualquier discurso político, incluso el de los cubanoamericanos de cualquier estado de esa unión, especialmente de la Florida.
¡Ya sé!, me dirán que eso es, electoralmente visto, políticamente incorrecto. Lo siento, pero así lo pienso y lo digo. Yo no ganaría ni un voto cubanoamericano de esa forma, temo confesarlo y tal vez por eso no me gusta ser político ni miembro de ningún partido, pero al menos fuera coherente con quien debiera ser, en el caso de Rubio, con su país, con los Estados Unidos, y dejar esta diplomacia de la hipocrecia que es lo que, parece ser, es el sentido común de todo candidato a presidente en ese gran país.
De consecuencia tendría entonces que cosechar votos sería cosechar hipocrecia. Lo entiendo.
Así, desde ahora mismo, y quizás para enfado de algunos cubanos que aplauden a Cruz o a Rubio, solo porque alguna corriente subterránea lejana los acerca – ya lo dije antes –, me descarto por que ninguno de estos dos pueda alcanzar la candidatura hasta tanto rectifiquen su enfoque y dejen de estar tejiendo mensajes románticos sobre un país  que ni conocen y al cual no pertenecen, Cuba.
¡Y ya pueden estarse enfadando conmingo! La opción parece que me queda es Trump, porque ni modo estarán pensando que a un viejo flatulento como Sanders y a la más perfecta marioneta de las mentiras como Clinton le estaría ofreciendo mi apoyo, ni en la peor de las pesadillas, se los adelanto.

Sunday, January 31, 2016

Los sacrificados de Keats

El país donde los Derechos Humanos tuvieron su origen fundacional recibe al representante de los Humanos sin Derechos, y le ofrece la bienvenida cómplice a Occidente debajo del mismo arco que simboliza la Democracia. Paris, Ciudad Luz, alumbra al capitoste que oscurece otra ciudad en el Caribe, aquella que un día fue llamada la «Llave del Golfo» y hoy es su candado.
Roma  esconde sus desnudas estatuas  detrás de cajones de madera para recibir al representante de la (in)civilización de la oscuridad, de la ignorancia y el abuso. Esconden las desnudeces marmóreas para exhibir la obscenidad de su cobardia y desverguenza, de su propia debilidad ante el verdugo.
Y en América, ¡qué decimos de América!, un Presidente que pacta su humillación con la bota del enemigo que siempre soñó su sobrevida para tenerlo bajo sus suelas de verdeolivo. Y no harto de concesiones y benevolencias, sediento aún de pactos y humillaciones, acudirá a sus mismas puertas y castillos, a su lecho de moribundo para estrecharle la mano, concederle el perdón, bajar la cabeza, rendirle pleitesía al tirano, bendecir la impudicia, santificar la desverguenza. Hoy acude presuroso a la entrada de la primera mezquita para ofrecer la mejilla, la palma de conseción y hasta su pequeña honrilla en los mismos altares donde se cuece la destrucción de todas las piedras angulares de la civilización occidental, la civilización a la cual repite pertenecer y haber hecho juramentación presidencial.
