Friday, September 19, 2014

De Colaboracionismos y Amnistías

La historia guarda celosamente la crónica del doloroso camino hacia el derrocamiento de las dictaduras, de todas las dictaduras. De derechas, y de izquierdas. O debiéramos decir, quizás con más propiedad, de las dictaduras. A los que defendemos la libertad del ser humano no nos importan los colores, y lados, y las etiquetas ideológicas de las dictaduras.
Todas lo son.
Pero las que etiquetan de “derechas” son más ¿fáciles? de derrocar, que las del otro lado del andamio socio-político. El término “fácil” no es muy feliz al uso, porque el derrocamiento de los regímenes dictatoriales siempre está ligado el ser humano, su destino ante la injusticia y su vida. No me gusta usarlo, aclarémoslo de una vez y déjenmelo sólo utilizar prestado de ocasión.
Las dictaduras “de derechas” no destruyen todo el aparato de la democracia, y no socavan la sociedad en su estructura económica. Y muy difícilmente logran la complicidad de los ciudadanos de un país, su colaboración activa y pasiva, hasta lograr destruir todo proceso de enfrentamiento. Tienen, además, la resistencia de los hombres honrados de todas las tendencias políticas, y también la colaboración de la claque intelectual de izquierda local, e internacional.
Las dictaduras de izquierdas, en cambio, se hacen dolosa y doblemente difíciles de derrocar precisamente por todo eso. Convierten al individuo en la célula activa destructora del entramado social que lo rodea.
Complicidad y colaboracionismo se adjuntan en un combo para tocar la música de la orquesta del dictador de turno.
Cuba comenzó a tocar esta musiquita estalinista en 1959. Una continuación dramática de una dictadura de “derechas” a una de “izquierdas”. Mutación tropical pro-soviética.
La lucha contra Batista logró la complicidad y la simpatía de todo el teatro político cubano, cualquiera fuera su matiz, y lanzó a Fidel Castro a convertirse en esta adoración hollywoodense con proto-estatura de semi-Dios encíclico de una nueva era “revolucionaria”.
El mismo tipo de “revolución” democrática al estilo Robespierre, con la guillotina en los bajos del ventanal palaciego tropical.
Desde entonces la izquierda alcanzó la trinchera que necesitaba para, no sólo el aplauso, sino la colaboración cómplice, y en los peores momentos, el silencio ante la barbarie.
Pero en el país los cubanos nos arremangamos las mangas y tocamos los timbales de la orquetica melodiosa socialista también.
Construimos así la amnistía total a un dictador. Le aplaudimos sus órganos de vigilancia. Nos convertimos en miembros de esos órganos. Aplaudimos al chivato, y colgamos el conocido cartel “Esta casa es de Fidel”. Levantamos automáticamente la mano, como un millón en alguna plaza, cuando al ritmo de palabras grandilocuentes se anunció el Socialismo renegado… por el mismo que dijo no lo era.
Se marcharon unos, nos marchamos otros. Y ahora se regresan muchos.
¿Todos?
No sé. Las cifras no interesan mucho. Uno, dos mil, “rempanganagua”. ¡Los que sean!
Cuando les dejamos que nos robaran las propiedades, fuimos cómplices. Nos callamos. Huimos. Amnistía para Castro.
Cuando aplaudimos la creación de la chivatería organizada. Aplaudimos. Levantamos la mano. O nos callamos. Amnistía para Castro.
Cuando abrimos Camarioca, o el Mariel, y gritamos “Gusanos” y “Que se vayan”. Gritamos. Aplaudimos. Carcajeamos. Y llosa demás se cosieron las palabras. Amnistía para Castro.
Cuando los dejamos volver, le abrimos los hoteles, implantamos impuestos y tarjetas blancas. No protestamos. No quemamos nuestros pasaportes. Hicimos la “colita” en las embajadas y consulados. Y nos callamos. Amnistía para Castro.
Cuando impusieron impuestos en Aduanas. Quitaron y pusieron prohibiciones de aeropuertos, productos y mercachiflería capitalista-norte-americanizada. Nadie bloqueó las embajadas. Nadie embargó los tickets aéreos. Seguimos pagando, volviendo, visitando y acatando como corderos. Amnistía para Castro.
Somos colaboracionistas pasivos de un régimen que ha sabido imponer el ritmo de este comercio ilícito de colaboraciones.
Usted. Ese que grita tanto por el “fin de las ideologías”. Siguen existiendo.
Aquel, que regresa a alguna plaza para “cantarle al pueblo”. Plaza usufructuada. Colaborador pasivo silenciado.
Cada uno que compra un ticket de regreso, para lo que sea. Para ver esa abuela que nos crió, cuidó duramente en los momentos difíciles y nos lloró la partida. Además de la amnistía colaboramos con el dinero automático del regreso.
Dinero colaboracionista.
El embargo, bloqueo, póngale el nombre que desee, es la historia lacrimosa de un pueblo que ha entregado su espíritu de lucha a algún otro, al presidente de los Estados Unidos, para que comande la batalla por la libertad que sólo le pertenece comandarla al cubano.
Somos un pueblo indigno de recordar en nombre del Apóstol.
¡Porque en vez de luchar hemos colaborado!
Las verdades son duras, contradictorias y difíciles. Mucha gente no puede hacer paz con su pasado de colaboración, pasivo o activo. Muchos no pueden entender, o no quieren entender, o su gramo de oportunismo promovido, regenerado como la savia perfecta del castrismo, no les permite reconocer que han sido, y siguen siendo colaboradores del régimen.
No se logra entender que las dictaduras de izquierda no dialogan, muy difícilmente lo hacen las de “derechas”, a pesar de todas las presiones promovidas por amigos y enemigos.
Y entonces se nos enciman las energías oportunistas de los aplaudidores de mano zurda. Muy dados a servir de claque sólo por intereses locales, ideológicos, e indignos de su partido en algún enclave democrático del mundo.
Sí, todo eso es cierto. Los cubanos hemos tenido la complicidad abrumadora de la izquierda mundial para darle también su amnistía a Castro. Pero el culpable principal, y el colaborador usual ese mismo cubano que no quiere ni saberlo.
Que envía dinero, ropas y vituallas.
Que sufraga timbiriches reformistas “Made in Raúl Castro”.
Que regresa a tocar “timbales” en un teatro metropolitano socialista… para “cantarle a su público cubano”. “Su” publico.
Que alquila una habitación en algún hotel, se pasea por Varadero o carga con medio WalMart por las puertas de las aduanas.
De colaboración y amnistía estamos podridos todos.
Y esa es la principal trinchera de defensa de esta dictadura. Comercio indigno de sentimientos, finales bochornosos de llamadas “ideologías”. Disdidientes prefabricados, porque en esta cumbancha hay de todo… como en botica.
Duro, ¿verdad?
Lo siento. Los 56 años no son una chambelona en la puerta de un colegio.

