Wednesday, December 17, 2014

¡Bienvenido, Poscastrismo!

Un día histórico en las relaciones internacionales post-guerra fría. El gobierno de los Estados Unidos, a través del mismo presidente Obama, ha anunciado al mundo el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba. Y algo más.
Un rápido resumen telegráfico podría decir algo así: intercambio de rehenes por parte de La Habana, Alan Gross y otros 50 presos políticos, por tres espías presos en los Estados Unidos. Gobierno americano autoriza 12 categorías de posibles visitas a Cuba, haciendo imposible que algún norteamericano no pueda encontrar un nicho entre esas doce posibles opciones para visitar las playas cubanas. Autorización a bancos norteamericanos para transacciones financieras de sus ciudadanos en sus viajes a Cuba, a través de tarjetas de crédito y débito. Gobierno de Estados Unidos autoriza a inversionistas norteamericanos en el área de tecnología y comunicación a invertir en Cuba. Aumento de remesas hacia la isla, y la posibilidad de importar productos de origen cubano. Viaje a La Habana de altos ejecutivos del gobierno americano a principios del próximo año. Y posible viaje de Kerry y el propio Obama antes del fin de la administración actual.
Como se ve es un Plan Marshall a toda vela para impulsar el poscastrismo.
¿Es una sorpresa?
Pues no. La Habana ya había dado señales de que algo se cocinaba en sus oficinas nocturnas.
Recientemente Margallo viajó flamantemente a La Habana para impulsar Veracruz, y obtener combustible político en Latinoamérica para el gobierno español. Fracaso total. Castro no lo recibió. Primera señal.
Editoriales consecutivos del más influyente diario norteamericano pidiendo, ¡vaya casualidad!, casi las mismas medidas anunciadas por Obama en el día de hoy. Viaje del articulista de influencia a La Habana. Recibimiento y copas de champan oficial. Se me hace totalmente evidente que, los editoriales del NYT y la visita de Londoño, fueron sondeos de opinión sobre la avalancha diplomática de la Casa Blanca por venir. Segunda señal.
Semanas atrás el dictador-presidente-general anunciaba la suspensión de las reuniones con la Unión Europea, sin explicaciones y de sorpresa. Años buscando este acercamiento, para rechazarlo a última hora. ¿No les resulta extraño? Tercera señal.
Hoy conocemos que los Estados Unidos y el gobierno de Cuba llevaban 18 meses conspirando la normalización de sus relaciones, gracias al eje Canadá-Vaticano. El Primer Ministro Canadiense y su Santidad el Papa Francisco establecieron el clima adecuado para que los “negociadores” se sentaran y se dividieran el pan. Canadá siempre sirviendo de celestina, y el Papa santificando la unión transexual.
Una minuta directa para la Unión Europea, y especialmente para España: ¡Olvídense de Cuba!
Jugaron por años a burlar el embargo. Establecieron relaciones de negocios, invirtieron en grande en el turismo y en la economía. Burlaron todos los preceptos de moralidad política negociando con una dictadura. Y en un día, hoy, los mandan de patitas para la casa.
No deja de ser una ironía que los que aplaudieron la salida en 1961 de La Habana sean hoy los que aplauden de nuevo su regreso. Los Estados Unidos se convierten en rey de Cuba. Y, saben, los europeos se lo merecen. No se puede jugar con el diablo sin caer en su propia trampa.
Por años los hombres de negocio de los países de la Unión Europea y Canadá han vivido de la explotación de la indefensión del cubano frente a su gobierno. Hoy se restablece el equilibrio para el país del norte. Hoy también los americanos podrán hacer lo mismo con los cubanos, explotar la misma indefensión.
Hay una diferencia, no obstante, y esta es sicológica. Los europeos nunca han podido darse cuenta, y entender, de que el cubano, no importa que sea del gobierno castrista o sea un ciudadano común, sea opositor, o sea jugador de dos bandos, es pro-americano. No en balde la mayor comunidad cubana está en ese país, y no es sólo por las facilidades legislativas, sino por la inclinación natural del criollo al sistema norteamericano de vida. Nos viene de antaño, de nuestra tradición.
No lo han entendido en 56 años, creo podrán entenderlo en los próximos días.
Pero repasemos ahora qué pasará con el embargo, porque a pesar de que Obama casi lo hace añicos, en la práctica con sus decisiones ejecutivas, es una ley, y como ley tiene que ser derogado por el Congreso y el Senado.
¿Será sepultado el embargo?
Yo creo que sí.
¿Quiénes se oponen?
Los legisladores cubanos, los cubanos, parten de su comunidad, al menos aquella parte que tiene poder de decisión. Con respecto a las cifras y estadísticas del electorado cubano en la Florida y el resto de la federación americana, se hace difícil saber quiénes apoyan o no cada bando. Pero yo creo que hoy las cifras están bastantes balanceadas en las dos partes, sino inclinada en una, y no es precisamente la pro-embargo. Sin embargo, no puedo arriesgarme a afirmar esto.
Lo esencial aquí, empero, es que el electorado americano, aquel que no es de origen cubano, y los millones de emigrantes de otras nacionalidades, con toda evidencia favorecen el levantamiento, el establecimiento de la normalidad legislativa en términos de igualdad para la emigración cubana con el resto, y eso será tomado en cuenta por sus legisladores, congresistas y senadores. Habrá discusión, aparecerán recursos de emergencia por parte de algunos, pero al final si la administración Obama presenta una ley para derogar el embargo, y se hace de voluntad para imponerla, mi opinión es que será aprobada.
En el pasado he predicho, varias veces, que lo que hoy ocurrió ocurriría alguna vez, si la administración y su Presidente se lo propusieran. Les parecía a ellos un imposible. Pues aquí lo tenemos, lo imposible, Watson, se hizo posible.
Desde hace mucho tiempo dije que la decisión de levantar las restricciones a Cuba era, con total exclusividad, una prerrogativa de la administración americana. Fueron ellos quienes la establecieron. Fueron los Estados Unidos quienes rompieron relaciones con Cuba. Eran ellos quienes debían decidir. Nadie más.
Hoy decidieron, a su conveniencia, como era de esperar, no a la de Cuba, no a la del pueblo cubano.
La oposición, la disidencia, la parte de la población que se opone, pasivamente o de forma directa, al castrismo en Cuba, y en su exilio, siempre ha puesto su voluntad en manos extranjeras, especialmente norteamericanas. Craso error. Nunca debió haber sido, nunca debió suceder, ni ser pensado, pero las alucinaciones políticas son consecuencias de las propias circunstancias políticas en que surgió el conflicto.
Hoy el conflicto llega, de cierto modo, a su fin. Aún queda el conflicto entre los propios cubanos, que son ellos mismos los que tienen que resolverlo.
Pero eso, amigos, nunca lo hemos llegado a comprender, o al menos algunos, muchos, casi todos.
El señor Marco Rubio podrá anunciar medidas para oponerse a la decisión Obama. Los congresistas harán lo propio también, pero nada puede cambiar la realidad de que es Cuba, y los cubanos, quienes tienen que actuar.
En otro lado del espectro, las relaciones diplomáticas y el levantamiento en la práctica del embargo, que es lo que ha ocurrido, no generarán ningún cambio en el régimen castrista. Cuba no será más democrática porque una embajada americana se estrene en La Habana, o porque haya hombres de negocios de ese país, o porque las compañías americanas inviertan en Cuba, o porque los turistas caminen por las arenas de Varadero, o porque los periodistas reporten abiertamente desde La Habana, que nunca lo harán mientras esté Castro o alguno de sus espectros.
¡Lo que ha ocurrido hoy es simplemente OXIGENO!
Oxígeno para un enfermo de 56 años, que clamaba por una inyección salvadora americana. Ya lo oyó desde los labios de su presidente. Ya la administración se apresta a luchar por la derogación del embargo. Ya llegarán las maquiladoras americanas a La Habana, y el castrismo le seguirá pagando su salario miserable al cubano, desplazando inversionistas de un lado, favoreciendo otros, apresando nuevos Tokmakjian canadienses para ofrecerle la plaza al nuevo contribuyente norteamericano.
Esto es sólo un tablero de dominó al que se le ha dado agua, y un paciente terminal al que se le concedió otro término de vida. Ya se podrá morir “el difunto” con complacencias de inmortalidad. Ya han aplaudido a los que han regresado, “victoriosos” y sublimes. Mañana serán un olvido, como tantos otros.
Ese sistema es un sistema de olvidados. Cada cual tiene su turno.
Para no dejar nada en el plato quisiera agregar dos últimos ingredientes a este ajiaco de poscastrismo.
El gambito de intercambio que fue Alan Gross nunca fue totalmente inocente. Es mi plena convicción que nunca lo fue. El conocía adónde iba, conocía a qué se exponía, y sabia cuál podría ser las consecuencias. Lo hizo. Jugó su ficha. El gobierno cubano jugó la suya. Y Obama ahora movió su alfil.
Todo ha sido una jugada de una mano de la cual se desconoce, en el día de hoy, su nacionalidad y filiación ideológica. Este chef culinario aún no tiene nombre.
Pudo ser planificada por la misma administración americana, o por sus órganos de inteligencia a partir de una orientación de la administración americana, para descongelar las relaciones Cuba-Estados Unidos.
O pudo ser Cuba a través de sus agentes de inteligencia en las propias instituciones norteamericanas.
Quien haya sido, Alan Gross fue sólo su ficha de cambio.
El segundo ingrediente del ajiaco: Venezuela.
No deja de ser una ironía de enormes proporciones el que hoy, la casa matriz del chavismo, el patrón, el dueño de los hilos que mueve los títeres del andamio venezolano, aplaude y se apura a estrechar las relaciones con el “imperio”, mientras que su títere, Maduro, hace todo lo posible por romper esas relaciones.
Me pregunto si todo esto no es si no otra maniobra aislacionista de Cuba, para retener Venezuela por más tiempo, comprometerla aún más y mantener esa mano insaciable en el bolsillo ajeno, a costa de todo, incluso, de destruir aquel país.
Vivir para ver.