Y, ¡no atrevernos a olvidar!, en ese mismo país un candidato proclamado «Socialista» denueda espadas con los representantes de la más pura ortodoxia del partidismo establecido dentro de una agrupación que reclama el apellido de Demócrata, y lo van empujando sus mismos íconos «libertarios» hasta arrastrarlo al poder, a las mismísimas puertas de su primer desgobierno. ¡Un «Socialista» en América! ¿Quién lo hubiera soñado? ¿Qué terrible destino se avecina para este mundo en este nuevo siglo? ¿Qué esperar del resto?
De un salto en la misma península, en Europa, en España, se apresuran a imponer a una mafia del mismo ADN totalitario que del otro lado del Atlántico nos ha podrido nuestros pueblos, y «Podemos» se convierte en la tumba de los últimos vestigios de la misma sociedad que fue quebrada por el estalinismo, el terrorismo de estado y las bandas de mercenarios ideológicos de todas las latitudes. ¿Y hablan de Franco? ¿Y recuerdan al fascismo? ¿Por qué no recuerdan también los crímenes comunistas en aquella Barcelona «pasionaria»? ¡Pobre de España si hubiera quedado en manos de la República «pasionaria» de Stalin! ¡Pobre de España si recurva y cae en las garras de los «Podemos»!
Y más al Norte, en ese Canadá que hiela y que acoge con hoteles, reservas federales, dinero de nuestros bolsillos y sudores, aviones militares de traslado, acomodaciones y vestuarios a los miles de desplazados, o supuestos desplazados, con aplauso y mucha onomastia. Vengan, les entregamos nuestras cabezas, ¡degollédnos! ¡Somos sus víctimas!
¡Bienvenidos victimarios!
Me parece ver a Keats reescribiendo sus antiguas odas, preguntándose «¿Quiénes son estos seres que van al sacrificio? ¿Qué pueblo con pacífica ciudadela, erigido en un monte o al lado de un río o de un océano, se vacia de gentes esta pía manana?».
La propia civilización occidental coloca las guadañas en las manos de sus propios verdugos para ser ejecutada en la picota ante la vista de todos. Y todos conceden, y aplauden a los que inspiran crímenes y sharias y fatwās, y códigos rígidos, e islotes de multiculturalismos y obediencia ciega dentro de nuestras propias ciudades y naciones, y acuden a los templos a sembrar los vientres de futuros seguidores de nuestros propios verdugos.
Y así seguimos, autoflagelándonos, entregándonos nosotros mismos a la picota. Aplaudiendo y reclamando benevolencia en labios que nunca la ofrecen.
¡No!, no soy políticamente correcto. ¿Ya lo adivinaron? No quiero  ser esa otra cifra de mañana en el listado de víctimas y muertos, presa de los que ponen bombas y estallan granadas o aterrorizan con armas rusas en bares, conciertos y escuelas en nombre de un Dios de Odio, que dice amar solo a los suyos, a los que le entregan cabeza, alma y hasta su verguenza. O de los que reclaman a las víctimas las razones de ser los provocadores de sus muertes en manos de sus victimarios.
Degolladores de todos los paises, ¡uníos! – dicen nuestros políticos, y corremos a aplaudirnos.
No, Keats, ¡yo no voy a ningún sacrificio!