Thursday, September 18, 2014

Entre Baraguá y el Zanjón

No soy historiador, ni pretendo serlo. Tampoco es mi propósito re-escribir la historia. Convertirme en otro Emilio Roig de Leuchsenring, o un nuevo José Luciano Franco. La historia siempre me ha interesado, sin embargo. Debería haber dicho fascinado.
Y la historia de Cuba, casi siempre, echa sus luces, y sus sombras, sobre lo que nos sucede hoy como pueblo, y como sociedad.
Tendemos a mirar las luchas independentistas del siglo XIX marcadas por dos sucesos trascendentes: el Pacto del Zanjón, y la Protesta de Baraguá. Y, ante esos dos hechos, la historiografía repite clichés, re-interpreta desde lejos y al final por los vencedores – como casi siempre, o siempre – lo ocurrido.
La escuelita socialista de maestros, escribanos hípicos del proceso reciente y el periodismo oficial nos remite demasiado a Baraguá, y nos condena el Zanjón a la traición. Se olvida, con demasiada facilidad, con demasiada sospechosa facilidad, las mismas palabras de Roig de Leuchsenring:
“Fue el poder de la Revolución, a pesar de estar moribunda, el que impuso a España las obligaciones que ésta adquirió en el Zanjón”
Esta visión de aquel pacto necesario, ante el agotamiento de las fuerzas mambisas, no se recuerda demasiado en las escuelas, en los libros de la re-historia socialista. No se recuerda en nada. Unos pocos textos del estimado Emilio, publicados sí, pero muy poco leídos en Cuba, por los cubanos.
Los cubanos ignoran a su propia historia… si no se las repiten, o se las dicen otros.
Me pregunto, ¿por qué?
¿Por qué este silencio o cuasi-silencio?
¿Será por el peligroso parecido de la situación cubana actual?
¿Estamos ante un  Zanjón, o es Baraguá el referente como el decrépito en Jefe siempre ha estigmatizado al proceso?
Rechazo las sugerencias que, con demasiada frecuencia, el altar sacralizado del castrismo nos “regala” en su historia.
No me gustan las intransigencias militares, tampoco las bravuconadas lanzadas aun por los más insignes patriotas cubanos. Los patriotas los enuncia la historia, y los que la escriben. No los que la hacen.
Para mí el Zanjón fue el descanso necesario, la paz imprescindible para cosechar un período de acumulación de fuerzas. Creo que hasta el mismo Marti lo entendió de esa forma. Las fuerzas cubanas estaban agotadas. Cansancio, divisionismos, caudillismo – de lo cual estamos enfermos hasta la médula –, y otros ismos.
El Zanjón no fue una traición. Y los que se retiraron tampoco fueron los presuntos traidores que nos regalan en la escuela.
En cambio, la reacción de Maceo me parece más la  intransigencia de la ignorancia, de la incompetencia por no poder reconocer las causas y consecuencias de la debilidad mambisa frente a España, que la intransigencia de la inteligencia, el patriotismo y la valentía.
Pura bravuconería.
Y la bravuconería no apela al raciocinio, sino a la brutalidad.
Baraguá se me remonta demasiado a la bota militar, al pensamiento castrado de “Socialismo o Muerte”, de “Numancia y Maguncia”, de aquel que hoy desaparece en el merecedor olvido del cubano. Se me aparece con la pequeñez del que escribió, sobre la muerte del Apóstol, “ya tuvo que morir el hombrecito”, en carta a Máximo Gómez. Otro que también sufrió de los mismos padecimientos que llevaron al Zanjón de entonces.
Y aquí estamos, arrastrando Baraguá. Despojando al Zanjón de su necesaria existencia. Condenádolo a ciegas. Repitiendo clichés.
Si algo ha caracterizado al cubano ha sido, precisamente, esa “irracionalidad baraguense”, la bravuconería y la falta de realismo. Y en consecuencia, nos olvidamos que ese mismo Maceo tuvo que aceptar un mes más tarde el retiro. Y en las mismas condiciones.
Sí, nos lo dibujan heroico, sublime, magnánimo. Una estatua de bronce.
Inhumanidad de mármol que tanto conocemos en los monumentos.
No me gustan las estatuas de bronce. Los héroes enardecidos. Las botas militares. Las hojas arrancadas a un Apóstol por un “generalísimo”. Los “no nos entendemos”.
Apestan a militancia ciega. Trinchera de intransigencias. Altivez de comandancias militares y cuarteles. Apestan mucho a la Cuba que hoy todos conocemos muy bien, y que nos hace olvidar las lecciones de nuestra propia historia. La misma que Roig de Leuchsenring recordaba sobre el vapuleado y apaleado Zanjón:
“En el Zanjón no fue aniquilado el ideal de independencia, sino vencido el régimen absolutista establecido el año 1837. España reconoció la personalidad de Cuba al pactar con el Comité Revolucionario del Centro.”
Estas palabras no son frecuentes en la doctrina oficial del gobierno de Cuba. ¿Por qué?
¿Será porque hoy sí se habrá “aniquilado el ideal de independencia” del ciudadano ante un gobierno que ha convertido a su pueblo en una ruina?
A propósito del tema, el Padre Varela decía algo que hoy tampoco se recuerda mucho en los colegios cubanos:
“Ningún gobierno tiene derechos. Los tiene, sí, el pueblo, para variarlo cuando él se convierta en medio de ruina en vez de serlo de prosperidad”
Lo que ha llevado a la ruina en Cuba ha sido el espíritu “baraguense” transmutado en “zanjonero”, como despectivamente la historiografía castro-socialista nos la re-escribe.
Es un Zanjón lo que vivió Cuba en 1959, y no un Baraguá.
Es el espíritu zanjo-castrista lo que arrastra el cubano en sus calles y pueblos, y que algunos estampan con el romance de "revolución".
Depuso las armas. Entregó los brazos. Comerció con su alma. ¡Claudicó sin Pactos!
El Zanjón de la Guerra Grande no destruyó el espíritu patriótico del cubano digno, ni a sus héroes. Y España firmó el armisticio dejándole partir al mambí con su digna gallardía intacta.
El Baraguá de hoy no se la deja recuperar al cubano.
¿Quién aquí es el verdadero “zanjonero”?
¿Qué cosa es verdaderamente Baraguá?
En dos instantes muy diferentes de la historia, los caminos se descruzan y cambian de dirección. La historia repite la bofetada… y en esta ocasión, nadie puede reclamar ningún héroe.