Tuesday, December 16, 2014

Irme de Cuba

Las cinco y 45, el cielo de Toronto parece una coreografía de nubes que transitan con algún destino desconocido. Es viernes, pero puede ser cualquier otro día de septiembre, aunque no sea este 18 del 2010. Puede ser aquel día de Abril del 2004, cuando regresé de Cuba por primera vez, o el otro de Enero, Día de Reyes del 2008. Cumpleaños de mi abuela, por cierto. Ya no vive, pero sigue aquí conmigo, para siempre, tendiendo su manita delgada, cariñosa, para acariciar esa cabecita rubia, caprichosa, que siempre fui yo.
Arrastro, camino, me pierdo entre los viajeros que arrastran sus maletines de mano en el laberinto de pasillos. He regresado dos veces más a Cuba, después de aquel día de Abril del 2004. Regresos ineludibles, indeseados, tristes, conociendo que alguien menos me espera en casa.
Y este es el final. No me queda nadie más a quien regresar.
Casi con la automaticidad de un robot entrego mi pasaporte, contesto una o dos preguntas a la oficial de emigración canadiense. Me sonríe. Tiene una bonita sonrisa, y unos dientes parejos.
“Welcome Home”
De regreso a casa. Los autos pasan a través de la ventanilla del taxi, parecen espectros grises, húmedos. Una niebla densa, oscura, va cayendo sobre la ciudad. Las luces se encienden como ojos que parpadean ocultas señales que desconozco. Me hablan un lenguaje oculto, lluvioso y frio. Se acerca el otoño, adios verano.
Por esos caprichos de la vida me veo en mi viejo barrio, esquina de Neptuno, San Miguel y Prado. Vivía un poquito más allá, pero esa intercepción de calles se me antoja la clave esencial de mi ida, mi escape. El hombre es el hombre y sus circunstancias.
Estas son las mías. Mis circunstancias.
Cuando regresé en Septiembre del 2010 me encontré en esa intercepción de calles. El gentío cruzando, perdiéndose en las angostas aceras de Neptuno. Los autos viejos, almendrones como les decimos, lanzando su humareda sulfurosa. Para el habanero este es un entorno conocido, revisitado.
En la misma esquina hay una pequeña tienda de divisas donde venden perfumes y otras minucias. Parece una tienda para los enanos de Blanca Nieves, tan pequeña como una estampa del Hobbit. Detrás queda un bar, también en divisas. Casi todo lo pintado, aparentemente “nuevo", es en divisas en esta ciudad. El peso tiene color gris.
Al frente me saluda un restaurante, recién pintado también, antes fue una cafetería y antes algo más, sin memoria histórica. Y encima está el antiguo “Caracas”, donde tantas veces practiqué kárate. El antiguo cine de ensayo, a su lado, ahora es otro establecimiento de música. En La Habana los cines desaparecen, como los edificios que se convierten en parques cuando se derrumban, para viejos que leen esas cuatro hojas que llaman “periódico”. Los cines se convierten en locales de música, y alcohol.
¡Cuántas veces recorrí, casi corriendo para llegar a tiempo al entrenamiento, estas calles!
Subía aquellos accidentados escalones, que parecían columpiarse en la escalera oscura, para llegar al tatami a tiempo. Los escalones eran de mármol, pero la vejez, la falta de mantenimiento y el abandono lo habían separado de sus cimientos, y los que quedaban eran como “patines de mármol”, que cuando los pisabas parecían deslizarse por una pendiente escabrosa.
Esta esquina representa Cuba. Mejor dicho, representa el gobierno de un país que se llama Cuba.
Rodeada de hoteles, enfrentando la majestuosidad del parque central, los leones rugientes del Prado, los taxis de turismo, los bicitaxis o coquitos, que es la variante oficialista de los bicitaxis privados, los autobuses de turismo de dos pisos que recorren la cara postal tropicalista de La Habana, esta esquina es la imagen exacta de lo que ha hecho el sistema en los 56 años de sobrevida política.
Pintaron las fachadas de azul y colores celestes a esta pequeña cuadra de San miguel, casi escasos 50 metros. La cerraron al tráfico y le colocaron unos bien cuidados bancos de madera verde, ¿esperará Penélope a su amante aquí?, unas pocas farolas a los lados, unos pobres arbustos en macetas, y ahí lo tienen, “El boulevard de San Miguel”.
¡50 metros!
Puro colorete. Los vecinos siguen malviviendo en sus entrañas con sus barbacoas, sus tanques plásticos para almacenar agua, porque a esta zona sólo le entra el agua potable una vez en el día. Y, ¡gracias!, porque hay lugares en esta gran ciudad donde hace años no llega ni una gota del preciado líquido.
Tenían que colorearle los labios a la meretriz, ponerle esas pestañas postizas para aparentar lo que no es, el saco verde de payaso, la nariz roja y el pantalón azul vistoso. ¡Y aquí lo tenemos!
Este boulevard transpira Cuba. Todo apariencia, todo maquillaje. Con el Hotel cinco estrellas, “Parque Central”, dándole la cara, la ciudad necesitaba ocultar la mal vivencia, la piel gris, descascarada y agrietada de la vieja maquillada esquina para el postor turista de pantalón corto, que pasa por las aceras deslumbrantes de los cuatro hoteles y tiran fotos a la vieja prostituta arquitectónica, con colorete nuevo.
Cuba es el país de las apariencias. Salud pública gratis, para todos. Medicinas que no existen en las farmacias, también para todos, o casi todos. Hospitales que visitan delegaciones políticas, camas sin sabanas en los del pueblo. Piso turístico en el Almeijeiras, que alterna con el otro, que no lo es, que es para ese pueblo que vive detrás de ese colorete azul y verde, y para este servidor por 31 años.
Sabana, bombilla, cubo de agua, bolsa de amigos para que traten bien al paciente, regalitos a la enfermera. Apariencias. Conveniencias. Disimulos.
Y en la noche, el deslumbre de esta esquina, con sus colores azules y verdes. Tres pasos mas allá, oscuridad, vejez, humedad, delincuencia. Dominó madrugador rodeado de alcohol y gritos de jugadas sobre el tablero que desvela. Música de balcones, cuchillada trampera para robar algún celular, unas zapatillas nuevas, y algún dólar en el bolsillo.
Le han pintado la fachada al monstruo, pero sigue siendo el mismo por dentro. Los que vivimos en su cuerpo seguimos languideciendo en la apariencia turística. Somos fichas móvibles en un tablero político. Cuando hace falta el colorete, el carmín y el pintalabios, las brigadas se apuran en aparecer, y maquillar.
Y también aparecen las “otras brigadas”, las de la necesidad, del baño a medio hacer, o de la barbacoa a medio empezar. Y los sacos desaparecen, el cemento se esfuma, la arena lavada se la lleva la marea por algún malecón. Desaparecen por esos trillos tan bien conocidos, a precio de mercado oculto.
Pero los habitantes son los mismos. Las puertas pintadas, los muros retocados, los azules y verdes, colores del disimulo, simulan la ciudadela que queda detrás, la misma.
Ese es uno de los motivos de la ida, del escape, del deslave cotidiano de cubanos. Los que no vivimos de esas apariencias sufrimos los desengaños de estos maratones de maquillaje, al que acuden las ideologías de desgaste.
El taxi sube un elevado. Detrás de la cortina de niebla y llovizna se adivina el contorno elevado de la ciudad, a lo lejos. Toronto es una muralla de rascacielos y luces. Miro los muros que resguardan la autopista en el puente y regreso al malecón del Caribe. Desgastado por el golpeo continuo del salitre y el susurro continuo del mar, chocando en los acantilados con su espuma. Los adolescentes que retozan en la Punta, bajando por las escaleras angostas al diente de perro, y nadan en aquella agua salitrosa, en la que se adivina rastros de petróleo y desechos industriales de la bahía.
Pero para ellos es el mar, y quizás la felicidad momentánea del agua.
Esa conformidad triste, calamitosa, que arrastra el cubano por este malecón salpicado de salitre, sol y noches ardientes de alcohol es otra de las causas para marcharse, escabullirse entre las olas, y encallar en algún rincón tranquilo del mundo.
La felicidad no es una estación a la que se llegue en la vida, sino una manera de viajar. No se puede vivir en conformidad con nada porque entonces el tren de la vida se detiene en esa estación,  se descarrila para siempre, y muere. Hay que seguir, marcar el paso, trascender la nube, el arrecife, la lluvia, los desastres naturales y personales, las apariencias sociales y políticas, las consignas ideológicas.
La felicidad es un viaje, una marcha continua. Eso lo pensé entonces. Eso pienso ahora.
Cuba se quedó en aquella estación.
Y entonces está el factor humano, los cubanos.
La amoralidad creciente, estrepitosa, de los jóvenes me abofetea y me sorprende. Una amoralidad que ya ni se esconde en los eufemismos. Ya no les interesa esconderse en el “jineterismo” para esconder la prostitución. O el “luchar” para cualificar “robar”.
Los eufemismos son esos colorines pintorescos de esta esquina habanera de Neptuno, San Miguel y Prado. Los inventó el mismo sistema. Jugueteó con ellos. Los asimiló y hoy son como el tatuaje natural de su lengua ideológica.
En la noche la jinetera sale, pintoresca, al malecón, a la esquina del hotel, o se desplaza a 5ta avenida. Y el pinguero camina al avioncito, o se encuadra en alguno de esas puertas de bares nocturnos, ofreciendo su mercancía sin disimulo. Es como un dominó sociológico. El gobierno mercadea con las simulaciones, los habitantes de esa ciudad gobernada ya ni desean el disimulo.
En Cuba todo el mundo roba, y la prostitución se quitó la máscara escandalosa de la desvergüenza. Los jóvenes se cuidan las uñas, se depilan las cejas para encuadrar un rostro andrógino, y la metro sexualidad se escapa de Nueva York para desvirginizar La Habana.
En uno de los apartamentos encima de lo que un día fue mi casa, allí, a pocos metros de esta prostituta maquillada de azul y verde,  a quien le llaman “Boulevard de San Miguel”, vive una familia compuesta por cuatro hermanos, tres jóvenes y una joven, y su madre. Todos recurren a esa profesión “por cuenta propia” que los cubanos llaman “jineterismo”.
¡Prostitución!
Esta forma solapada en que la conveniencia ha querido esconder su pudor por su desvergüenza. Malviven, “luchan” prostituyendo sus almas, su cuerpo, el sexo y hasta su propia sobrevida. El mayor vende su producto exótico a hombres, canadienses muchos, que golpean de noche, madrugada, a cualquier hora la puerta. Suben aquellas dos escaleras de mármol, y se acuestan en aquel cuchitril con barbacoa, por unos dólares de placer tropical.
Me pregunto cuántos de los canadienses que me acompañaron en el avión de regreso conocieron esos placeres baratos, tropicales.
El hermano del medio, Reinier, casado, prostituye a su mujer, se prostituye a sí mismo. Mercadea electrónicamente su geografía física con un mexicano que viaja a La Habana, con su mujer, y los dos se intercambian de placer, dinero, palabras de conveniencia y mercadeo sexual.
¿Se escandalizan?
Ellos no. Se ríen, se alcoholizan y divulgan los secretos eróticos de sus aventuras a todo el barrio. Equipos electrónicos, de video, celulares de última marca, coche, viajes a Varadero, llamadas de “papito” y “mamita”. Cuchicheos vecinales que todo el mundo conoce. Y nadie se avergüenza del trapicheo lúdicro.
Al hermano menor la madre lo manda también a que siga el camino de los mayores.
“Y tu empínate, porque ya es hora que te vayas…”
No, no es Mariana Grajales mandando al hijo menor al campamento mambí. Los mambises hoy, en esa Habana de mi segundo piso, tienen otro nombre, otra profesión y otro machete. O el mismo, usado de manera diferente, y con precio de mercado.
¿Se sorprenden?
En Queens, aquí en Toronto, yo también me tropecé con algunos  de estos cubanos, durante el Festival de Jazz del 2005 descurbimos un "café cubano", y entramos. También la misma profesión, el mismo machete, el mismo vocabulario e idioma. Se fueron de Cuba, pero Cuba no se fue de ellos. ¿Para qué se fueron si siguen en lo mismo?
El taxi me deja en la misma puerta de mi casa. Lo veo partir como vi partir, desde lo alto, los techos grises de La Habana, horas antes. El cielo seguía siendo azul, entonces.
Esos que se prostituían, y habitaban en el segundo piso del edificio de mi casa, vivían mejor que yo. Ganaban más. Tenían un plato de comida diario garantizado. Coche, viajes y ropa nueva. A costa de despojarse de toda vergüenza, pudor, pacateria, moralidad, principios. ¡Todo!
Y nadie les apuntaba con el dedo para marcarlos como intocables, ni llamarlos marginados. El policía de la esquina conocía sus nombres. Mercadeaba música, ropa de niño de  “Gap” para sus hijos en Santiago. Los vecinos lo saludaban casi que hasta con un respeto reverencioso. Popularidad, amistad, el rey de la vecindad de esta esquina habanera, pintada, maquillada, coloreada de azul y verde.
Convertida al turismo de conveniencias.
¿Yo?
Pues para ponerlo en un término bien cubano. Un comemierda. Sin coche, ni zapatos con qué caminar. A veces casi sin poder poner un plato de comida en mi mesa. Un salario que se iba en tres días. El resto era invención. Robar nunca. Vender nada.
Traficar con el correo de estos vecinos en su “jineteo” canadiense. Reparar alguna computadora. Dar clases de computación por la izquierda. Convertirme en ese espectro sin futuro por ser una persona honrada, y honesta, que no es lo mismo.
El honesto, y el honrado, no tienen casa en Cuba. Es así de sencillo.
¿Y me preguntan por qué me fui? ¿Y creen que volveré a regresar?
Hoy, que ya nadie queda detrás, La Habana queda mucho más lejos. Mas allá de la añoranza, los recuerdos y la memoria. Más allá de esta lluvia, la nieve, las tormentas de invierno. Más allá de las palabras, las historias, los pocos amigos que quedan. Más allá de todo. La felicidad no es una estación a la que se llega, es el viaje, el recorrido, la búsqueda.
No volveré a Cuba. No me hace falta. Tengo lo necesario conmigo. Mis recuerdos. Mi niñez vivida con intensidad, rodeada de auténtica felicidad a pesar de las carencias, los golpes de la vida, las pequeñas miserias humanas del entorno. Tengo un camino que recorrer. Mil estaciones donde parar para tomar algún otro tren. Un avión en mi vida que siempre tendrá algún destino. Un propósito. Unas manos para trabajar, con honradez, sin necesidad de prostituir mi mente, mis pensamientos, mi cuerpo, absolutamente nada.
Detrás quedó aquella estación oscura, accidentes e imprevistos. No tengo nada de qué arrepentirme. ¡Absolutamente nada! Viví con intensidad y no tuve que mercadear con mi pensamiento
¿Sufrí las consecuencias?
Sí, pero aquí estoy.
Séneca dijo, en alguna ocasión, que “los elementos de la dicha son: una buena conciencia, la honradez en los proyectos y rectitud en las acciones”.
Es hora de dejar atrás una estación de mi vida, y comenzar un nuevo viaje… hasta el final.