Thursday, January 28, 2016

1984

En una subrepticia nota de la emisora capitalina «Radio Enciclopedia», la misma conque el régimen «complace» a la alta jerarquía católica en sus transmisiones especiales por los días conmemorativos del almanaque católico, se informó que la editorial «Arte y Literatura», adscrita al Ministerio de Cultuta – no hay ni que mencionar que todas las editoriales cubanas están controladas por el gobierno castrista, pero para si queda alguna duda es bueno repetirlo, ya se sabe, para atajar las malas intenciones y a los idiotas útiles de los que está lleno este mundo – publicará, en el marco de la próxima Feria del Libro, la obra del escritor inglés George Orwell «1984».
La noticia se esparce como si fuera un verdadero suceso, cuando no deja de ser un simple guiño de ironia y cinismo del consejo editorial castrista. Y lo llamo así porque, cuando una decisión de ese tipo se toma, es porque cuenta con toda la aprobación secular de todas las «santas vírgenes» del santuario castrista.
¿Es que es un «verdadero suceso editorial», como lo califican algunos sitios cubanos?
Bueno, digamos que sí. Un libro como el de Orwell que es, sin lugar a dudas, uno de los más despiadados alegatos contra las sociedades totalitarias y la carencia de libertades bajo los sistemas socialistas, tiene que ser un suceso cuando se publica en un país que es el espejo de lo que describe el inglés. Más allá, sin embargo, tendríamos que preguntarnos cuál será el tamaño de la edición, porque en otras ocasiones también las «vírgenes vestales» del santuario castrista han editado, en el mismo marco de ferias de libros o de festivales de cine, obras cuyo mejor tejido de vida es el propio régimen político de ese país.
Y no ha pasado nada.
Lo que me viene a recordar cómo a veces nosotros mismos, los cubanos, nos «vamos con la de trapo» cada vez que ocurre uno de estos guiños de «flexibilización» con que payasea el régimen cubano, y esperamos que Obama y sus hermanas occidentales no interpreten estas muecas de marionetas como lo que no son, simples amagos publicitarios para atrapar idiotas.
¿Es que no hemos visto antes como se apropian de la propiedad intelectual de aquellos escritores, poetas y autores musicales que fueron esencialmente anticastristas para publicarlos y usarlos, después de muertos, como marionetas de cambio en su rejuego político, y en su marketing de artificio?
Un suceso editorial fuera si, además de publicar «1984», publicaran también de Orwell «Barcelona», donde el mismo autor expone las consecuencias de aquella república española prosoviética y como él mismo casi paga con su vida el paso por las cárceles comunistas de «la pasionaria» estalinista.
Fuera un suceso si, además de ese «1984», la editorial del Ministerio de Cultura publicara, en el marco de esa misma Feria del Libro, algunos de los libros de los intelectuales cubanos de éxito que viven aún en el extranjero, como por ejemplo la cubana Zoe Valdes.
Un gran suceso sería si «La ficción Fidel» de Zoe ocupara un puesto junto al «1984» de Orwell, y el libro de Juan Reinaldo Sánchez, «La vida oculta de Fidel Castro», también estuviera a su lado. O las obras completas de Guillermo Cabrera Infante, o las de un Reinaldo Arenas, entre ellas sus memorias.
Fuera un gran suceso si, además de «1984», los cubanos pudieran disfrutar de las obras de muchos, cientos de artistas cubanos que han vivido, y viven, en el exilio, y que tienen a Cuba como el centro gravitacional de sus vidas y de su talento e inspiración. O que, además de ese libro de Orwell, y acompañando a las obras de los cubanos, también se asomara «Persona non grata» del chileno Jorge Edwards y, por justicia, los poemas de Heberto Padilla, así como su libro de memorias «La mala memoria».
Pero ya sabemos que para que eso suceda tienen que cambiar algunas cosas en Cuba, entre ellas el que los personajes inspiradores de esos libros condenados acaben de morirse, y se vayan con una buena patada para el »reparto bocarriba», que es donde debieran haber estado desde hace mucho tiempo.
Y sería también un  gran suceso si las casas editoriales cubanas dejaran de estar en manos del régimen ni de ningún gobierno local, sino en manos privadas, fueran totalmente independientes del control político e ideológico; que el Ministerio de Cultura no fuera un Ministerio de Control de Censura, como se describe en el propio «1984»; que las organizaciones de prensa y artísticas no fueran Comités de Defensa del Castrismo, como lo es la UNEAC; y que la prensa fuera totalmente independiente del gobierno.
Pero nada de eso lo es así que, lo que pudiera haber sido «un suceso», es solo el guiño escuálido de un régimen que sabe articular muy bien, y sin sonrojo, el marketing de cambio, sin existirlo.
Pura payasada, bandidaje de arte y expropiación de la libertad ajena para vender un teatro de marionetas demasiadas veces ya ensayado.