Wednesday, September 17, 2014

Né’bola

El régimen de La Habana ha anunciado, a bombo y platillo, su próximo comercio ideológico: el envío de 165 médicos y personal de salud a la lucha contra el ébola. El grupo incluiría médicos, enfermeras, epidemiólogos y especialistas en control de infecciones y en cuidados intensivos. Responden así a la llamada telefónica de Ban Ki-moon en solicitud de ayuda.
La oficina del asiático ONUnero estuvo muy ocupada llamando a sus gerencias satelitales en el trópico.
No recuerdo aún si Ban Ki-moon llamó al gobierno de Cuba para preocuparse por los afectados, en el Oriente del país, del último huracán que azotó por aquella zona. Por ahí están los reportes sobre la eterna espera por los recursos que nunca llegaron. ¿Levantó el teléfono entonces Ban Ki-moon?
No recuerdo, además, ninguna llamada del organismo internacional de salud, OMS, para pedirle información y precisión estadística sobre el número de afectados por el cólera, el dengue – que ya es endémico en el país, y el chicunguña.
Las estadísticas se quedaron en el platillo de la taza de café degustado en La Habana, después del pelado del chino.
Pero tampoco recuerdo ninguna respuesta de solidaridad del gobierno de Cuba ante esas hipotéticas llamadas pidiendo ayuda para su propio pueblo. ¿Cómo es posible que un gobierno se solidarice con cualquier otro punto lejano del planeta y no pueda hacerlo con su propio pueblo?
Algo mas, ¿de qué moralidad se puede hablar cuando se ejerce un comercio ideológico a costa de desnudar el servicio de salud de un país?
¿Cuál es la ideología que defiende apoyar la sanidad extranjera, en el África Occidental, mientras los servicios sanitarios, de salud y acueductos, de tantas zonas del país, necesitan de esa respuesta a una hipotética llamada que nunca ocurre?
En 1997 viajé a Guantánamo, ya entonces el agua “potable” allí era negra, en el vaso que me colocaban cada noche en el restaurante del hotel de Guantánamo. Un hotel que, supuestamente, recibía al turismo extranjero.
El ébola, sí, está acabando en África. Como también está acabando la partida de gobiernos corruptos que gobiernan a esos pueblos. Eso también es parte del ébola, que es su consecuencia. En Cuba está acabando otro gobierno, y la misma indiferencia, ante el cúmulo de problemas, a los cuales no quieren darle la solución que merece, que necesita. Comercian servicios de salud, que es exportar médicos a trotamundos, sobre el apaleamiento de  los que se quedan detrás, soportando la carga de los que se van. Y aún más, de los que entonces no regresan, porque abandonan la misión.
Repito. ¿Cómo se puede ser solidario con los otros y no ejercer la solidaridad con el nacional?
¿Cómo despojar de recursos humanos los servicios esenciales de un país para la plusvalía política internacional?
Además de recibir informaciones que no verifican, ni cuestionan. Además de aplaudir sin conocer los vericuetos del problema cubano. Además de levantar el teléfono y pedir médicos y ayuda a un país que necesita de sus recursos humanos para reconstruir su infraestructura sanitaria. Además de todo eso, la ONU es parte esencial del problema del totalitarismo en Cuba.
Los organismos, regionales y su dependencia central, de la ONU se convierten en cómplices al solicitar estas transacciones comerciales humanas. Eso también es tráfico humano, bajo los servicios de organismos internacionales que, supuestamente, los condenan.
Ellos, Ban Ki-moon and Co’s, conocen que ese gobierno está hambriento de estos gestos. Son promotores a conciencia de estas argucias, mientras ganan salarios enormes a costa de expoliar profesionales en la pobreza, y en la indefensión política en manos de gobiernos totalitarios que usan los servicios de salud, sus profesionales y los recursos que deberían ser de sus nacionales, como agenda de cambio para sus comedias de altruismo mediático.
Y no hartos con eso, se lavan las manos a la hora de responder a las críticas y a los argumentos en contra de su complicidad.
El ébola esta en Africa, pero en Cuba las condiciones higiénicas en la misma capital, sin necesidad de irse a Guantánamo, han provocado enfermedades que supuestamente ese sistema había “eliminado”.  ¿Se lo recuerda Ban K-moon a Raúl Castro en su llamada desde New York?
El deterioro de la vivienda, la inexistencia o escases de los servicios de agua potable, el deterioro de las instituciones de salud, de la atención al adulto mayor, la indefensión de los más pobres, nada de eso escapa al trasiego de inmoralidad de este comercio. No escapa tampoco el desabastecimiento de los medicamentos de uso básico, como una simple vitamina C. Ni las farmacias como almacenes de estantes vacios. Ni el mercadeo ilícito que sale de hospitales, instituciones de salud para abastecer la red del mercado negro de medicamentos que es, también, un mal endémico de los servicios de salud de Cuba.
Mientras, el gobierno trafica profesionales del sector en Brasil, Venezuela, Portugal y ahora Sierra Leona. Por un teléfono que suena desde la ONU.
Nadie llama para los habitantes de las barbacoas en la Habana Vieja, que lanzan los desechos humanos a la calle. Tampoco por los habitantes de tantos pueblos de Cuba que carecen de los básicos servicios de alcantarillado y de agua potable.
Esta mezcla de insta café ideológico aguado, con solidaridad hipócrita de sabor amargo, es lo que yo llamo Né'bola.
Né Solidaridad con Cuba y sí mucha bola comercial ideológica.
Né altruismo al nacional, al que muere por falta de un medicamento escapado para la calle para el bolsillo de sobrevivencia del pillo, y sí mucha propaganda a costa del sacrificio de una isla en usufructo.
Ebola desangrando Africa.
Né’bola destruyendo Cuba… pero Ban Ki-moon no responde a esa llamada.

