Sunday, August 21, 2016

Yo no soy exCubano

Hay una raza vil de hombres tenaces de sí propios inflados, y hechos todos, todos del pelo al pie, de garra y diente; y hay otros, como flor, que al viento exhalan en el amor del hombre su perfume. Como en el bosque hay tórtolas y fieras y plantas insectívoras y pura sensitiva y clavel en los jardines. De alma de hombres los unos se alimentan: los otros sus almas dan a que se nutran y perfumen sus dientes los glotones.
No puedo reclamar estas palabras. Quisiera hacerlo. Quisiera haber sido el hacedor de esos fieros versos y tener la memoria de haberlos escrito. Tienen la letra de fuego de alguien que me hicieron admirar, con fervoroso fuego, mis padres, mis buenos maestros, los buenos, los que aún tenían memoria y la veneraban con su honradez, y preservaban la palabra, los versos sin tintes políticos, sin trincheras ideológicas, sin acentos de oportunidad.
Son versos del Apóstol. ¿Acaso tengo que decirlo? ¿No lo conocemos todos? ¿Tengo que recordar su nombre y no tener que nombrarle aquí, decirle Apóstol?
Alguna vez hasta quisieron desaparecer esa palabra, los que no profesan nada más que su catequismo de miedo.
Aun antes de irme de Cuba, aun antes de coger aquel avión, mirar desde la ventanilla redonda, como desde el ojo de Dios, el contorno terrestre de mi país alejarse en el horizonte, sabía que mi país se esfumaba en la palabra, el intelecto y la espiritualidad de nuestros jóvenes. En Cuba ya no se habla de identidad, de patrimonio y desde mucho tiempo el vocablo «memoria» define un concepto diferente al que aprendí desde niño, entre los míos, y entre los maestros que hoy son también mi memoria.
En la redefinición oficial al sustantivo le acompaña un adverbio ideológico. Y el contorno desapareció el pasado para sustituir un patrimonio que no encontró un sustituto, que no halló el equivalente necesario para nuestra sobrevida espiritual. La joven generación no tiene espíritu. O, mejor, tiene el equivalente equívoco del vacío espiritual que le conformó el medio ambiente político en que creció, esa generación, y se convirtió en adultez, y se marchó a otros contornos geográficos.
Nada de eso sucedió en nuestro pasado. Nada de eso constituye la memoria histórica de nuestros héroes, apóstoles, guerreros. Martí desde sus primeros versos nos recordó que era «un hombre sincero de donde crece la palma».
Eran sus primeros versos. Después llegaron otros que inauguraron una época poética, no solo en Cuba, sino en nuestro contorno literario latinoamericano. En sus poemas libres nos recordó que «Cuba nos une en extranjero suelo, auras de Cuba nuestro amor desea: Cuba es tu corazón, Cuba es mi cielo, Cuba en tu libro mi palabra sea».
La primera agresión que sufrimos estos cincuenta años a nuestra memoria histórica la cometieron cuando trataron de dividir nuestra nacionalidad, cuando trataron de hacernos expatriados, excubanos, cuando trataron de transformar la cubanía en un istmo. Es el único patrimonio ideológico que ha preservado esa raza de enanos que nos han gobernado y destruido.
Nos convirtieron en «gusano» para de alguna manera cosmopolita asociarse con el nazismo. No éramos un pueblo de judíos, pero por magia ideológica nos reconvirtieron en aquel holocausto. Lo que sucede con nuestro patrimonio espiritual y cultural es la consecuencia de esa agresión, de ese exterminio.