Monday, January 25, 2016

Yo, tú, él, nosotros, todos y la aldea

Decidió emigrar, pero siguió siendo el mismo. Se levantaba temprano, preparaba un café fuerte, con poca azúcar, y extrañaba la toxicidad de aquel otro, que tenía chícharos u otra cosa desconocida en su química criolla. Le parecía que si se despertaba temprano, encendía la luz de la minúscula cocina y se apresuraba a preparar ese café estaría de regreso en La Habana.
Cuando miraba afuera, sin embargo, el entorno era distinto, y tenía que apresurarse entre semanas por ir a trabajar, ganarse el sustento y la renta, que era bastante alta. En la noche iba a la escuela de inglés, ese idioma distinto e igual a cualquier otro. Todo era distinto, pero también era igual a cualquier otra cosa. Se preocupaba porque las palabras tuvieran el sabor de las antiguas, el acento del criollo de aquella ciudad en que amanecía con una luz dorada y cálida, demasiado.
Quizo olvidar el entorno al que acudían los conocidos, no escuchar más las viejas palabras, el conocido lenguaje, la música, el olor, los aromas del transporte público. Precisaba olvidar, hacerse a la nueva vida, pero estaba enterrado en la vieja, demasiado.
Ahora mismo está nevando. Son como pelotitas de melancólicas lágrimas blancas. El cielo llora en colores, pensó. ¡Qué tontería! De pensar en poesía pasó a pensar en movimientos y cadencias. Cuántas veces alguna cubana lo rechazó por su poesía, querían más de cualquier otra cosa, pero los versos eran como la basura del cuerpo, al menos así se apresuraban a decírselo. Mucho más movimientos, menos palabras. Quejidos, no poemas. ¿Patadas, no versos? Presumo que no era así, pero ya ahora da igual, estamos en el otro borde del tiempo, como si fueramos el doblez del albornoz con que nos cubrimos en la noche. La otra vuelta de la vida, de tu pequeña vida.
En La Habana lo despertaba el escándalo del tráfico bullanguero de Neptuno, que corría presuroso a los pies de la casa de su madre. Una casa demasiado grande, tan grande que el apartamento de hoy cabe en su cuarto. Pero eso tal vez sea un truco de la memoria, que es el enemigo de la felicidad. Aquí el silencio se desgaja como en un abismo, te destroza, te hace añicos en el recuerdo. El café sabe hoy demasiado amargo, se necesita azúcar.
El autobús es otra historia diferente. Ni correr a atraparlo media cuadra antes o después, ni el apretujón donde te puedan robar la cartera y los pocos dólares, ni la música que se te mete en el oído y te lanza la bofetada hasta el infinito, como si los sentidos te abandonaran desde lo alto de tu balcón, allá arriba, en el cielo. El techo de tu casa necesitaba pintura, alto, a los inalcanzables cinco metros de sus despintadas estrellas, con ornamentadas figurinas de principios de siglo XX, desteñidas en blanco y dorados, descascarando su memoria en este otro apartamento enano que recorres en escasos diez segundos. Los metros de añoranza se convierten en segundos de desverguenza. Eres un pobre tipo, te dices mientras ajustas las letras de tu teléfono inteligente.
Hoy todo adminículo es tan inteligente o mucho más que tu cabeza. El celular, la computadora, el autobús que te da los buenos días cuando se detiene en la acristalada parada y te repite, culposo por tu imbecilidad terrestre, hacia dónde marcha, qué es y para qué sirve, los bancos, las tiendas electrónicas, elevadores y escaleras, urinarios y tendederas eléctricas, si te descuidas hasta el cenicero te pide que deseches su ceniza a una hora determinada de la tarde, en el punto preciso y de la forma necesaria. Eres peor que ese cenicero.
La cama la dejas sin hacer. De todas formas no te has acostado con nadie, y nadie regresará a ella para revolcar tus olores, tus rincones de deseo. Estás solo, tú y tus pensamientos, y tus deseos, y este sabor amargo del café. Se te olvidó tomar el agua que acostumbras para eliminar el sabor y la mancha oscura en tus dientes, esa mancha que te podrá separar de algún importante puesto en tu futura entrevista de trabajo, y que hace la diferencia entre la marca de esa caliente bebida tropical y la compra de un nuevo auto, y ahí te acompaña en tu diario viaje, en el aliento, entre los dientes, como un rastro de fango entre los que se aglomeran, unos pocos a esta hora, en la «guagua» diurna, destino al trabajo. Otra vez.