Tuesday, September 16, 2014

Una isla en usufructo

¿Ir o no a Cuba? Es la pregunta que con iteración algorítmica parece retornar a los sitios, diarios digitales, redes sociales, prensa, declaraciones, malentendidos, polémicas. No se trata del retorno del simple ciudadano, si no del otro, del artista que se fue para levantar el vuelo en una carrera que no tenía, ni tiene, un futuro material y profesional dentro de la isla.
No la tiene.
Pero empecemos por el principio, que es el regreso. ¿Por qué se regresa? ¿Adónde se regresa? Y ¿bajo qué condiciones se regresa?
Son preguntas que esos mismos artistas deberían responder con honradez, si aún la tienen. Ya sabemos que el bolsillo oportunista hace estragos en el sector artístico desde hace mucho tiempo en Cuba. Cantantes que viajan a Miami, dicen no ser políticos ni querer hablar de política, para regresar entonces y hablar en el regreso de política… y como cotorras.
O el reverso. Hacen una carrera, se ganan algunos dólares y retornan para poder vivir su libertad en Cuba. ¿Es que no la tuvieron cuando vivían en el extranjero? ¿O es que hablan de la libertad de comprarse una casa barata en Cuba, sin impuestos, intereses hipotecarios y un dólar multiplicado exponencialmente por el mercadeo inflacionario?
¡Libertades de bolsillos, que no de almas!
El último en la lista de los regresos es Pancho Céspedes. Ya se ha escrito mucho sobre el cuento, pero mañana será otro, cualquier otro. Y la polémica regresará olvidando siempre el mismo punto básico: ¿adónde se regresa?
Y ¿para qué?
Si la respuesta es para cantarle al que sería su público por excelencia, el argumento puede ser comprensible. Todos queremos que nuestro entorno nos reconozca como triunfadores, o que al menos conozcan qué hemos hecho en todo este tiempo lejos del lugar donde se nació, y nos vio crecer.
Entendible, ¿no es cierto?
El problema es que se regresa a la plaza, el teatro, el cabaret, el evento oficial que servirá de tablado al retorno. Todos ellos pertenecen a un solo dueño: el gobierno de Cuba.
Las plazas, los estadiums, los teatros y salas de conciertos, las plazas públicas – aun cuando supuestamente deben ser de todos, pero no lo son –, los museos, los salones de exposición, las pequeñas galerías de arte, las universidades, la radio, la televisión, los medios, la prensa, los eventos, concursos y festivales, todo donde un artista tiene que retornar para demostrar su arte tiene un único dueño, empleador ideológico que no admite ningún rasguño a su política “cultural” – llámese ideología.
Póngale DOR, Partido Comunista, Buro Político, Raúl Castro, el otro decrépito en un punto cero rodeado de moringa, póngale el nombre que quiera. Todo eso tiene ese dueño que o castiga con el silencio, o con la puerta cerrada o con la simple advertencia del verdugo.
No se hace política, dicen algunos. Vamos a cantarle al pueblo. ¿Dónde? En los lugares donde el dueño y empleador es el mismo: el régimen. Todo el dinero recaudado va a esas arcas, a ninguna otra. Y los que invitan, organizan y festejan tienen la misma agenda del gobierno. Responden a ella. Imponen las condiciones de esa elite de poder.
¿Es o no es así, Pancho Céspedes?
Nos guste, o disguste a unos, a otros, o a todos. Cuando se regresa no se retorna a Cuba. Se retorna a algún otro lugar en usufructo al que apodan Cuba. Se baja el cogote a ese dueño ideológico, del que se niega públicamente ser una perla privada del collar de la dama republicana, asida a la presidencia por 56 años. Aun cuando se cante en una plaza pública, donde no se recolecte ninguna entrada, ni se pase el sombrero socialista para ninguna obra igualitaria, se está asistiendo a un usufructo.
Al usufructo de Cuba, de su cultura, de sus artistas y su arte, del futuro del país, del alma libre de cada ciudadano con decoro, y en nombre del verdadero dueño que no es el pueblo. Ese sujeto de que hablaba Pancho, o algún otro, el de mañana o pasado. El próximo que retorne y se desate esta, la misma polémica de siempre.
¿Cuántas veces más la vamos a replicar?
Las condiciones pueden ser más o menos onerosas. El régimen  sabe siempre hilar astutamente su viejo collar. Atando algunos con un nudo más suelto, exigiéndoles más cordel a otros. Cosiéndole la palabra a todos.
El para qué se regresa entonces es irrelevante. Muchos de estos que retornan lo hacen para vivir una vida fácil. No hicieron la zafra de dólares adonde se marcharon. No brillaron “las estrellas” en el cielo musical. Recolectaron unos cuantos billetes y regresan para consumirlos con gotero socialista.
Bolsillo oportunista capitalista en pantalón cubano socialista. ¿No es así, Descemer?
A tomarse el jugo multiplicado, cantar la chambelona socialista y regresar a recolectar algún jueves en cualquier otro club generoso de Miami, donde se declarará “artista” y no un político, y pedirá respeto a sus opiniones, libertad de palabra y pensamiento. Nada de lo que se arriesga a pedir en Cuba. Olvidándose, por cierto, de que la palabra libertad es esencialmente de raigambre política.
Quizás ese día en la clase estaban chupándose la chambelona, o algo así.
El hombre nuevo que formó la Cuba castrista es un oportunista en esencia. Utiliza la palabra como artículo de venta y compra. La coherencia es una prenda de vestir utilitaria, fácilmente desprendible. Un calzoncillo que se puede ensuciar y arrojar a la basura capitalista. Después de todo, se goza de bolsillos cosmopolitas, jugosamente dolarizados. Ah, y la muy criolla honradez es un producto desechable.
Jineterismo cultural de trópico.
Yo siento mucho no poder comprender ese espécimen. Me eduqué en un núcleo familiar donde mis abuelos hacían culto a la honradez, y a la decencia. A la coherencia de vivir pobre, sí, pero con la frente alta, sin tener que esconder los ojos ante la pregunta difícil. Sin tener que ir a pedir perdón a Dios por la palabra hipócrita, la mentira condescendiente, y el engaño oportunista.
Todos estos que regresan lo hacen por todo eso. Unos para subsistir de un bolsillo capitalista en propiedad ajena. Otros porque no han podido ser mucho más de lo que fueron en Cuba, quizás mucho menos. Todos porque sencillamente nunca han sido honestos ni con ellos mismos. No saben qué quieren hacer con sus vidas, qué lograr, qué principios defender, qué espiritualidad cultivar, con qué valores realmente culturales vivir.
Lin Yutang dijo que “el hombre superior ama su alma, el hombre inferior ama su propiedad”.
Estos ya no tienen alma, pero tampoco les queda ninguna propiedad. Viven sencillamente en usufructo sus vidas.
Pobres almas. ¡Nunca fueron libres!