Nota: Las dos primeras partes de esta serie:
Primera Parte: El Hombre Fragmentado
Segunda Parte: El Regreso

Monday, December 15, 2014

La sombra Americana

No más Sonia Garro fue excarcelada emitió unas declaraciones que, como mínimo, son extrañas. La opositora cubana dijo que “al régimen le molestaba el trabajo que hacía con la comunidad y para el pueblo, que no era de carácter político, sino social, con la raza afrocubana".
Hoy se publican algunas declaraciones del Foro “Raza y Cubanidad”, auspiciado por el Comité Ciudadanos por la Integración Racial (CIR), que siguen casi la misma cuerda de lo que la expresa del régimen comunista de Cuba dijo, horas después de estar en casa.
Según el vicecoordinador del CIR, Leonardo Calvo Cárdenas:
"No existe el atrincheramiento en la identidad que en Estados Unidos fue arma fundamental para la emancipación."
No creo ser el único al que le ha llamado la atención las declaraciones de Sonia Garro. La escritora Zoe Valdés, en un post en “Libertad Digital” titulado “Liberaciones… y Detenciones”, que les recomiendo leer, señaló con mucha justeza el lenguaje enrevesado de algunos opositores cubanos en los últimos días.
Dice Zoe:
“… no acabo de entender la actitud de algunos presos políticos cubanos, y mucho menos su discurso.”
Yo tampoco lo entiendo.
La escritora se pregunta de qué valió entonces los dos años que estuvo Sonia Garro si, inmediatamente que sale de la cárcel, se niega a reconocer que su lucha tenga carácter político.
Sin embargo, yo creo que hay algo más preocupante en todo esto. Algo que tiene que ver, ineludiblemente, con la alineación que, alguna oposición en Cuba, está adoptando a raíz de los conflictos raciales que en los últimos meses han aflorado en los Estados Unidos.
En ese sentido, la declaración de Leonardo Calvo descubre definitivamente la alineación afroamericana contemporánea de su oposición en Cuba. Entonces las preguntas a las que yo me enfrentaría son las siguientes:
¿Qué pasaría si el gobierno de Castro le concediera “pequeños privilegios oficiales” a la población afrocubana y mestiza?
O para ponerle nombre, a los miembros de este CIR. ¿Qué pasaría entonces?
¿Qué pasaría si el régimen de La Habana le concediera representatividad en los “órganos de poder” legislativo y de gobierno a ese porciento afrocubano?
¿Qué pasaría si Raúl Castro concediera privilegios de acceso a financiamiento, educación, gobernabilidad y negocios a ese sector de raza?
¿Dejarían los afrocubanos opositores de oponerse a la dictadura, de ser opositores? ¿Le concederían entonces un tiempo de gracia a los mismos dictadores de siempre?
Es sumamente peligroso, en una nación donde los límites de raza son desconocidos y se diluyen, parcializarse de manera tan evidente, quitándole el matiz político que tiene toda oposición a una dictadura, por alinearse, convenientemente y de manera oportunista, al momento político que vive la sociedad norteamericana.
Yo no lo entiendo. ¿Es para acceder con más facilidad al financiamiento del gobierno de Obama? ¿Qué se pretende con esto?
Yo no puedo afirmar categóricamente que esa haya sido la intención, pero las palabras colocadas en un contexto tan resbaladizo y extraño dicen demasiado de las intenciones, mucho más que, incluso, las proyecciones anteriores de los que las han enunciado.
Sería muy triste y bochornoso que, después de tantas divisiones por caciquismo, personalismo e intereses financieros, precisamente con el dinero que proviene de los programas americanos de apoyo a la democracia en Cuba, apareciera una nueva división en esa oposición “gracias” a una simple alineación de raza de un sector afrocubano de esa oposición.
Los cubanos no somos negros, blancos y mestizos. Somos cubanos y punto. Y la oposición no puede hacer, como desafortunadamente dijo Sonia Garro, un trabajo social con la raza afrocubana, porque todos somos hijos de Cuba, y Cuba no es blanca o negra o mestiza.
Lograr la identidad y la unión de fuerzas. Crear un proyecto unificador. Esas son tareas de la oposición, de toda la oposición. La dictadura en Cuba no es contra una raza, sino contra un pueblo. Y tiene carácter político. Los beneficios sociales de una democracia son para todos, ¿o no?
Definir con claridad estas cosas puede abrir caminos a la oposición, pero también puede cerrárselos.
¡Cuidado!
En Cuba no hay un conflicto de razas, sino un conflicto con la democratización de una sociedad oprimida toda, cualquiera sea la raza.