Son pocos, y todos escuchan pacientemente música con sus pequeños adminículos perdidos en su cerebro. Astronautas con destino al espacio, es lo que parecen. O aquel otro habla interminablemente de cualquier cosa con un oidor pasivo a la distancia infinita de la tecnología. Esclavos del infinito, de lo inalcanzable, del final.
En La Habana era diferente. Cuando doblabas en Consulado, en aquella otra ciudad, temprano para coger la otra «guagua», todo estaba en un silencio abismal, como este que trafica toda tu vida, la de hoy. En la noche, el horizonte sonoro era el escándalo, las peleas, palabrotas acompañadas del policia de la esquina que manoseaba a la puta del solar, mientras el jinetero de los altos reía algún chiste verde con el vendedor de maní que se sentaba en los bajos de tu casa. Vigilante, eterno sabedor de todos los chismes. Alguien me dijo que era el chivato de «la gestapo» en el barrio. Yo no lo creí, pero hoy ya lo creo.
Quieres olvidar el ruido, la música estridente del negro que ponía los enormes cajones de reproducción en el carcomido balcón, para que todos los demás oyeran la mierda de música en que se ha convertido nuestra tradición. Nada de Celeste Mendoza ni de Benny, pura bachata erótica de cama sucia, palabrotas de sudor y orgasmo de putas y desencuentros. Banalidad bailadora de sudores insanos.
Llegas al trabajo, el de hoy, y recuerdas el de ayer, aquel del que querias irte, desaparecer, borrarte, trascender. Añoras las conversaciones triviales, la pérdida de tiempo con la sensual secretaria del jefe, el no hacer nada y ganar el miserable salario y esperar la hora del regreso al mismo lugar, como el espectro de la oscuridad. Hoy trabajas duramente, ganas diez veces más en un día de lo que ganabas en un mes en el otro lado del charco, y te quejas.
Entonces te quejabas del mal olor, del parque que antes era un edificio de viviendas, convertido hoy en pequeña esquina de periódicos que nadie lee, y solo sirven para limpiarse el culo o envolver trastos en cualquier mudada. No hay papel higienico, ni pasta de dientes, ni cepillo, los zapatos duran poco, y las tiendas huelen a vejez cuando funcionan los acondicionadores de aire. Aquí, pues aquí te quejas cuando no encuentras la marca acostumbrada del papel que no encontrabas en La Habana, la deseada, la que te hace sonreír las nalgas. Eres un saco de añoranza o de pendejismo.
Allá ni querías hablar, aquí tampoco. Tienes que resguardar las palabras para capturar el pasaje de regreso. Otra forma es imposible. La sobrevida es una percha de silencio colgada en tu vestuario. Aquí no oyes nada en español y pretendes pensar en inglés, pero añoras pararte en la esquina del malecón, agarrar alguna puta o menear el culo cuando le das al coñazo en alguna cama sudorosa. ¡Qué mierda eres! O te has convertido, que es la conclusión sensata.
¿Para qué vinistes? O mejor, ¿para que no te fuiste?
Ni para olvidar ni para regresar, para perderte en tu misma indiferencia. Novalis decia que el camino misterioso va hacia el interior, en nosotros mismos, y allí está la eternidad de los mundos, el pasado y el futuro. Pero Novalis solo le hablaba a la muerte, de la muerte y para la muerte. Es su poeta, y tú no deseas morir, pero estás muerto, de alguna forma.
Te moriste cuando te fuiste, y estabas muerto antes de la ida. Ni sobrevives ni vives, divagas en el entremundo, como una sombra. Los recuerdos son como el burdel de putas que regalan por placer, solo por placer, su sexo. Tú te regalas a tí mismo, te quitas esos pantalones largos, despliegas lo que te queda en el badajo, dejas correr tu vida, ni te presignas ante ninguna iglesia. Eres una sombra. No existes, por eso Novalis no puede decirte nada, hablar con algún poema en sus labios contigo, cruzar una voz, un contagio divino. Eres la puta indiferencia.
Y te vas de nuevo a casa, a ese minúsculo lugar de la desmemoria donde algún dia falleciste, sin preocuparte de nada.
¿Cuántos quedan en el silencio?
Todo tu país. Todos o muchos de los que marcharon fuera. Los de adentro y los de afuera. Muertos. Espectros. Sombras.