Sunday, September 14, 2014

Lecciones de la Iglesia de Europa del Este para Cuba

En los 56 años de dictadura cubana muchos analistas, periodistas, escritores, católicos, no creyentes pero sostenedores de la libertad de credos y personalidades de la cultura, cubanos y no cubanos, se han cuestionado el papel de la Iglesia Católica en Cuba. Los ecos de esos cuestionamientos surgen hoy, más que nunca, ante el rol tan esencialmente controversial ejercido por su primado en Cuba: el Cardenal Jaime Ortega.
Y es que, en principios, la religión y sus instituciones, especialmente la Iglesia Católica, enfrentaron los mismos retos de sus correligionarios en Europa del Este, después de la caída de Hitler y la ocupación de sus territorios por las tropas soviéticas, con el establecimiento artificial de los regímenes pro-estalinistas en la región.
Entonces, el clero se enfrentó a las circunstancias de que la religión tenía que funcionar dentro de un sistema político que lo describía como su mayor enemigo. Algunos pensaron que cierto grado de cooperación e, incluso, colaboración, con el comunismo sería su única opción de supervivencia. Otros los enfrentaron con estoicismo.
La historia de esas dos tendencias es ejemplarmente descrita en la actitud de los Cardenales Mindszenty y Wyszynski, de Hungría y Polonia respectivamente. Mientras el húngaro Mindszenty eligió el camino de la disensión abierta en contra del comunismo, de manera directa y política,  Wyszynski optó por llegar a acuerdos con el poder pro soviético y estalinista.
Mindszenty no se anduvo con rodeos y no transigió ni negoció su palabra y su libertad personal ante Dios. Respondió a todos los ataques contra la Iglesia con duros contraataques, y no se mostró dispuesto a firmar ningún acuerdo con el poder hasta que el régimen restableciera las libertades religiosas, de congregación y de fe, todas las libertades personales. Fue encarcelado, torturado y permaneció en prisión hasta mucho después de la muerte de Stalin.
Wyszynski, en cambio, escogió otra clase de táctica. Se sintió más inclinado a llegar a acuerdos, a negociar con flexibilidad la existencia de cierta libertad espiritual y religiosa en la naciente Polonia pro-soviética. Se abstuvo de dar sermones encendidos y criticar públicamente al régimen. Prefirió protestar entre bastidores. Amargamente, en sus memorias, se lamentó de que los polacos no comprendieran sus tácticas. Llego a intentar identificar algunos puntos de acuerdos con la ideología comunista, señalando la defensa tradicional de la Iglesia de la justicia social, por ejemplo. La Iglesia llegó, incluso, a comprometerse en no apoyar a ningún grupo disidente ni de oposición al régimen, y así firmó un acuerdo en 1950 que obligaba a los líderes religiosos polacos a decir al pueblo que su trabajo era pastoral, y que debería fomentar el respeto por las leyes y prerrogativas del estado.
Todos estos hechos, por cierto, son sospechosamente posibles de haber sido seguidos por la actual jerarquía católica cubana.
El polaco luchó por encontrar tiempo para la Iglesia polaca y reconstruirla, ya que fue terriblemente devastada en ese país durante la guerra por ambos bandos en litigio, y su obsesión, que lo expresó en sus memorias, era evitar la devastación que había sufrido la iglesia ortodoxa rusa durante la revolución comunista en aquel país. Al final, Wyszynski también sufrió cárcel.
Las dos posturas dieron lugar a resultados muy diferentes.
Mindszenty tuvo el mérito histórico y el valor personal de su claridad en el enfrentamiento, y fue admirado por su insistencia en la verdad. Su franqueza lo convirtió en un símbolo de lucha contra el comunismo en la Europa pro-soviética. Pero no evitó que la Iglesia húngara sufriera represión.
Wyszynski tuvo el “mérito” de la flexibilidad que persiguió evitar la confrontación, evitar que los sacerdotes entraran en la cárcel, y mantener las instituciones católicas abiertas, lo más que pudieran estarlo. Su actitud no tenía la claridad moral del húngaro, ni tampoco la misma capacidad de inspiración, y sus sermones frustraban a los fieles por su ambigüedad y silencios. Sin embargo, para ser justos, esto ayudó a que fuera arrestado mucho mas tarde que el húngaro, y que la Iglesia polaca atravesara el período estalinista indemne, al menos en comparación con los otros territorios invadidos por los rusos.
Las dos tácticas en Cuba
Casi podemos delinear las dos líneas tácticas en Cuba. El período de enfrentamiento frontal desde el inicio de los 60 y llegando a su etapa final con la expulsión de los sacerdotes y monjas extranjeros, fundamentalmente canadienses y españoles en los 70. Hasta la famosa Carta Pastoral de la Iglesia Católica cubana de 1991: “El Amor todo lo Espera”.