Es por eso que cuando leí las palabras de Yasmani Copello no pude dejar de recordar en Twitter que estaba equivocado. Tengo que ofrecerle la débil excusa de ser él mismo la consecuencia orgánica de esa agresión a nuestro patrimonio espiritual común. Nos recuerda que su medalla no es de Cuba por las mismas razones que muchos cubanos hoy no reconocen sus símbolos patrios como un patrimonio aséptico a ideologías. Hay algunos que aun, precisamente por esas agresiones, nos despojan ya de esos símbolos. Me los han escrito en comentarios y tweets en mis años en las redes sociales. De esas redes proviene un muy saludable anticuerpo que ha ido creciendo, pobremente, lo admito, pero imprescindible, a los sórdidos comentarios de un libelo televisivo que conduce un miserable «que al buey sin pena imita».
¿Tengo que recordarte al Apóstol, Randy Alonso?
En «Yugo y Estrella» te retrata con letras de fuego: «Todo el que lleva luz se queda solo; pero el hombre que al buey sin pena imita, buey torna a ser, y en apagado bruto la escala universal de nuevo empieza.»
#YoNoSoyExCubano nació como reacción, como anticuerpo de algunos cubanos a las palabras soeces de esta «raza vil de hombres tenaces, de sí propios inflados, y hechos todos, todos del pelo al pie, de garra y diente». Las palabras inmundas de Alonso fueron defecadas contra el cubano Orlando Ortega, vallista cubano en el equipo español que le dio la medalla plateada a ese país en atletismo.
No ha sido la primera vez, no será la última. No es un desprecio, es el desecho espiritual de esta «raza vil de hombres». No vale la pena recordarle a Randy Alonso que Cuba es algo más intangible, algo más elevado y perdurable que una ideología, un proyecto político, el que fuere, que un partido, una agrupación senil de dictadores.
Cuba es algo intangible que escapa definición, trayectoria móvil, verso, palabra, categoría filosófica en gastadas enciclopedias de marxismo, objeto, sujeto, premonición, deseo. Aun cuando nos desprendamos, por indiferencia, maldad o ignorancia ese concepto humano permanece en nuestra sangre, atraviesa nuestros cuerpos, se convierte en hálito movible en nuestras venas, sobrevive en nuestros movimientos, palabras, pasiones, olores y desalientos. Somos el fruto de una cultura que desgarró con letras furiosas nuestro transcurso en la vida. Son huellas que ni el tiempo, ni los mortales despreciables gobernantes del miedo, ni secuaces petimetres, inquilinos de la usura, podrán desgarrar, borrar, desaparecer.
¡A todos nos pertenece!
No es una bandera, aunque sea un símbolo; no es un himno, aunque sean palabras de fuego; no es un pájaro cantor, un escudo, una palma, un color, letras escritas en verso en una canción, danza, sabores exóticos, esperma hirviente de nuestras entrañas.
Cuba está más allá de nuestras mismas manos y desengaños propios. Sobrevive porque no está anclada en filosofías, ni siquiera en versos, aun los más trascendentales y sublimes.
Nadie sabe lo que es. Ni Orlando Ortega, ni Yasmani Copello, ni el miserable espectro de Randy Alonso. No se hace imprescindible recordar que muchos Randys han poblado el istmo de Cuba en estos cincuenta años. Ninguno ha trascendido su estatura. Ninguno ha tenido memoria, ha sobrevivido su silencio y olvido. Pero de todo ese pasado, de esa memoria que han querido reescribir y rehacer, de nuevo Martí emerge, invencible, primer mártir de aquel holocausto, y nos habla desde lo profundo en su «Banquete de tiranos»:
 “Como en el bosque hay tórtolas y fieras
Y plantas insectívoras y pura
Sensitiva y clavel en los jardines.
De alma de hombres los unos se alimentan:
Los otros sus almas dan a que se nutran
Y perfumen sus dientes los glotones.”
Se me hace imprescindible volverlo a recordar.