Nota: La imagen del post es la reproducción de Marc Chagall «Yo y la aldea».

Saturday, January 23, 2016

Haciendo Literatura

En «El libro de la risa y el olvido» hay un pasaje en que el narrador de la historia, que es la voz transfigurada de Kundera, ve como un grupo de jóvenes comunistas checos, despojados de todas las exigencias mundanas de la vida, como lo exige su ortodoxia ideológica, comienza a flotar sobre la plaza de Wenceslao, bailando en círculos que semejaban, mientras se alejanban en su altura, gigantes coronas de flores volando.
El narrador omnisciente entonces agrega, con una velada envidia por aquella acrobacia ideológica:
“Corrí a la plaza, debajo de ellos, y los miré mientras se remontaban más y más lejos en su altura, y debajo de ellos estaba Praga con sus cafés llenos de poetas y sus cárceles llenas de traidores.”
Casualmente una acción semejante, en las mismas entrañas del arte, la hizo otro artista checo, Michal Trpák , años después de la caída del comunismo, y tal vez inspirado por las imágenes de Kundera, o tal vez inspirado por las soledades de nuestras sociedades occidentales, o de la occidentalidad en que se ha transformado la misma Praga. ¡Quién sabe! Sucedió tambien allí, aunque yo no puedo enunciar cuáles eran las lecturas o los propósitos del artista en ese instante.
Como siempre, las fantasías de Kundera y las veleidades del artista plástico checo provienen del realismo mágico, omnipresente en la obra del narrador, aunque sin olvidarnos que todas ellas tienen un origen secular en la novela que es la madre de todas, «El Quijote», y el zafarrancho del manchego contra los molinos de viento es la versión originalísima de todas las chifladuras de la literatura universal.
Todo esto me lo hizo recordar unas tristes líneas que leí en un sitio sobre Cuba sobre la ordenanza de la policia política para quemar los pasquines con la «Declaración de los Derechos Humanos», que los activistas cubanos habían lanzado al aire frente a la sede de la organización disidente «Damas de Blanco».
Me pareció un hecho escrito por nuestro «realismo mágico» socialista, y la danza de Kundera podría haber sido aquel corro que, desesperadamente, las autoridades formaron frente a la agrupación opositora. En realidad hay tantas manifestaciones de literatura  en la realidad «mágica» de Cuba que uno a veces no sabe si lo que sucede está ocurriendo en un plano real, o en una traslación temporal paralela en el tiempo.
O, ¿qué otra cosa no eran aquellos corros de «pueblo enardecido» tirándole huevos a las casas de los que se iban por «El Mariel», en un país donde aún los huevos seguían estando regulados por «la libreta»?
He ahí otra expresión de «realismo mágico» criollo, un pais «sin huevos» que no estén regulados, o comprados en las «shopping» con dólares. Un país donde las «masas patrióticas» lanzan a lo mejor de la intelectualidad y de sus profesionales a «¡Que se vayan!» y «¡Pin Pon Fuera!», como para que el mismo país sea verdaderamente una nación socialista enteramente compuesta de apretadores de tuercas, que es como lo exige el marxismo ortodoxo, no olvidemos.
¿Nos habremos convertido los cubanos en personajes de una literatura mágica en plena composición de «reality-show»?
La primera foto que atrapan los turistas es la de un «almendrón» del cincuenta, esos dinosaurios mecánicos que todavia transitan en nuestras bacheadas calles resolviendo el transporte diario, aún después de medio siglo, y persistentemente desmontando el mito de las calamidades.
O «Ubre Blanca» y su esfigie, que todavia nos recuerda del vaso de leche diario que sigue sin tocar las puertas de nuestras casas. Se nos olvida, o nos hacen olvidar con demasiada frecuencia, que la famosa lechera tenía sangre holandesa, sí, del mismo lugar donde se fabrica una deliciosa y esquisita mantequilla que sigue escaseando en el mismo país que esperaba el milagro de la leche.
Una vez, mirando uno de esos «actos de repudio», me tropecé con la imagen de uno de estos que nos disfrazan de pueblo para provocar el tumulto, la bachata represiva contra la oposición. Ya saben, la imagen típica del «asere», piel oscura, diente de oro a un lado, ojos desorbitantes en su desafuero de histeria, voz atronadora que, por encima del griterío y la pachanga política, gritaba «Abajo los Derechos Humanos», y continuaba en su histeria enfurecida contra aquellos derechos que podían destruir la estabilidad de un pueblo, y de su ignorancia, o de su imbecilidad, porque a las cosas hay que llamarlas por su nombre, se me quedó la duda de si lo que estaba viendo era una comedia silente de la vieja matineé dominical mañanera de Arnaldo Calderón, ¿se acuerdan?, en que al pobre beodo se le iba el hilo de lo que decía, por los tragos o ya por lo viejo y flatulento, y terminaba con aquello que provocó su desaparición televisiva:
«Y esto está de p…, queridos amiguitos, papaítos y abuelitos».
Y apagar el televisor y no verlo nunca más. También sucedió. O es un mito. O constituye parte del realismo mágico. O es todo eso a la vez.
Es por eso que, cuando se lee buena literatura, como la de Kundera, o al maestro de todos, Cervantes, a veces hay que recordar que la realidad no está ni demasiado lejos, ni demasiado cerca, pero que a veces supera la peor de nuestras fantasías, o la más absurda de ellas.
Hoy leo las noticias de Cuba, con tristeza. Acuden en tropel artistas, ganadores de Oscares, series televisadas americanas, celebridades que solo tienen el dinero y un videito porno que los lanzó a la fama de las revistas y eventos, o tal vez la foto en una cama de un solar habanero de «Vanity Fair», y la sensación es que todos estos visitantes, todas estas visitas acuden a vernos con la misma curiosidad conque, en aquel trashumante circo pendenciero que recorría pueblo a pueblo, se apretujaba el público al anuncio de «la mujer elefante», «el enano de dos caras», y otras barbaridades físicas que era la atracción de los pobres.
Hemos dejado de estar haciendo literatura para convertirnos en los seudocaracteres de ese «realismo mágico» de opereta que se destapó un 17 de Diciembre, casualmente – demasiado casualmente –, el día de un santo leproso.
¡Damos lástima!