Sunday, December 14, 2014

Irme de Cuba – El Regreso

El avión aterrizó en el aeropuerto José Martí a las 12 y 10 de la tarde, también volvía a ser otro Abril, cuatro años después de aquel otro, en primera y única salida de Cuba. La bienvenida fue ese palmetazo de calor asfixiante, abrumador, y una escuadra de trabajadores de inmigración, vestidos con ese uniforme verde desteñido, color “caca de niño”, que se habían colocado a los lados del pasillo por donde debíamos pasar, y nos miraban como si fuéramos visitantes de un planeta alienígena, una especie exótica de planta, o tal vez el preciado trofeo a desbancar. Se me hacía difícil calibrar cuáles eran los pensamientos, y sentimientos, que se escondían detrás de aquellos rostros, aquellas miradas.
Eramos “turistas” de Canadá, en la entrada diaria del vuelo Toronto-Habana. Especie suculenta para el desplumaje de maletas y “regalos”. Era la señal convenida, la presa fácil, el bocado para la diaria captura. ¡Tantas cosas a la vez!
En el chequeo de inmigración la mujer, aún vestida con ese uniforme deslavado, fue amable, a pesar de la sorpresa cuando le hablé en español y me identifiqué como cubano. Tres veces tuve que desinflarles las “alas” a los empleados del “José Martí”. Especialmente a una mulata que, en cuanto salí con mi carga de equipajes se dispuso, muy oronda, a interceptarme
“Este es mío”, y les guiñó el ojo a la “tropa” restante.
“Yo era de ella”. La “carga preciada” de mi equipaje estaba “en sus manos”. Yo era su “blanco”. Era la consigna. Pero no fue lo peor, lo peor ya había pasado con mi maleta de medicamentos, en la que había cargado cuanto “tesoro” vitamínico, de primeros auxilios o normal botiquín que un hogar cubano debería tener, previendo las carencias y ausencias conocidas. Entre aspirinas, tylenols, termómetros, complejo vitamínicos, curitas antisépticas, ungüentos y cuanta parafernalia de primera necesidad escondía aquella maleta, había escurrido algún chocolate y también algún caramelo ocasional de última hora.
Una hora estuvo mi maletín retenido por la aduana. “Necesitaban instrucciones”, dijeron. El mío era uno de cuatro “casos inusuales”. Entiéndase, no eran drogas, ni marihuana, ni equipamiento electrónico prohibido. Tampoco eran teléfonos satelitales ni propaganda enemiga. Las instrucciones necesarias eran para chequear las medicinas que, compradas sin necesidad de prescripción en Canadá, se hacían “sospechosas ideológicas”, al parecer.
Necesitábamos “tratamiento especial”.
Y así, a los sospechosos, nos enviaron para una pequeña habitación donde “un doctor”, con la paciencia de un mandarín chino de la dinastía Qin, nos abría las maletas y trataba de descifrar, una a una, mirándolas a trasluz a través de unos anticuados espejuelos de un plástico negro desteñido, qué eran aquellos medicamentos, qué contenían y para qué servían.
La tardanza, según la oficial de inmigración que nos acompañaba para dondequiera que nos moviéramos, era que el “doctor” no sabía inglés, por lo que teníamos que, los propios “sospechosos” del tráfico medicamentoso, teníamos que traducirle al experto de inmigración de qué “drogas alucinógenas” estábamos cargados. La oficial de inmigración, de cuando en cuando, me echaba una ojeada curiosa al rosario que se balanceaba sobre mi camisa a cuadros.
“Le gusta” ¿Lo quiere?”
Pero ella presurosa, y casi en pánico, me decía que no, y me señalaba furtivamente una cámara oculta en el techo.
Al final, luego de dos horas y mucha paciencia, las puertas de salida a La Habana se abrieron. Gracias a Dios, el cielo en Cuba seguía siendo azul.
La primera impresión de aquella post-Habana fue su ruido, y su oscuridad en la noche. También su suciedad, pero ya llegaremos a eso.
La mezcla ensordecedora de los cláxones de los autos que transitan, la gente que pasa atropellada por Neptuno, los pocos autobuses que despiden su lenguaje bravucón en su estrépito, los bicitaxis, la música en alta voz colgada de balcones y azoteas, donde se adivinan las barbacoas y la gente que grita, se apresura, discute o conversa entre balcones.
El ruido permanece en La Habana de mi post-ida como un testigo hiriente en sus noches. No importa la hora avanzada, los balcones cerrados como párpados durmientes de sus casas. En sus calles aún circulan esos monstruos almendrados de todos colores, viejas reliquias de un pasado de esplendor y vitrolas, despertando con la música de su carrera estridente a las dos de la mañana, a cualquier hora.
O la pareja que se abofetea en los mismísimos bajos del piso donde duermes, y se llama con todos sus nombres, palabras y blasfemias. Y luego la aparición tardia policial, las sirenas, las palabrotas de ambos lados, la tonfa, la vulgaridad que se adivina en su orientalidad, los gritos y chillidos, el barbarismo locuaz y el “asere” que se escupe por todas partes. La vulgaridad es el lenguaje de la calle, y es el sonido natural de Cuba.
Más tarde, cuando todo parece que la noche va a dormir su solaz y el silencio la va a cubrir con su manto, la recurrencia del siempre ocasional borracho, locuaz y jolgorioso, de los jóvenes que lanzados de la "Casa de la Música", en el antiguo cine "Jigüe", recorren Neptuno hasta la hondura del Prado, hablando alto, cojones en voz y palabras ácidas donde se adivina algo del alcohol, las anfetaminas y alguna marihuana, para seguir algún concierto de tiros, carreras locas, gritos y hasta alguna risa histérica, perdida en la bruma calurosa de la noche que despierta al día, y lo hace bostezar brumoso.
Así "amanecí" la primera noche de mi post-Habana. Sin dormir, molesto con aquel universo que no descansa ni deja hacerlo, con aquella ciudad sin ley para el sueño y tantas prohibiciones para la palabra diurna. Molesto con los ruidos, con la calle, las paredes y aquella Habana escandalosa, desvelada.
Me desperté a caminar, a descubrir “las tiendas habaneras”, los parques y calles. Sentir la vida cotidiana que se había escapado de mi vida cuatro años atrás. Era también una manera de olvidar el mal sueño, la falta de sueño.
Cuando entré a "La Epoca" lo primero que me golpeó fue el olor, y el calor. Olor a viejo, a ropa que lleva estancada o que ha sido guardada por mucho tiempo, ¡sabe Dios dónde! Aquel olor se hacía insoportable en el tercer piso, convertido en un cementerio de zapatos viejos.
Entonces me vino la memoria de aquellos "poppies" (sandalias deportivas, para los que desconozcan el argot cubano), las primeras que compré con un dinerito ganado por la izquierda, y que sólo duraron una semana de andar por La Habana. Entonces achaqué la triste noticia a la mala calidad de aquel calzado, pero hoy sabía que no era su calidad, sino su vejez en aquel almacén de zapatos ya viejos.
Y "La Epoca" es eso, un gran cementerio de mercancías viejas, olorosas al tiempo que ha estado en la tienda, y a su edad anterior, en contenedores en el puerto, o en viejos almacenes en Panamá, donde un insensible agente de gobierno lo compra a precio de lechuga, mientras se embolsilla un premio por la ganga.
La Habana se me reveló como eso, un mercado de reúso. Con sus grandes tiendas convertidas en gigantescos baúles de artículos de reúso, no reciclados, sino de reúso en la edad, por la edad.
“Flogar”, con sus maniquíes colgando desnudos, señalando en esa posición de hielo su antigüedad, un tiempo pasado que fue mejor. La pequeña cafetería de la esquina, convertida en venta al menudeo de cigarrillos y esa cola oscura barata, a precio de oro, y la alargada barra de lo que un día fue una estupenda cafetería, hoy cerrada, con los bancos redondos descascarando su vinil gris, reliquia de aquellos momentos en que estuvieron ocupados.
Cementerio de bancos grises.
Y "Fin de Siglo" haciendo merecido uso de su nombre. Oscuro, cerrado, con pocas luces, tres largas perchas donde colgaban ropas de descuento en su puerta a Galiano, y donde un grupo de mujeres removía lo removido por tantas manos, para quedarse allí, por siempre, esperando por otras manos para su próxima removida.
Todo tan depresivo. Todo tan viejo.
Siempre he sido un caminador. Recuerdo mis días de vivir en Cuba. Regresaba del trabajo a pie, pues no tenía carro entonces, ¿cuántos lo tienen en ese país? Pero a pesar del cansancio, caminar se me antojaba la forma de descubrir cada rincón de la ciudad, guardarme en el recuerdo cada esquina, charco, mal olor o aroma que recorría su geografía. Muy pocos logran conocer el alto grado de sugestión que los olores representan para nuestra imaginación, y para la memoria.
Y en el regreso hice lo mismo. Caminar.
Esta vez caminar por Monte o Reina era como volver al pasado, pero también descubrir las desoladas desapariciones físicas de algunos lugares que recordaba, que estaban todavía allí antes de irme.
Reina sigue desapareciendo. El angosto lugar de venta de libros viejos, allá en la barriga de esa ancha avenida que desemboca en Carlos III, había desaparecido. Con tristeza recordaba mi visita al lugar los fines de semana. Allí encontré muchas joyas de la literatura universal. Una de las poquísimas copias de “La Divina Comedia”, traducida al español por el argentino Bartolomé Mitre, o el “Paradiso” de Lesama Lima, cuando aún no se había publicado años mas tarde. Escritores perdidos, escondidos detrás de otros libros con timidez disimulada.
¡Tantos libros perdidos!
Las columnas siguen allí, aguantando tanta vejez, tantos años de demolición y caída, tanta humedad. Columnas descascaradas, grises, llenas de hollín y humedad. Soportando viejos edificios como bastones o muletas. Aguantando su edad, como San Lázaro.