Sunday, August 14, 2016

La sombra

No hay otro, es Borges en su plenitud. «El animal ha muerto o casi ha muerto; quedan el hombre y su alma». Con la punta borrosa del lápiz remata la redondez de la palabra, «humanos». Una redondez inhumana que remata con un punto final. Lo imagino humedeciendo la punta oscura de grafito en los labios secos. Los dedos largos, las uñas pulcramente ovaladas en un retoque casi femenino que recuerda la vejez. Vejez, memoria y silencio.
«Las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años, las esquinas pueden ser otras, no hay letras en las páginas de los libros». Borges se ríe de la sombra, desde la vejez. Su lápiz afilado no ha perdido su punta. Retrocede, pero es un viaje infantil al hombre que fue, entero. Es una reafirmación de sí mismo, no una pérdida. Atrás no ha manchado ningún papel, ha dejado notas regadas, pero no son poemas dolorosos a la vida de otros hombres. Se ha visto a sí mismo, no a los demás. A juzgado a su sombra, no a la de los otros. Ha llegado a su centro, a su álgebra, su clave, su espejo.
«Pronto sabré quién soy», presiente.
Pero el otro nació con la plenitud de su predestino. Predestinó su álgebra, su clave, su espejo. Se reconoció entonces superior, intentó serlo. Su vida ha sido la utopía de sí mismo frente a la desgracia del hombre pequeño. El  trayecto hasta la mortalidad ha sido el juego macabro de levantarse sobre los otros de ese intento.
Hoy las mujeres ya no le parecen lo que fueron hace tantos años. No reconoce las esquina. Las letras se le pierden en las páginas de los libros. Y en su desdicha parece querer reescribirlos otra ver. Reiventar su historia. Volverse a nacer en el Birán del padre, en la mirada huraña del jesuita, en el dedo inquisidor de Chivás, en la trágica soledad de los que le aplauden en el precipicio asfaltado de las plazas.
Es un hombre en la soledad y en su soledad. Sobre las cabezas oscuras de los que le atienden, se extiende desmesuradamente una sombra que nadie logra borrar. Esta allí, sobre todos. Es la guillotina silenciosa de Robespierre sobre las cabezas de generaciones enteras de cubanos.
Unos se marchan en balsa, otros atraviesan selvas, recorren caminos y pueblos, se marcha, vuelan, sucumben, pero sobrevive «la firme espada», «la luna» y «los actos de los muertos». Otros cierran sus puertas en La Habana, pero la sombra se escurre entre los visillos, el calor, las noches calientes de apagones.
«Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas», le increpa Borges con palabras y versos.
Quizo reescribirlo todo. Las comidas, las historias, las agrupaciones de los hombres, la sexualidad desinhibida de los adolescentes, las canciones, el hábito temprano del que cultiva su huerto, o el campo, los calderos de las madres, las modas tropicales, los perfumes, el aliento, las palabras. Nada escapó a la comedia nacional. Hasta la forma en que nuestras abuelas nos cocinaban nuestro arroz blanco sucumbió a sus dedos. Los trajes de los novios, la plancha necesaria en la casa, la forma destemplada de hacer el amor, la curva en que la pelota se lanza en el poblado estadio del pueblo.
Ni nosotros sobrevivimos a su infierno. Flota. Navega. Sobrevive naufragios, escapes, traiciones y vuelos.
Corren y saltan y golpean en Rio. La sombra aun se les inmiscuye en Miami cuando se acuestan a hacer el amor a cualquier encuentro fortuito. No nos libramos incluso de su nombre. Nos lo recuerdan dolorosamente cada vez que, sentado en su silla en algún punto cero, afila con su dentadura gastada el lápiz y apunta, mortíferamente, a nuestra memoria.
«Aún estoy aquí, todavía sobrevivo», parece decir.
«Esta penumbra es lenta y no duele; fluye por un manso declive y se parece a la eternidad.» Le presta Borges el verso.
Y es una eternidad.
Lo peor de la tragedia es que seguimos, indeleblemente, con el muerto cargado a nuestras espaldas. Somos el hombre con el ladrillo de Bretch, para mostrarle al mundo como es nuestra casa. No lo enterramos. No olvidamos la memoria. Traspasamos nuestras vidas a otras alfombras, otros pasos, otras cortinas y otro teatro. Pero él aún sigue allí, condenándonos.
No es una Némesis a nuestra memoria y sobrevida. La Némesis somos nosotros que la reeditamos. A pesar de que aquel nunca fue el hombre, y a pesar de Borges, y sus versos, y las palabras escritas en tantos diarios del mundo, careció de alma y nosotros arrastramos la sombra del que no fue y quiso serlo. No valen los noventa años. Ni las manos, las palabras, el libro, la punta aredondeada del lápiz, los dedos, las uñas, el destino insepulcrable de la sombra. Nada de eso existe sin nosotros, sin nuestra acción de renacerlo. Somos nosotros los que le agregamos vida, y edad, y memoria.
Bastaría hacerle silencio para verle morir, pero nos aferramos a la palabra que le sopla memoria, y edad, y sobrevida.
Hagámosle un favor al muerto, ofrezcámosle el silencio. Allí, al doblar las esquinas y para de encontrar las letras en los libros, sucumbirá, y lo que alguna vez pareció eternidad solo mostrará la mortalidad de un tiempo inexistente.
Porque la sombra solo existe si hacemos que sobreviva el hombre.