Los cubanos conocemos los resultados. Los ataques frontales en la prensa, por miembros de la claque periodística oficial en Granma y el resto de las fotocopias de prensa. Los ataques “de costado” por confesos católicos, como Cintio Vitier, que hacían más daño por su posición oportunista. Las evidentes presiones al Arzobispo de La Habana, Jaime Ortega y Alamino, por la redacción de aquella carta, realmente inspirada por el Arzobispo de Santiago, Pedro Meurice, quien fue el lanzador designado para hablar en Santiago durante la visita papal de su Santidad Juan Pablo II en 1998.
Podemos casi aventurarnos a delinear las dos actitudes. Mindszenty en Monsenor Pedro Meurice y Wyszynski en la piel de Jaime Ortega.
El retiro de Monseñor Meurice marcó, definitivamente, la declinación del enfrentamiento directo, y el establecimiento de un acuerdo de colaboración entre las autoridades comunistas y la alta jerarquía católica, encabezada por Jaime Ortega, ya entonces Cardenal. Sin lugar a dudas, la Carta Pastoral del 91 le abrió las puertas cardenalicias a Ortega, mientras que el retiro y posterior fallecimiento de Monseñor Meurice abrieron el camino a las tácticas conciliatorias y colaboracionistas del Cardenal.
Esa colaboración silenciosa “ayudó” a la excarcelación de decenas de presos políticos, en realidad expulsión sumarísima hacia España, algunos de ellos miembros de la famosa “Primavera Negra” del 2003, otros con un pasado más controversial, algunos cuestionados por no ser evidentemente presos de conciencia. La colaboración cardenalicia les abrió las puertas aduanales para su expulsión de Cuba. Fue así de sencillo.
Pero esa misma colaboración le permitió sacar los símbolos religiosos a las calles, enclaustrados por decenas de años en los muros eclesiales. Salidas controladas y seguidas muy de cerca por la policía política. Muchos en Cuba sospechan que quienes “sostienen” la Virgen en los eventos públicos son miembros o colaboradores de la G2, es casi un hecho.
Hoy la “Táctica Wyszynski” arroja la construcción del primer templo católico en la Cuba castrista, el acceso parcial a los órganos de prensa oficiales, la celebración más reposada de los eventos religiosos en el país, la presencia masiva del cubano en los precintos religiosos, especialmente en las celebraciones especiales de la Iglesia. Pero también se percibe la colaboración con cierres de publicaciones que apoyan la disidencia u ofrecen una ventana de opinión más liberal. Cambios en plantillas de colaboradores y de dirección en órganos públicos de la Iglesia Católica, que significaban la presencia de “opositores leales”. Algunos ven en este resurgimiento de la ortodoxia pro-régimen, la mano del Cardenal Ortega.
¿Es así?
Hay que decir, además, que el comienzo de la masividad a los templos católicos comenzó con aquella carta maldita de 1991. Es decir, fruto del “estilo Mindszenty”. “El Amor Todo lo Espera” abrió las puertas de los templos al cubano, les hizo regresar, les dio esperanza de que el clero tenia la voz del pueblo. Hoy algunos grupos disidentes denuncian el colaboracionismo de las instancias eclesiales católicas con el régimen, su hipocresía. El Cardenal, esperando ya su retiro, también ha estado teniendo una muy sospechosa presencia en la prensa oficial, con entrevistas y palabras con un muy marcado “estilo Wyszynski”, corrigiendo pasados controversiales que el régimen quiere re-escribir, como el bochornoso capítulo de la UMAP. De esto ya escribí en otro post.
La Iglesia en Cuba ha tenido dos etapas fundamentales, las mismas que tuvo la Iglesia en la Europa del Este. No se sabe qué es lo que deparará el futuro para esta institución en Cuba. El retiro de Ortega es una pregunta que debe ser contestada por la propia institución. La continuación del colaboracionismo también tiene que ser re-definido por el Vaticano, quien en recientes días ha publicado una carta de su Santidad el Papa Francisco a los cubanos.
¿Qué ocurrirá en Cuba después del Cardenal?
¿Tendremos una continuación de las “Tácticas Wyszynski”?
¿Retornará el “estilo Mindszenty” de la Carta Pastoral de 1991?
¿Tendremos a un nuevo Monseñor Pedro Meurice que le hale las barbas canijas y el bigotito hitleriano a los hermanos Castro?
Sólo hemos encontrado una respuesta clara en las palabras del arzobispo Bruno Musaró, nuncio apostólico del Vaticano en La Habana, pero no es cubano. La Iglesia cubana sigue estando muda, y las “Tácticas Wyszynski” siguen, al parecer, en la agenda del clero de la isla, aunque en Miami alguno se aventure a decir algo más.
Nada está claro.
Sin embargo, Cuba hoy no es la Europa del Este del período estalinista, y la Iglesia debería recuperar su moral con claridad y dirección, dejar la hipocresía y el colaboracionismo. La dialéctica no es un concepto marxista, ni mucho menos, y creo debería ejecutarse un cambio de timón, y exigirle al Cardenal Ortega que acabe de callarse y se retire definitivamente de la escenografía social de Cuba.
Es mi opinión. Las respuestas a las preguntas deben darla los Obispos a su Pueblo.