Caminar por Monte es como retroceder en el tiempo. Impregnarse de humedad y olor a polvo húmedo, a pedazos calcinados de ciudad. Todo gris, manchado por el humo grasiento de los autos viejos, las guaguas que despiden esa pestilencia negra, como pedos ventosos de carbón y azufre, y hasta un insospechado carretón tirado por caballos.
Entre toda aquella grisura, pequeños mercados en divisas, arrinconados entre rejas, basura y puertas corredizas de metal para impedir el robo nocturno. Y el olor de humedad que te penetra por la nariz, se aloja en los pulmones y parece no abandonarte nunca.
La Habana es gris. De día por el hollín, y oscura de noche por la falta de luz.
Neptuno se hace entonces como un túnel oscuro que desemboca en un tumulto de escalones silenciosos en el “Alma Mater” de la Universidad. De vez en vez, el ruido estrepitoso de un “almendrón” con su música estridente, a toda voz, gritando la última moda melódica de erotismo ramplón. Despertando madrugadas.
“Antes de llegar al parque del Quijote, un agua albañal, sucia y podrida, con todas las gradaciones que su maloliente y fétido olor describe, te hiere el olfato y te obliga a salir al pavimento. El agua encharca toda la acera y se hace imposible cruzar. Desde que recorro este viejo caminito la conozco, y sigue corriendo con su rutinario y doloroso sonido, ensuciando la populosa avenida, sin que nadie se percate de su antiguo andar.”
Pero, ¡no! ¡No puede ser! Eso lo escribí hace cinco años atrás, en 1999. Pero sigue allí, en el mismo lugar, el mismo mal olor, la misma estampa de abandono. Y también compruebo que muchas otras líneas que escribí entonces subsisten. Como esta:
“Por la Calle J los autos esquivan el antiquísimo bache, siempre colmado de agua sucia que salpica intermitentemente la acera. Del otro lado, tres jóvenes pierden el tiempo diciéndole groseros piropos a cuanta mujer pasa por la calle, o burlándose de la ropa del que cruza, o de la nariz del anciano que recoge algo en el latón de la basura que está al lado del viejo árbol. No se sabe qué busca este hombre entre los desperdicios, unas veces recoge botellas plásticas y la mete en un viejo saco, otras abre jabas de basura podrida, buscando un mendrugo que comer. De todas formas, su vestimenta, su falta de aseo y su arrugado rostro hacen ver las heridas que el sufrimiento, la miseria y la locura le han hecho sobrevivir. Pobre viejo: sin salud, sin edad, sin esperanza para vivir que no sea buscar en un sucio contenedor de basura, y del cual se burlan los tres jóvenes continuamente, con la marginalidad y la insensible falta de escrúpulos que encierra su indiferencia ante el dolor humano.”
El viejo ya no está. Los jóvenes, quizás, se hayan marchado del país, en alguna balsa. Por ellos hay una señora que vende cigarrillos. Surcos de piel le recorren la cara, y unos ojos grises, de una edad indefinida, pero viejos y cansados.
El bache sigue donde mismo, y los autos siguen esquivando su antiguedad de podredumbre.
La Habana parece una colección de postales viejas, con parches de luz, borrones de alguna pintura dada recientemente, y hollín.
El cine de Infanta sigue esperando una edad en que lo reparen. El viejo cine de Neptuno, de asientos duros de madera, lo han convertido en un club nocturno, donde el alcohol barato, la marihuana y las pastillas vuelan en su atmósfera de humedad. De allí escapa la sobrevida que despierta a la ciudad por la madrugada.
La impresión de La Habana me sobrecoge.
Quizás los cuatro años de ausencia me han hecho olvidar la destrucción. La ciudad es sucia, la gente la puebla de papeles y basura, de olor a orine en las esquinas y rincones oscuros, donde se arraciman barbacoas y cuartuchos. Los barrenderos pasan sus viejas escobas en la mañana temprano, por las principales avenidas, pero sólo unas dos escasas horas y las calles muestran sus cicatrices de suciedad, papeles de cualquier destino las recorren como inanimados habitantes indeseados.
En Obispo, a la altura de “La Moderna Poesía”, se suceden unos pequeños depósitos verdes de basura. Algunos llenos, otros vacios, mientras por doquier el cubano lanza su despojo. No le importa que a pocos metros le espere ese recipiente verde, vacio, destinado a su desperdicio humano. Y así permanecen contenedores, muchos apilados como una concentración oscura de pestilencia y moscas, que desgarran partes turísticas de la Habana Vieja, o la arteria comercial de siempre, Neptuno, en el fondo de “La Epoca”, por los lados de “Roseland”, en las esquinas angostas del destartalado boulevard de San Rafael.
La Habana es un hervidero humano desde las siete de la mañana, que se apaga con la oscuridad y la noche. De alguna forma, pienso, la ciudad se ha ido, me ha abandonado, no existe más para mí. Ha dejado de ser “mi ciudad”. Es algo más, un espectro sin vida.
La tercera noche en mi antiguo hogar tampoco pude dormir.
Las paredes retumbaban como tambores gigantescos golpeados por algún dios molesto y roñoso. TUM TUM TUM. Los oídos parecían recoger todos los gritos inimaginables de la naturaleza inhumana de una tribu maldita, encabritada y violenta.
En el edificio de al lado, segundo piso, una tropa de santeros “celebraba” su festín de ruido y orgía de alcohol. La cuadra despierta, abrumada, sumisa a ese retoque rabioso de tambores. Nadie podía dormir. Nadie se preocupaba por quejarse. Nadie llamaba a la policía.
“¿Para qué? No les importa. Ni le hacen caso”
Describir aquella noche es como describir el horror de vivir en el último círculo del infierno de Dante. Las cornisas del techo de mi vieja casa parecían caerse en pedazos, los muebles saltaban, las pequeñas persianas de las puertas francesas del balcón parecían gritar de dolor, los muros parecían delgadas hojas de papel doblándose, quebrándose, transmitiendo el retumbar de aquella loca jornada de gritos, risas, cantos y blasfemias. Y un olor a alcohol, sangre y vómito que entraba por las rendijas de las puertas y ventanas, que no me dejaban dormir, respirar, sobrevivir la jornada.
En la mañana, los restos de la suciedad maléfica. Palomas muertas, sin cabeza en el patio. Un olor nauseabundo, a alcohol barato, impregnando las paredes de ladrillos que nos dividían geográficamente de la tribu de santeros y babalawos. Plumas sanguinolentas, botellas de ron rotas, cristales y restos de vómito de algún alma que había perdido las entrañas biliares en la orgía nocturna. Todo tan surrealista como un eco populista de aquel “Ecue Yamba O” de Carpentier, convertido en tragicomedia.
Nuestro vecino nos dijo que su casa estaba peor, viviendo en los bajos de la tropa de babalawos, sufrió los peores embates de la rabia y el fervor nocturno. La cuadra despertaba somnolienta. Era domingo, muy pocos caminaban por Neptuno y mis ojos se perdían en la bruma calurosa. No podía dormir, pero tampoco podía quedarme despierto.
La Habana entonces me pareció letal. Un escenario tercermundista de miseria. Peor que Rio y sus favelas. Peor que aquellos bajareques de chozas de Haití. Una colmena descascarada de vidas desechadas, y entonces descubrí con certidumbre por qué me había ido de aquel país, de aquella ciudad, de aquel infierno en que no se podía vivir, ni dormir, ni sobrevivir.
Cuba me había abandonado. Se había ido. Desaparecida estaba. Sus habitantes se habían transformado en estos espectros rabiosos de tambores, que lanzaban su rabia a los vientos, volando a través de las ventanas desvencijadas de estos edificios viejos, húmedos, cargados de ron, pestilencia y palomas muertas.
Una noche de brujas. Una ciudad de brujas. Un país de brujas.
En los quince días que estuve en mi país dos noches, dos fines de semana terribles estremecieron mis noches y mis días. Noches de brujas, y brujos. Espectros insomnes de un malestar social, lúdicro de rabias y resabios. Entendí entonces que me había ido de aquel país no sólo por la miseria de su vida, lo miserable de su sistema social, la pérdida inevitable de mis sueños de juventud, y la imposibilidad de ser persona.
Me fui también, y esencialmente, porque los cubanos habían perdido su existencia como seres sociales. Bestias, bestias encerradas en un país aplastado, silenciado, mudo. Arrastraban sus vidas por sus calles, enmudeciendo su rabia y la gritaban en aquellas noches de locura y dolor. Tambores de protesta silenciada en años y edades.
Esa no era la Cuba que soñaba y recordaba aquella tarde en el avión que desaparecía del contorno de mi isla, cuando Varadero se perdía entre la distancia, las nubes y la altura. El país de mi cabeza sólo existía allí, en recuerdos. El largo y estrecho archipiélago era un lugar de pesadilla, algunas de ellas perdidas entre arrecifes, aguas cristalinas, el malecón habanero y sus playas y costas.
Y los cubanos se habían perdido, transformando sus vidas en esta pesadilla aguardentosa, con aliento a festín barato. Encerradas sus subsistencias entre muros húmedos, que se derrumbaban después de cualquier pestañazo lluvioso del cielo.
Cuando tomé el avión de regreso, del verdadero regreso esta vez a mi país, a Canadá. Cuando crucé los cristales limpios del aeropuerto inmenso de Toronto, y aquel oficial me devolvió mi pasaporte canadiense y me dijo “Welcome Home.
“Welcome Home!”
Entonces, y sólo entonces, supe que mi hogar estaba aquí, en este país de cuatro estaciones. Entendí también por qué por estos lares se dice “Home is where the heart is”.
Y mi corazón está aquí.
¿Cuba? Cuba viaja conmigo. Está en mí. No tengo que mirar atrás. No hay pensamiento de culpa en mi regreso a mi hogar. Todo está conmigo. Todo está en mí. ¡Soy yo!
Allá lejos, en aquel rincón del Caribe, sólo vive un espectro.
¡Nada más!
Nota: La primera parte de esta serie se titula "El Hombre Fragmentado"