Sunday, January 17, 2016

PennRetrato de Narciso

El tipo escribe en una prosa digresiva, prolija en detalles que ni interesan ni van más allá de su persona, una narrativa sicodélica verbosa , a ratos  tortuosa y divagante. Lo vemos allí, bajándose del SUV, internándose en la línea de árboles para mear y observarse, como el espejo que de sí mismo es, mientras sostiene con su derecha su más largo apéndice muscular, el vulgar pene que todos tenemos pero que, en el caso de Penn, parece que se alarga como la península de su ego hasta las líneas infinitas del horizonte y transformarlo en una poesía surrealista de Dalí. Casi entretiene a la muchedumbre de árboles y espesura con su nihilista filosofía sobre aquel adminículo de su masculinidad que le provoca la dolorosa sensación del final de su protoexistencia, y se lo vuelve a guardar, entre sus piernas – ¿no lo hacemnos todos después de es vulgar acto? –, no sin pensar, con perturbadora pesadumbre, que tal vez esa fuera la última vez que lo sostuviera entre su mano derecha. Un pensamiento existencial que apela, de forma muy patética y melancólica, a nuestra identidad con la masculinidad, ¿no les parece? Quizás sea también el triste epigrama de la vejez ante el recuerdo, doloroso y placentero, que todos los hombres jóvenes tenemos cuando abandonamos la autosatisfaccion sexual para emprender el viaje más placentero a alguna vagina humana. ¿No es así, Sean?
De cualquier forma, son parrafadas tras parrafadas de una verborrea rampeante sobre Superman, drones de una mente tequilizada en un hotel cinco estrellas que dice compartis con Peña Nieto, suerte que da el dinero, Trump – ¿qué tiene que ver Trump en todo esto, Sean? –, pedos flatulentos viajeros sobre Kate, la del Castillo, laptops que desconoce de su existencia después de una vida de 55 años en la tierra del Valle de la Silicona que, hasta mi propia abuela conocia de su existencia en el país del desierto de internet, pero que al oscarizado Penn no sabe si aún siguen existiendo sus teclas y adminículos, tal vez porque su verga meadora no sabe tocar esas electrónicas teclas, o por estarla sosteniendo demasiadas veces en su viaje al meadero intelectual. Por cierto, estas cronicas del bálano de Narciso me recuerdan las memorias del retrete de Nabokov, solo que aquellas se las merecen. Hablo de la memoria, no de la meadera.
Narcisismo, poesía corriente, vulgar, de alcoholizada trapaceria que, para elevarnos al plano metafísico se su autoalabanza – evidentemente no tiene abuelita Penn –, nos quiere recordar, en pleno vuelo «poético» que «Espinoza es el buho que vuela entre los halcones». ¿A quéviene Espinoza en el relato, Sean? ¿Solo para vendernos tu imagen en el espejo y recordarnos que somos esa pequeñez vulgar ante el PHD de tu rabo cabreador?
El escrito del actor en «Rolling Stones Magazine» es el epítome del Narciso frente a su espejo. Y así lo vemos, con su pene agarrado a su mano derecha, en una masturbadora meada intelectual, mostrándonos que el mundo está agarrado de ese único ojo que empina el chorro y gotea, pese a los millones en el banco, el calzoncillo de marca y los jeans caros. A todos la próstata se nos vuelve vieja y usada y tenemos que acudir con frecuencia al baño o, más perrunamente, a sacárnosla destrás de un árbol. Todos meamos, Penn, y nos sacudimos el rabo, nos lo guardamos entre las piernas y no le damos mucha más importancia hasta que nos llevamos a la cama a cualquier mujer y nos la cabreamos por entre sus montes de «Venus», que es algo más disfrutable que estar hablando idiotecez en el camino de un narcotraficante romantizado por tu vieja Remington. O, ¿cuál usas, ya que no sabes golpear en una laptop?
En definitiva la «entrevista» del tipo revela más de sí mismo que del «Chapo», pero sus dos personalidades corren una suerte de vidas paralelas que ni el mismo Marcel Schowb hubiera podido escribir sin mencionar a Narciso, unidas en la simetría de su egocentrismo. Penn no ve más allá que a sí mismo en las ropas caras de este asesino del narcótico, y también en la carrera del estrellato público. De hecho, no hay nadie más cercano en sicologia y en actuació social que el propio «sujeto» de la «entrevista». Y ese monólogo con su pene se me antoja la vulgar preocupación del personaje griego con su fantasía  por el éxito, el poder, la belleza, la inteligencia o lograr el amor ideal que, en su caso, no se extiende más allá de su meada.
¿Para qué ese enorme preámbulo de chorrada ampulosa para conducir una entrevista que tiene como condicion ígnea original que nada se publicará sin la autorización del «sujeto» de la entrevista?
¿Y alguien menciona la palabra periodismo por algún lado? ¿Alguien trata de elevar a este Narciso al pedestal de un buen periodista? ¿Qué profesional de la prensa hubiera aceptado esas condiciones?
Cito:
“Algunos nombres han tenido que ser cambiados, las ubicaciones no nombradas, y un entendimiento fue negociado con el «sujeto» de que esta pieza [la entrevista, no la chorrada de verborrea narcisista peneiana] se presentará para su aprobación del «sujeto» antes de su publicación”
Y ahora se nos viene con que la crónica de su meada fue «un fracaso». Pero, ¿será cinico este tipo?
Llegado a este punto quisiera decir algo de Kate del Castillo, diana del romance narcoépsico del «Chapo» y de la pedorrería viajera de Penn. Por cierto, el narcotraficante no conocia de la existencia del, ¿cómo es que se autodescribe Penn en la entrevista ante su espejo?, «Full-Trump-Gringo», solo le interesaba Kate, la adorable Kate, la inteligente Kate, la deseable Kate, pero Kate, que sí es todo eso, queria a todas luces a Penn, era su ticket para la globalización de su nombre. Marketing apropiado para el público en inglés. Lo ha logrado.
No, no, no, la chica no es tonta, y sabe no va a encontrar ninguna orden judicial en su contra, y si la encuentra el beneficio del riesgo vale la afronta. Kate necesitaba a Narciso porque sin Narciso Kate no tenía su ticket de venta. Y si en ello no estaba Penn pues no estaba su nombre en «Rolling Stones», una revista que en muchas ocasiones ha glamorizado personajes y personajillos con la crónica ligera del romance.
Y eso lo escribió Penn. Claro, recuerden la esencia del tipo. No puede dejar de peinarse frente a su espejo, enseñar el pene, mencionar a Espinoza para que sepan todos que conoce ese nombre, lanzar un dardo a Trump, es otro guiño para ganar prominencia no podia faltar, algo de lo que es un experto, vender la marca de macho y, además, discurrir en esos pedos literarios que si usted le gusta sufrirlos pues se zambulliría en la revista hasta alcanzar la profundidad de la entrevista, que es pura mierda rosada.
Ahora todos especulan qué hay detrás del «tequila de Kate», si también esta «El Chapo» conectado a ese alcohol mexicano, que si su dinero y su mansión, etcétera. Vamos, que como está el narcotráfico enraizado en toda la sociedad mexicana hasta el más inocente se le podrá encontrar una posible conexión con las drogas y el blanqueado de dinero. Dejémonos de tonterías, ese no es el pecado capital de Kate, y mucho menos de Narciso.
El pecado está en la intención deshonrosa de esta entrevista. Este romance del  narcotráfico que se nos quiere vender, y que ha sido el objetivo desde el mismo momento en que sus sujetos, Pen y Kate, accedieron a publicar lo que el «otro sujeto» quería que fuese publicado, ¿se olvidan de eso? Pero esa es la médula del problema, y no la picha de Penn, o los mensajes de texto del narcotraficante mexicano a la belleza de telenovelas borrachas de México.
Y entonces, para acabar la actuación oscarizada del gringo hollywoodense tenemos que soportar de que nos hable del «fracaso» de su entrevista, de sus nobles objetivos frustrados y volver a sufrir de lo que es evidente, del trastorno de personalidad narcisista que padece. Este tipo ha estado recorriendo el planeta para venderse como periodista emérito. ¿Se nos olvida su intento de entrevistar a Castro para «Vanity Fair»? ¿Y las entrevistas con Chavez? Lo sucedido con el capo de la droga mexicana es un capítulo más.
Narcisismo en estado puro. Se aprovecha de otros para lograr sus propias metas, y así usa a Kate del Castillo, que está en su propia búsqueda para ser usada, no nos engañemos, esta es una tragicomedia a dos manos. Exagera sus logros y talentos. Vamos, Espinoza, el rabo meador y la poesía de tequila televisado. Fantasías de éxitos y poder. Expectativas irracionales de tratamiento favorable y, cuando no lo obtiene, una reacción rabiosa de vergüenza y humillación ante la crítica.
¿No es eso lo que presume ahora Sean Penn en sus declaraciones después de todo este tomance narcoléptico?
Hay que escucharlo como en la cumbre de esa narcicolepsia acusa al gobierno mexicano de«ir a por EL» por la humillación de la afrenta de ser EL, típico, ¿no es cierto?, quien haya podido contactar con el capo. Pero, idiotas que le creen, ¿es que alguien se cree que el narcotraficante iba a acceder a algún contacto con el gobierno?
Pero así estamos, hay en este mundo idiotas que aún creen hasta los peores preceptos de la ignorancia. Y le creen. Para Kate del Castillo «Univision» le falta solo un paso para que le levante un pedestal. Y al Narciso hasta le siguen aplaudiendo algunos consumidores de ese tequila mexicano que, con pedos y orina aguada, chorreando de su pene y fondillo, expele este payaso en su largo espejo de conciencia o, como debe ser descrito, excesiva trranscripción de su propia presencia.
No estamos ante «El Chapo» en «Rolling Stones», estamos ante Sean Penn, y Penn, haciendo la crónica de su propio narcisismo.
Nota: La imagen que encabeza el post pertenece a la obra de Salvador Dalí «La Metamorfosis de Narciso».