Saturday, September 13, 2014

En Bicicleta con Jack Layton

Se puede conocer cómo es una sociedad por la forma en que trata a sus líderes, ciudadanos ilustres, políticos y personalidades locales después de muertos. Un país joven como Canadá, por ejemplo,  todavía mantiene la suficiente frescura como para “recordar” a Jack Layton, el reciente fallecido líder del NDP (New Democratic Party), en un rincón concurrido de Toronto frente a las aguas del lago Ontario, cuando el veraneante local, el turista o el simple ciudadano van en camino, o regresan, del parque natural en las islas, frente al contorno líquido de la ciudad.
A pocos pasos, en una encrucijada donde se tropiezan nuestros pasos, encontramos al conocido Jack “montando bicicleta”… con cualquier ciudadano que pasa. Para tomarse una foto, o para divertirse un poco a costa del líder de bronce.
No dudo que alguno desconozca quién es, y lo pregunten. O que lo conozcan y por eso se saca la foto. Pero es la forma desenfadada, casi “normal”, que lo hace sentirse a la altura de ese joven que toma la foto, o del muchacho con las gafas de sol que regresa de disfrutar una jornada en las islas, la que atrapa mi curiosidad y hace que resguarde el recuerdo.
Líderes políticos recordados a la altura del ciudadano común, es el pensamiento que salta a mi mente. Puede parecer trivial, casi sin ninguna importancia para cualquier otro, pero para el cubano hastiado de la pomposidad socialista de la Cuba oficial,  tropezarse con “Jack Layton en bicicleta” es un acto de desintoxicación castrista.
El castrismo no originó la pomposidad a líderes y “héroes”, la reinventó, y la multiplicó en plazas con monstruosidades en piedra y metal, que sólo alcanzan su objeto de uso una vez al año, quizás para el ritual del 1ro de Mayo, o algún acto de la tramoya oficialista, donde la cualquier cosa está presente menos la voluntad individual ciudadana. El resto de los 364 días, los monstruos de piedra descansan el sueño del olvido, en plazas oscuras, abandonadas, sin ninguna vegetación que las resguarde del sol, el calor y la angustia. Erigidas en las afueras de ciudades y pueblos, estas plazas son los dinosaurios ideológicos que son reclamados alguna vez, para después morir apagadas tras las luces del concierto.
Hasta al Martí lo han dejado allí, cabizbajo, vigilando con la pesadumbre de su existencia de piedra inútil, rodeado de gorros frigios clavados en los altos de aquella plaza de infortunio. Adivino que si Dios le otorgara la voluntad de la sobrevida, el apóstol preferiría la bicicleta de Layton, o los espejuelos – al menos – de John Lennon en el otro parque del vedado habanero, para ser “recordado” si mereciera.
Pero ahí está, con los ojos huecos clavados cada Mayo, viendo pasar obreros sin derechos, levantando banderitas para saludar pompas socialistas de tiranos. Concierto de seres mudos. Rodeado de guardias pretorianos, ojos atentos a quien toma fotos y se acerca demasiado.
Terminado el evento, despejado el desfile numeral, la plaza se apresura a ser el desierto que es sólo interrumpido por el turista ocasional, tomando desde lejos la foto del monstruo en piedra.
Quizás Cuba ya sea un país viejo, o quizás Canadá aún siga siendo demasiado joven para levantar líderes de piedra, pero prefiero pensar que esta forma desenfadada tiene que ver con el mismo estilo de gobernar, y ser cuestionado. De tener que enfrentar el acoso de la prensa, periodistas y populacho a cada rato. Los políticos tienen que bajar de la piedra y subirse al estrado a pelear sus opiniones y sus derechos cada día, cada jornada, cada sesión parlamentaria.
Cuando se pasa demasiado tiempo en oficinas refrigeradas, haciendo la propia voluntad sin posibilidad de ser levantado del sillón ministerial, se termina convertido en piedras sobre cimientos de mármol, levantados sobre los hombros de los millones que pasan sin conocer siquiera qué pensamientos albergan esas cabezas de piedra.
Al menos Jack Layton sirve, desde su bicicleta, para que este joven sonría a alguna cámara, y quizás también se burle de haber quedado para estar sentado en ese rincón de Toronto.
En La Habana, quizás Layton hubiera terminado sentado en la muy conocida limosina Mercedes Benz que algún decrepito en jefe sigue teniendo a sus órdenes, en algún lugar rodeado de guardias de cemento.

Wednesday, September 10, 2014

Los temblores paleolíticos de Aixa Hevia

Me levanto temprano, y mientras preparo un buen café, enciendo la televisión en el canal 24, CP24, un canal de noticias las 24 horas. Entre titulares, la información oportuna sobre las condiciones de nuestras autopistas, el reporte inicial de cómo está el tiempo, los accidentes ocurridos en la noche, alguna información de la policía o de un reportero en la calle sobre un hecho criminal, las condiciones meteorológicas ampliadas en la voz de un joven simpático, Bill Coulter, especialista en meteorología del canal, que a continuación se une al conductor del programa y conversan sobre los "trendings topics" en Twitter, o las últimas informaciones sobre el TIFF (Festival Internacional de Cine de Toronto), para dar paso después a otro joven con los videos que se han convertido en virales en internet y en las redes. Es así como comienza el día.