Saturday, December 13, 2014

Despachos desde una Dictadura

En cierta ocasión Aristóteles dijo que no bastaba decir solamente la verdad, sino que era más conveniente mostrar la causa de la falsedad en todas las venturas y desventuras de la historia.
La frase me viene a la memoria gracias a leer un libro de David Halton titulado "Dispatches from the Front", que es una biografía de su padre, Mathew Halton. Se los recomiendo a todos los cubanos.
En realidad, se los recomiendo a todos los que quieran entender las causas, las verdaderas causas, de las carencias informativas de la prensa extranjera anclada en Cuba.
Todas las prácticas de la propaganda bajo una dictadura fueron ensayadas, diseñadas y utilizadas por la maquinaria de propaganda del régimen nazi. Los comunistas, después de Stalin, se nutrieron de esas fuentes. Y, ciertamente, el castrismo las conoció, y las usa.
También se me hace imprescindible decir que todas las malas prácticas de la prensa occidental, supuestamente democrática, fueron usadas durante el período de convivencia conveniente con el nuevo estado nazi alemán. Años 1933-1937. Todas expuestas por el gran periodista que fue Halton, y contadas en esta biografia.
Halton padre fue el más famoso y conocido de los corresponsales canadienses de la Segunda Guerra Mundial para la CBC. Como todo hombre de gran carácter fue poseedor de una personalidad plena de contrastes. Mujeriego, pero con un amor profundo por su esposa, a la que siempre volvía, y nunca abandonó a pesar de sus aventuras románticas. Brutalmente honrado hasta la testarudez, se enfrentó a la marea de la “convivencia conveniente” con el nazismo en el periodismo occidental en Norteamérica. Y sufrió sus consecuencias.
Hoy, sin embargo, es considerado un precursor, un hombre que logró ver mas allá de lo aparente, de la fachada creada por la maquinaria de propaganda del régimen nazi.
Es importante decir que Halton no fue el primero en alertar sobre los peligros del naciente régimen de Hitler. Ya había leído los reportes de Pierre van Paassen, un colega suyo del “Toronto Star”, y de Edgar Ansel Mowrer, el corresponsal berlinés del “Chicago Daily News”, que había sido expulsado de Alemania por sus reportes críticos. Pero en 1933, Matt era mucho más audaz y abierto en sus opiniones sobre Hitler. También más testarudo.
En uno de sus reportes escribió: “Yo pienso y creo que Hitler destruirá Alemania”.
Ningún otro periódico norteamericano había publicado una imagen tan comprensible y profética como lo hizo Halton para el periódico de Toronto, el de más alta circulación en Canadá, ni aún el “Winnipeg  Free Press”, furiosamente crítico de los nazis. Ningún otro periodista norteamericano demostró cuál era el mapa político de Hitler hacia la guerra, con tanta precisión y exactitud. Mientras muchos lo acusaban, o rechazaban sus reportes, algunos pocos, poquísimas excepciones, señalaron el valor de Halton al describir con exactitud lo que el hitlerismo significaba, el valor de haber realizado un servicio oportuno para el mundo democrático.
En esta etapa, en el otoño de 1933, casi ningún político y, ciertamente, muy pocos periodistas estaban haciendo este tipo de juicio condenatorio, demoledor. Incluso el gran periodista estadounidense Walter Lippmann llegó a alabar a Hitler en su momento como "la auténtica voz de un pueblo genuinamente civilizado."
Mattew Halton admitió que:
"En los pueblos y ciudades de Alemania, a través de la cual estoy vagando, todo en la superficie es la luz solar, la energía, el resurgimiento. Pero no tardaría más de 24 horas para cualquier persona que supiera leer o escuchar en Alemania para ver más allá de esa fachada.”
Dos meses antes de que la serie de Matt fuera publicada en el Star de Toronto, comenzó a aparecer, en el “Toronto Globe” y en el “Montreal Gazette”, una serie de 13 artículos donde se elogiaba pródigamente al régimen nazi (algo que me hace retornar demasiado mis pensamientos hacia el “The New York Times”). La serie había sido escrita por Erlan Echlin, un periodista independiente canadiense, que luego fuera encarcelado por el servicio británico de inteligencia por la grave sospecha de ser agente alemán.
¿Qué tal, Londoño?
Echlin describía la Alemania de Hitler como un país idílico, donde “el orden, la paz y la esperanza había sido restaurada”, donde millones de arios atendían conciertos y óperas, y donde las iglesias católicas y protestantes aplaudían a Hitler, por haber salvado la religión del bolchevismo. A Echlin le fue garantizada una entrevista con Hitler mismo, siéndole negado el derecho a citarle en sus palabras, pero donde podría escribir “libremente” sus impresiones.
Y en su peor estilo de servilismo Echlin describió al dictador como “fuerte y sin miedo”, “sin vanidad”, “él representa la paz” y “Alemania tiene sólo un deseo, preservar su independencia”.
Tan pronto como los despachos de Halton comenzaron a ser publicados el periodista fue acusado de ser “belicista y sensacionalista”, dentro de los círculos del periodismo norteamericano y, específicamente, en la prensa canadiense. Algunos de los ataques más virulentos a su credibilidad provinieron de la comunidad Católico-Romana, quienes aplaudían a Hitler por detener la “marea roja”. El Arzobispo Católico de Toronto llegó a pedirle a sus feligreses, en sus prédicas de domingo, que no compraran el “Toronto Star”, periódico donde publicaba Matt sus crónicas alemanas.
Más tarde en su vida, Matthew Halton se quejó de haber sido un profeta despreciado en su patria, Canadá. La serie de artículos sobre la Alemania nazi alertó a cientos de miles de canadienses del peligro nazi. Pero la serie no provocó ningún efecto discernible en la política del gobierno canadiense, y muy poco cambio en la opinión pública nacional.
Ah, ¡las playas de Varadero para los turistas canadienses como duermen conciencias!
Desde las posiciones de izquierda hasta las de derecha se pensó que no existían razones para tomar partido en los distantes asuntos de Europa. Hitler estaba “muy lejos”.
¡También lo está Cuba!
Lo más interesante del libro sobre Mattew Halton se encuentra en su capítulo 6 titulado “The German Series: sounding the alarm”. Donde David Halton, su hijo, hace un recuento de esa serie alemana de reportajes. Apartando la enorme importancia que tuvieron, y su exactitud histórica, para los cubanos lo más interesante del libro, y para mí, está en las revelaciones que en ese capítulo Halton junior hace de Halton padre.

Las revelaciones de los corresponsales extranjeros en Berlín


La mayoría de los corresponsales occidentales residentes en Berlín auto-censuraban sus informes, para evitar poner en peligro su prestigiosa publicación, o el riesgo de disgustar a sus empleadores de vuelta a casa y perder el empleo.
¿Les suena conocido?
Louis Lochner, jefe de la oficina de Associated Press (AP) en Berlín durante la década de 1930, más tarde resumió el mensaje que los corresponsales en Alemania estaban recibiendo de la administración de sus respectivas casas matrices:
"No decir ninguna mentira, pero informar sólo tanto de la verdad que se pueda informar sin llegar a distorsionar la imagen, lo que nos permitiría permanecer en nuestros puestos".
Como consecuencia, los corresponsales tendían a depender en gran medida de las declaraciones de los líderes nazis y los comunicados de prensa del gobierno, para sus reportes de prensa. Hubo una renuencia casi total a informar sobre el lado oscuro del régimen, y una evasión general del análisis crítico. Aún un corresponsal norteamericano tan importante, y valioso, como William Shirer, autor más tarde del best-seller “El ascenso y la caída del Tercer Reich”, escribió con aire de culpabilidad en su diario que suavizó una historia para evitar enojar a los nazis:
"Si tuviera agallas, o si el periodismo americano las tuviera, habría dicho algo en mi despacho esta noche. Pero no se supondría que fuera entonces 'editorial'".
Otro factor que ayudó a crear una prensa extranjera generalmente dócil en Alemania era la medida en que fue cortejada, así como amenazada, por el régimen nazi. Hitler mismo, de vez en cuando, invitaba a los corresponsales “flexibles” para las sesiones de off-the-record en su refugio de montaña, en Berchtesgaden. Josef Goebbels, el ministro del muy orwelliano Ministerio de Instrucción Pública y Propaganda, hacía gran parte del trabajo de los corresponsales extranjeros, suministrándoles las fuentes y entrevistas.
Todo, por supuesto, con los simpatizantes de los nazis.
Este ministerio suministraba otros favores: ayuda en el arrendamiento de los apartamentos de los corresponsales extranjeros y la organización de viajes, pases especiales a los grandes eventos, y las entradas a precios reducidos para los conciertos y óperas, muy frecuentes en la época de ascenso de Hitler. Se construyó un club pródigo para los periodistas extranjeros con una sala de prensa bien equipada, que servía como oficina para algunos corresponsales. También organizó “noches de cerveza y embutidos”, de manera regular, donde los corresponsales eran informados por “insiders” nazis.
Muy pocos corresponsales occidentales se opusieron a la relación íntima con sus anfitriones. El baile anual de la Asociación de la Prensa Extranjera en Berlín, en el Hotel de lujo Adlon, era un evento social al que asistía regularmente el propio Goebbels, y los principales miembros de la jerarquía del partido Nazi.
Los nazis también usaron tácticas más siniestras para fomentar la docilidad de la prensa extranjera. A los corresponsales se les permitió intercambiar sus salarios en moneda alemana, a un ritmo de dos o tres veces mejor que a cuanto estaba el tipo de cambio oficial en el momento. Para algunos corresponsales eso significaba triplicar sus ingresos - una forma no tan sutil de soborno, pero práctica. Uno de los documentos del partido nazi llegó a afirmar explícitamente que "la amistad de la gente de prensa debe ser asegurada, si es posible, por el soborno."
Otra práctica nazi era plantar historias fabricadas anti nazis que, si se publicaban, luego se revelaban como falsas, y eran utilizadas para desacreditar al corresponsal. Usualmente un reportero inconveniente y molesto.
¿Le recuerda esto algo a CNN?
En Londres, en 1935, el propio Matt tropezó con una de estas operaciones en su contra, orquestada por los hitlerianos. Un alemán, que decía ser “un refugiado”, le dio una historia acerca de una supuesta atrocidad cometida por los nazis. Afortunadamente, Matt chequeó a fondo la identidad del supuesto refugiado, el cual se reveló como lo que realmente era, un agente alemán.
Leyendo la biografía de Mathew Halton, y especialmente ese capítulo 6, se llega a comprender cómo transcurre la vida del periodismo occidental en un país como, por ejemplo, Cuba, cuyo régimen ha practicado todas y cada una de las tácticas que el canadiense reveló, precursoramente, en los años 30, cuando todo occidente cortejaba a Hitler.
Occidente ha estado cortejando a Castro por 56 años, y tolerándolo. Su prensa sufre las mismas carestías y la misma falta “de agallas”, como decía William Shirer.
Llegué al libro de David Halton casi como un accidente. Un feliz accidente de amistad. Una amistad cubana de Twitter, Sandra Bajaña, me envió un enlace a un magnífico artículo de David sobre la biografía de su padre. Sandra me ha enviado hasta un video donde el autor habla sobre el libro. Y yo, con mi curiosidad, “como la de un fregadero” como decía mi padre, busqué en internet, descargué el ebook, y me leí de una tirada el libro en una madrugada, la de ayer.
Un excelente libro que a todos les recomiendo.
Nos habla de Halton padre, pero sin pretenderlo nos está hablando de Cuba hoy, de lo que sigue sucediendo con la prensa extranjera en aquel país, y con la práctica menesterosa de las agencias occidentales de noticias enclavadas en una dictadura. Esta vez, una dictadura en el mismo corazón de América.
Mathew Halton, como todo hombre de principios, y como todo verdadero periodista, supo mostrar la causa de las falsedades en la historia, como pedía Aristóteles. Habló ayer del régimen de Hitler, pero nos habla hoy sobre el régimen de Castro.

Thursday, December 11, 2014

El hombre fragmentado

El presente post comprende un grupo de tres que iré publicando en los próximos días, con el nombre aglutinador de “Irse de Cuba”. Este primero lo escribí un día de septiembre del 2000, y es el recuerdo de mi viaje de salida de La Habana, se llama: “El hombre fragmentado”.
El segundo, cuyo título es “El regreso”, contará las impresiones de mi primer viaje a Cuba, después de haber emigrado a Canadá, ocurrido en Abril del 2004. Y el tercero, cuyo nombre es el que da título la serie, “Irse de Cuba”, cuenta mi estación actual de sentimientos.
Cuando miro atrás, y leo estas líneas, me sorprendo, pero también recuerdo mi ingenuidad, las preguntas que me asaltaban entonces, mis temores y mis angustias, pero también mis esperanzas. Todas hoy han cambiado.

El Hombre Fragmentado


La línea verde azul del mar iba desapareciendo el contorno de la isla por última vez. Mi isla, verde alargada, encerrada en el ambarino mar caribeño se iba convirtiendo en una fina línea trazada, quizás, por la mano de Dios en el horizonte.
Treinta y un años encerrados en sus fronteras marinas. Viajando la longitud terrestre de sus costas, pero nunca traspasando sus fronteras líquidas.
Mirándola ir, viéndola desaparecer desde la altura del avión en su destino nocturno a lo incógnito, olas de nostalgia y dolor se agolpaban en mis ojos. Treinta y un años perdidos, lanzados al espacio virtual y real de mi vuelo, rumbo a un lugar al cual nunca soñé con pertenecer, conocer o siquiera visitar. Canadá se me antojaba entonces un lugar de maravilla, pero también un destino  incógnito, un futuro incierto e indomable.
Atrás dejaba la sonrisa extraña de mi madre, una sonrisa fingida, detenida en la tristeza y la frustración de una vida perdida. No podía borrar su rostro de mi memoria, estaba allí, con la alegría congelada, esa suerte de felicidad fingida que esconde las lágrimas, y el dolor de la pérdida inevitable. Un rostro al que no podría ver por algún tiempo. ¡Quién sabe cuánto!
Desde mi pequeña ventana redonda miraba irse lejos, en esa cristalina tarde de Abril, la última porción de mi vida en mi país. Lejos, las arenas blancas de Varadero, sus aguas ambarinas y la espumosa corriente de sus olas me lanzaban su último adiós, el último adiós por todos los años futuros en los que no podría tocar sus costas.
Desde allí, del mismo lugar que vi cambiar de mi niñez cada verano, el niño tranquilo y feliz que fui me sonreía, con su pequeño cubo colorido lleno de arena, construyendo el inevitable castillo infantil para derrumbarlo una vez más en sus juegos. Varadero es el primer recuerdo de mi niñez feliz, inocente, y también la última mirada a mi pasado.
A mi alrededor, el murmullo tranquilo del resto de los pasajeros del avión me envolvía, con esa atmósfera de bochorno y cotidianeidad, ajena a mi entorno. Algunos comentando rutinariamente cuándo volverían, qué vuelo tendrían que volver a coger para regresar, cuántos días estarían en aquella u otra ciudad de Canadá, el hotel, los nombres nuevos y desconocidos para mis oídos vírgenes, las palabras de estreno en el idioma extraño, que pronto comenzaría a ser el nuevo sonido de mi lengua. Todas y cada una de las palabras golpeaba mi memoria, dejada atrás, en el niño que fui, corriendo por las aguas transparentes de la playa azul, inocente del futuro incierto y traidor.
Llorando y gimiendo en mil pedazos, destrozando cada uno de los recuerdos de ayer, rompiendo el puñado de fragmentos en que se había convertido mi memoria. Un hombre fragmentado, una historia pasada, un nombre borrado definitivamente del pasado. Todos los sueños, las esperanzas, las preguntas acumuladas en meses de espera caían hoy como gotas saladas por mi rostro. Un eterno gotear sin respuestas.
Las historias personales de los que emigramos desaparecen en el mismo momento en que se cruza la puerta hacia el mundo. Una puerta se cierra, y el vacio nos viene al encuentro y nos sobrecoge como una trampa. Ya no somos del país donde nacimos, pero tampoco somos del que nos acoge en la próxima sobrevida. Somos fragmentos dispersados por el viento, náufragos virtuales, cristales perdidos del fragmentado vitral del universo.
Entre todo aquel naufragar de sentimientos, memorias y recuerdos, el olor del café de la azafata me salvó del hundimiento espiritual, como salva la campana del perdón a los condenados a algún suplicio del verdugo, o de la horca. Ese pedazo oloroso de mi isla, de aquella isla que desaparecía en el infinito de la oscuridad, que se convertía en noche, me agarró el alma abrumada y me hizo volver del abismo para salvarme.
Junto con el café, el recuerdo de mis dos abuelos saltó sobre mi memoria, e inundó ese pequeño  espacio que todos tenemos guardado para los momentos gratos de la vida. Fragmentos dispersos de mi vida en un pasado que se pierde, en algún lugar en el recuerdo.
Era el niño corriendo detrás de los animales que mi abuela criaba en el patio de su casa. O la alborotada alegría subiendo la escabrosa elevación de la parte posterior del cementerio, donde mi abuelo criaba sus cerdos para cada fin de año. Quizás la pequeña personita encaramada en el librero de mi madre para alcanzar los libros prohibidos, en el tope del librero. ¡Quién sabe!
Me vi caminando el largo camino a mi escuela con el inevitable nombre de algún mártir, que nunca conocí. ¿Qué significa aquel nombre? ¿De qué me hablaba y por qué? ¿Qué de común su historia comparte con mi vida? No lo sé, o sí lo sé, no comparte nada, son nombres extraños de un diccionario de recuerdos ajenos, pero allí sigue estando, con sus letras de bronce grabadas en el muro de entrada a mi escuela primaria. ¡Los tributos oficiales son siempre tan pomposos!
¡Qué extraño resulta todo desde la altura! El avión recorría la luminosa alfombra de luces de las ciudades norteamericanas, quizás New York, y mi memoria repasaba mis recuerdos de niño como si aún viviera allí, en aquella ciudad oscura, brumosa. Nunca he podido explicarme el por qué del retorno, ni su instante en su viaje de regreso a mi memoria.
En La Habana ya era de noche, como esa oscuridad densa del espacio que recorría el avión rumbo a Toronto, y las luces que me guiñaban desde la profundidad de la distancia entre mi vuelo nocturno y las ciudades que traspasaba, con aparente inercia mecánica, se me antojaban guiños maliciosos a mi mala memoria.
"¿Qué desea comer?"
La pregunta de la azafata me devolvió a la realidad concreta del momento con ese tono neutro, anónimo, de quien rutinariamente tropieza con mil rostros, hace su misma pregunta y se marcha para volverla a hacer a cualquier otro.
Nada, comer se me antojaba un ejercicio desastroso a los sentimientos. 31 años de mi vida estaban quedando atrás y alguien, de manera anodina, con esa mirada congelada que tienen los peces, me preguntaba por una comida insípida, fría e inadecuada para las circunstancias. No necesitaba nada más que mis recuerdos, es lo único que nos queda a los que abandonamos el entorno natural de nuestras vidas.
Volver, en el momento todo se concentraba en mi existencia con esa palabra. ¿Cuándo podría volver? Quizás mañana, quizás en un año, quizás nunca. El volver es una distancia que nadie puede calcular y siempre hiere en la memoria. Para el que emigra es como la cuchilla del verdugo sobre la víctima. Es la palabra que siempre está, pero nunca se dice, nunca llega a articularse como vocablo en nuestros labios. Mejor no pensar en nada de eso.
Pedí otro café. La azafata me lo trajo gustosa, con una sonrisa en los ojos pero con los labios pegados en un gesto de comprensión mudo, estático. ¿Comprensión? Quizás ella también tuviera alguna persona muy cercana lejos, bien lejos de su alcance y memoria. Los cubanos todos tenemos a alguien, conocemos algún nombre, arrastramos alguna historia perdida detrás, en el recuerdo.
Las tres horas de vuelo en el avión de LACSA se me convirtieron en segundos recordando mi vida pasada, la del niño feliz, no la del adolescente frustrado, deprimido. Al final, es ese niño que todos tenemos albergados en el corazón, y en el recuerdo, al que retornamos con la edad, el tiempo y la vejez. Después de todo, como siempre dijo Saint-Exupéry, los adultos siempre hemos sido primero niños aunque muy pocos lo recordemos.
Un mar de luces ahora se entendía bajo la barriga mecánica del avión. Un mar que titilaba que mi destino final se acercaba, y estaba allí, palpitanto como guiños cómplices de mi llegada. Pearson se antoja, desde el aire, una ciudad de luces. El aeropuerto de Toronto.
No sé por qué todos los aeropuertos tienen esa atmosfera de vitrina, de museo, donde todos somos seres anónimos, y las luces, los equipos electrónicos de vigilancia y detección son los verdaderos protagonistas de su historia.
La ciudad donde anclaba era enorme, el mar de luces se extendía mas allá del horizonte que lograba ver desde el ojo artificial redondo de mi asiento. Quizás mis ojos habían perdido su azul, allá detrás, en el otro azul del mar de Cuba, ¿o eran mis pensamientos? Las similitudes de lugares no tienen nada que ver con la geografía del lugar que se observe, sino con la memoria sensitiva en que se viva. Yo estaba aún atrás, mirando la línea azul de Varadero cuando la azafata anunció que aterrizaríamos en minutos en Pearson.
Eran las 10 y 20 de la noche. Afuera, la primavera canadiense se despertaba lentamente. Con sus cero grados, y aún los retazos de nieve ennegrecida en algunos rincones de su geografía, la ciudad donde comenzaría mi nueva vida me daba una fría bienvenida, con su sonoro nombre aborigen: Toronto.
Físicamente estaba allí, casi al abandonar aquel avión y caminar los primeros pasos, pero mis pensamientos estaban en La Habana, o cuando jugaba con los animales en el patio, o bailando en la secundaria con la primera novia a la que algún día le di mi primer beso, o recorriendo los pasillos fríos de la Universidad en algún día de noviembre. No sé por qué razón recordaba ese día de noviembre. Los recuerdos son como cristales caprichosos que se pierden en un desván, o en un baúl, y se mezclan, desaparecen y regresan sin orden, sin razón.
El bajar del avión, los largos pasillos anónimos y fríos, interminables, las esteras que transportaban viajeros y equipaje, luces, carteles con indicaciones para el que llegaba por primera vez, conversaciones y rostros anodinos. Esa es la memoria de mi llegada a Canadá, y el corazón palpitándome y saltando por el temor a lo desconocido, al mañana.
El oficial de emigración me preguntó dos veces si quería algún traductor. Mis pensamientos volaban. Le dije que no. Sólo estaba nervioso, y perdido. Por dentro gritaba y lloraba de rabia, de dolor, de inutilidad en aquel espacio enorme de maletas, viajeros y cámaras. En mis bolsillos, 60 dólares que me acompañaban para pagar mi taxi al primer hotel que encontrara barato. Nada más viajaba conmigo.
O no. También viajaba La Habana, y Cuba, y los caracoles de Varadero, y el mar celeste, y las arenas blancas, y las gaviotas y el pelo enredado de mi primera novia, y el olor a café, y el beso tierno, angustioso, de mi madre. Ese era mi equipaje virtual, mi maleta de viaje.
Incidentalmente la voz del altavoz me devolvió al mundo del presente. Volver, volver de mi memoria, retornar a la vida actual. Recogí mis documentos, agarré como pude mis maletas, llenas de cosas inútiles, y me lancé a la noche fría, con sólo mis 60 dólares en mis bolsillos, y una montaña de memorias y recuerdos para vivir, llorar y gritar en el futuro.
Hecho pedazos. Un hombre fracturado entre el pasado en otro lugar, y sus actuales coordenadas geográficas. Un hombre fragmentado… para siempre.