La información temprana es como un “Buenos Días” al inicio de la jornada.
Los grandes diarios, los más importantes canales de noticias, las revistas y periódicos más importantes han incluido el "periodismo ciudadano" en sus cuerpos informativos. Hoy es usual que hasta la misma policía solicite ayuda al ciudadano común, informe vía Twitter, o que un canal especializado como el de "Environment Canada" (Meteorológico) le pida a su audiencia que comparta las fotos sobre la última tormenta, o los efectos de algún tornado. CP24 usualmente comparte fotos que han sido captadas por un ciudadano común y enviadas a su cuenta en Twitter o Facebook.
Años atrás se cuestionaba que lugar tendría la prensa “profesional”, el periódico, revistas y canales de noticias ante la avalancha de esto que hoy ya llamamos "periodismo ciudadano". La respuesta está ahí, cuando doy click al telemando y el joven, o la joven, del noticiario muestra aquella foto compartida en las redes, o el video registrado por un ciudadano común con su celular.
Lo que entonces se pensaba iba a ser un factor en la pérdida de la audiencia, o la lectura de un periódico, ha ayudado al periodismo a ser más ágil, a convertir al profesional de la información en lo que verdaderamente debe ser: un profesional en el análisis de la información o de su seguimiento. El “periodismo ciudadano” no pone en peligro la labor profesional del periodista, la complementa.
Así lo es en una sociedad abierta como Canadá. Pero no lo es en una sociedad enclaustrada en el paleolítico de la información como es el caso de Cuba.
Allí tenemos a periodistas neandertales al estilo de Aixa Hevia, nada menos que Vicepresidente de la UPEC, que se aterroriza de la acción de un ciudadano al compartir una foto que tomó de un accidente. Que clama por el eufemismo "solidario" del cubano para, acto siguiente, atacar a la víctima del accidente ferroviario donde murió por no oír los "aterradores silbatos" de la locomotora... porque estaba oyendo música, según la funcionaria.
Dice Aixa Hevia en medio de su histeria:
En medio de tan fatídico hecho, aparecieron personas con celulares para fotografiar y filmar los destrozos, y luego mostrar sin escrúpulos en otros dispositivos o hasta circular por las redes sociales
“Aparecieron Personas”. No, Aixa, las personas estaban allí y sencillamente tomaron las fotos. Es un hecho cotidiano que ocurre en una sociedad común. No hay ningún morbo, ni nada por qué alterarse de los nervios y gritar, en el colmo del histerismo, de que existan personas “tan crueles” que quieran “exhibir” el suceso. El “suceso” es una noticia, ¿o es que Ud. cambió ahora la profesión y el contenido de la profesión que la hace Vice Presidenta de un organismo de prensa?
Aunque me imagino que en una sociedad como la cubana, la noticia no es la que ocurre, sino la que hace que ocurran… en los periódicos oficiales. Mientras, no existe.
Curiosamente la información aparece de costado con la critica desesperada de esta "profesional de la información" días después de que sucediera y la prensa cubana, la oficial, no fuera capaz de publicar el accidente en tiempo. La reacción crítica-información-petición-de-ajuste-de-cuentas es esta histérica facundia en contra de los que sí lo hicieron por los medios informales.
¿Cuáles son los temores de esta oficial del periodismo?
¿Le teme a la información, a la publicación de la información o a la pérdida del control de la información?
La histeria de Aixa la lleva al punto de sugerir que la Asamblea Nacional, esa suerte de Mono Parlamento donde se aprueba todo y no se discute nada, "discuta" _ léase, apruebe _ una ley que prohíba el uso de los celulares en casos como el infortunado accidente donde falleció la adolescente de 15 años. La pregunta, sin embargo, es ¿lo hace con ese “sano propósito”? ¿Lo hace ella misma o sencillamente es el instrumento seleccionado por el DOR para darle la oportuna publicidad al próximo instrumento censor? ¿Es este el primer paso para incluir un instrumento legal por donde inculpar a la disidencia y periodistas independientes que usan este medio para denunciar las violaciones de los Derechos Humanos en Cuba?
Nadie me puede hablar aquí de casualidad. “La casualidad en Cuba era verde y se la comió un chivo”, como dice el dicho popular.
En Cuba tenemos causalidades, el uso del fatal accidente como pretexto a una ley mordaza para los celulares, las casualidades hace mucho tiempo dejaron de existir en el monopolio estatal de la información. Aixa Hevia conoce muy bien esa parte.
Los temores de Aixa Hevia son los temores de la jerarquía burocrática de la ideología en el poder: el empoderamiento del ciudadano común. Que el cubano deje de ser4 el figurín, el peón de ajedrez de su tablero.
Los “aterradores silbatos” de la locomotora pueden que, desgraciadamente, la joven no los haya podido escuchar. Pero lo que sí han oído con mucha claridad, y con mucho miedo, Aixa Hevia y comparsa superior son los silbatos de la locomotora ciudadana, esa que sale a conseguir el pan con un celular, que compra el aceite sin la "jabita" que tanto enfada Randy Alonso, otro miembro de la misma claque, y empuñe el teléfono inteligente como el arma tecnológica para mostrar el lado de la Cuba que los “Aixa Hevias’s Co.” no quieren que circulen por el mapa de internet.
A diferencia del periodismo contemporáneo donde el ciudadano es el sujeto activo de la noticia, los “periodistas” cubanos en la escritura de la Vice Presidenta del órgano oficial de la profesión, único permitido y legal por el gobierno de La Habana, quiere al objeto de la prensa (el cubano común) atado por el ojo a las letras impresas, al estribillo revisionista del Departamento Ideológico del único partido gobernante. No quieren fotos que no estén pasadas por la censura. No quieren la presencia imprescindible de la sociedad civil. El cubano tiene que ser ese pionerito atento a lo que dicen algunos labios, unos pocos. Sólo uno.
¿Dónde están entonces las cacareadas aperturas informativas del Vicepresidente de Cuba, Díaz-Canel?
Toda esta histeria mediática me hace esperar, y con mucha prontitud, que tendremos en lo mediato una ley de censura ya escrita y consultada en “las alturas”. En la gaveta para la próxima reunioncita mono-parlamentaria.
“Cuando el rio suena…” a través de personajillos prescindibles como Aixa Hevia “es porque piedras trae”.