Tuesday, December 9, 2014

Perros domesticados

La foto la tomé en Septiembre del 2010, mientras caminaba por el llamado “boulevard de Obispo”, que es como esa vitrina natural de contrastes de La Habana.
Entre la población flotante que pasa buscando “los mandados”, escasos, otros que curiosean esos cuchitriles de tiendas en divisas, los que se apuran a llegar a la oficina de ETECSA, allá, en lo hondo de Obispo, o los puestos de cambio de divisa, los escasos turistas del atardecer, o los que se encaminan presurosos a alcanzar el muelle para poder tomar la lancha de Regla, y encontrarse en el camino a Yemayá o a la Virgen de Regla, encontré a este perrito callejero, a los pies de un “latón de basura” postizo, de ocasión, para decirlo de algún modo, tomando quizás alguna siesta después del calor, la sed o el hambre.
Miraba a todos los que pasaban, esperando, quizás, el regalo de algún simpático caminante para matar el hambre, o tal vez la caricia pasajera de algún niño solidario con su huerfanidad callejera.
¡Quién sabe dónde dormiría esa noche! ¡Cuántos golpes habrá recibido en su vida aventurera!
Y de pronto, hoy, leyendo las noticias en los sitios cubanos, me viene a la memoria este perrito callejero, domesticado a golpes, a migajas lanzadas por un alma caritativa que pasa en su camino apurado al banco, a recoger divisas o a “jinetear” algún turista.
Ese perrito callejero se me parece tanto a estos cubanos domesticados que, en estos días, se han apurado a “echarse”, lengüita afuera, sedientos de palabras “dulces”, suplicando migajas al embajador-jefe de la Sección de Intereses de Castro en Washington, José Ramón Cabañas.
Porque son intereses de Castro, no de Cuba. Son los intereses de esa familia lo que se reparte en palabras, en migajas de pronunciamientos, en golpes bajos y compromisos corruptores.
Han recibido tantos golpes de estos mismos antipáticos “pasadores de manos”, temporales y temporeros, que vienen y van, trafican con la palabra, los compromisos y las migajas con perritos domésticos, que acuden siempre a la misma mano, no importa que le lancen un hollejo seco, un pedacito de pan insípido, o esas curiosas palabras que, casi en un susurro sibilino, parecen olvidar tantas otras, tantos golpes y tantos ingratos momentos.
Pero, ya se sabe, los perritos callejeros, huérfanos, que han vivido tantos años recibiendo migajas de miserias, como justificación ideológica de una dictadura, siguen fieles a cualquier viajero, no importa que represente la bota, la misma bota que le ha dado tantas veces los mismos golpes.
¿Qué dijo este cancerbero?”, se pregunta el perrito.
"No existen problemas de fondo hoy entre Cuba y la mayoría de sus emigrados. La gran mayoría de los cubanos que viven en el exterior desea una relación seria y respetuosa con su país"
Al cancerbero de ocasión ahora se le olvidan los golpes, las frases hirientes de “mercenarios y gusanos”, los epítetos molestos e inconvenientes, se le olvidan las piedras y las pintadas en los frentes de casas de esos “perritos” domesticados, que hoy se aparecen en su cuartel de perros.
Se le olvidan los huevos, pero bueno, esos nunca han sido suficientes, han estado siempre en falta, y a algunos nunca le han tocado de cuota “obrera”.
“No existen problemas de fondo entre Cuba y sus emigrados”.
No, no existen.
Cuba no es su gobierno. Cuba soy yo, anclado en Toronto, o el amigo que se encuentra en Madrid y abrió un pequeño mercado frente a una escuela, y vende helados. Lo conozco, vivió al lado de mi casa por treinta años.
No existen problemas entre aquellas calles habaneras que recorre este perrito. Entre esas casas despintadas, esas rejas que delimitan el pequeño portal frontal. Tampoco de los símbolos patrios que señalizan nuestra nacionalidad, nuestra pertenencia.
No existen problemas.
No existe problema alguno con la poesía, los versos martianos, la palabra que Cecilia le decía a Leonardo en una tarde acrisolada del siglo XIX, ni de aquellas embestidas mambisas contra el poder español.
No existe problema con la geografía, el contorno verde de nuestra isla, sus aguas cristalinas, los caracoles que se arraciman en sus playas. Ni tampoco con Varadero, aunque nos lo hayan llenado de turistas con pantalones cortos y goma de mascar en los labios, que sólo se interesan por la mulata, el ron y el tabaco moreno.
No existe problema con su música, esa música contagiosa, arrabalera, que se introduce por nuestras células y nos hace bailar, sudar, apretar nuestra novia, o mujer, en cualquier rincón, y besar, y amar y escribir versos.
No existe ningún problema, porque todo eso es Cuba, pero no es su gobierno.
Y con Cuba los emigrados, exiliados, escapados, idos, y reunidos, lanzados al mar o a la geografía internacional, dondequiera que estemos, todos, hemos tenido y tenemos una relación seria, una relación de amor y cariño, una relación que se mantiene, se ha mantenido y se mantendrá por siempre.
Cuba no nos ha abandonado, porque Cuba no es su gobierno.
¡Con el gobierno sí hay muchos problemas!
¡Todos!
Pero, quizás, al cancerbero ocasional de ese gobierno le sea difícil comprenderlo. Sólo conoce una relación con estos “perritos domesticados”, que acuden a la cancillería a recibir las migajas ideológicas de fidelidad huérfana. Que aplauden palabras vanas, consignas desgastadas en los tacones presurosos de esos que, tantas veces, ¡por Dios!, ¡cuántas veces!, le han dado puntapiés después del almuerzo frugal, la copa apurada, y las palabras de compromiso ausente.
Los perritos siempre miran con esa mirada de dulzura acontecida. Mueven la cola, bajan la cabeza sumisa, y lengüetean los mismos zapatos lustrosos hoy, botas ayer.
No importa los golpes, las tantas ocasiones de golpes. El dinero enviado, las cuotas de sudor y de trabajo para conseguir una estampa de fidelidad, y que las puertas, naturales del país, se le abran, cerradas con los candados artificiales de un gobierno corrupto, y que corrompe.
Han corrompido el corazón tierno de ese perrito amaestrado. Lo han vuelto sumiso, sin dientes para morder, y con sólo esa larga lengua sedienta de palabras adulzadas.
Pobre perrito, echado en el portal eterno de su propia casa. Expulsado, pulgoso, sediento, con la lengua afuera y un corazón tierno, volando por todas partes, que se ha amargado por el pesar de tantos pensamientos viejos.
¡Le han hecho tantas promesas y tan pocas se han cumplido!
Hoy acuden en tropel. Y siguen ahí, en la puerta, delante de las rejas de su propia casa, pidiendo y suplicando un permiso que no tienen que pedir.
¿Cuál es su precio? ¿Cuál es el cebo que deben morder, masticar, acaramelar en su encía desdentada?
Una cartita de fidelidad, un compromiso y una petición contra algunos embargos, espías y aplaudidores norteños, que se pudren por su propia culpa en algún agujero.
Lo firmarán, y volverán a estar ahí, echados, esperando el próximo puntapié, la próxima patada.
¡A un corazón amancebado a golpes no le queda una gota de sangre heroica para la necesaria dentellada!
¡Pobre perrito!