Friday, August 12, 2016

Trump y el problema cubano


He aquí el dilema fundacional y funcional del cubano. Y fíjense que digo fundacional y funcional. Desde el surgimiento de la lucha por la formación de nuestro país y nuestra nacionalidad hubo un grupo, creciente o decreciente en dependencia de la época y las circunstancias, que centró su búsqueda y su lucha en algún factor foráneo, muy fundamentalmente en las fuerzas políticas de los Estados Unidos, su interés de incorporar Cuba al grupo de territorios que compone hoy esa federación.
No sucedió, pero nunca el concepto y la estrategia política del cubano abandonó aquella intención originaria. Basta solo buscar ese rastro en la historia política y social de nuestro país para encontrarlo. Tal vez el símbolo más evidente y superficial pudiéramos hallarlo en nuestra propia bandera: creación de un anexionista, Narciso López, en lugar de la clara opción independentista que siempre significó Carlos Manuel de Céspedes. Pero esto es un accidente casi circunstancial, sin dejar de marcar su huella indeleble en el espíritu cubano de toda nuestra historia.
Tal vez y en ese sentido la peor tragedia sufrida por nuestro país como nación por ser y ser fue la muerte de Martí, porque perdimos al intelectual, político y poeta más cosmopolita de nuestra historia, sin constituir su independentismo una expresión estrecha de su cosmopolitismo, sino un nacionalismo de espíritu internacional. Su ausencia nos reconvirtió la isla que éramos en el promontorio y península que somos.
Cuando Fidel Castro tomó el poder en 1959, toda su retórica política fue reinterpretar aquel pensamiento nacional-internacionalista de Martí, despojarlo de su espíritu democrático y cosmopolita y atrincherarlo en la doctrina del nacionalismo más estrecho, de cuartel y trincheras, de barricadas y discursos. Desde entonces, y por más de 50 años, el régimen cubano nos ha vendido la imagen de un país independiente, nacionalista, aferrado intrínsecamente en las raíces de su cubanía.
No se entiende entonces por qué la nación escapa en vez de enclavarse en su geografía. No se explica por qué de desarrollar su economía a base de las fuerzas productivas cubanas, depende su existencia del vampirismo foráneo a sistemas, países, agrupaciones políticas y alianzas ideológicas.
El resultado ha sido no haber tenido una política exterior verdaderamente independiente en su historia. Hemos sido agregados de algún otro. Dependientes de la brújula de intereses políticos norteamericanos en la primera mitad del siglo XX, accesorio político de la expansión soviética en América en su segunda mitad. Hoy nadamos en el limbo. Seguimos teniendo el mismo parasitismo económico, y por ende político, de otros y no hacemos más que zozobrar en esta veleta de dependencia extranjera a la sobrevivencia económico-política. Somos el remanente raro de una época desaparecida, el parásito político en un mundo que se ha reestructurado ya muchas veces.
Y esta es nuestra segunda tragedia.
Al vampirismo político no sucumbe solo el castrismo, sino también el anticastrismo. Son páginas de un mismo libro. La primera oleada de la emigración política pos Castro le reclamó, desvergonzadamente, a las administraciones americanas que resolvieran lo que esencialmente era su problema: enfrentar la cosmopolitización soviética en Cuba.
Y así la segunda, y la tercera, y todas las otras llegando a la actual.
Si hoy queremos deshacernos de Castro y sus continuadores primero debemos de formar esa continuación. Tengo que hacer una no muy difícil confesión: causa lástima escuchar a la oposición cubana. Causa lástima ver la confrontación televisiva entre José Daniel Ferrer y el pederasta ideológico Edmundo García. Los argumentos del poliglota rancio del castrismo en Estados Unidos, fácilmente deconstructibles, se convierten en una muralla de barro, patéticamente indestructible, en las palabras de Ferrer. Es sencillamente patético.
Pero eso no es lo fundamental. Lo esencial en la confrontación entre Ferrer y García es que los dos demuestran a la saciedad lo que es evidente: no existe una alternativa al pensamiento y el accionar cubano más allá de la que representa el continuismo devastador del castrismo o la apelación a lo que ha sido la política del parasitismo al «buen vecino»: los Estados Unidos.
El anuncio de la nueva política de Obama hacia el régimen de Cuba me encontró entre los que la rechazaron y la atacaron con la dolorosa premonición de iba a ser un paso sin retorno. Han pasado dos años, Cuba no ha cambiado mucho y la vida sigue su curso en todos los sentidos, menos en uno. Los cubanos no hemos aprendido la más importante lección que la historia ha dado a todas las naciones del mundo: para sobrevivir, para constituirse en nación, cada país tiene que caminar sobre sus propios cimientos, sus ciudadanos tienen que construirlas por sí mismos y el apoyo extranjero solo puede medirse en solidaridad, pero nunca como un factor de cambio.
La realidad de la política norteamericana hacia Cuba es una: no puede ser cambiada por los sucesores de Obama, cualesquiera que sean, sin erosionar su propio prestigio internacional y su propio crédito político en el entorno mundial. Hay que ser realistas, la política de Obama llegó para quedarse y significa un verdadero cambio. La incoherencia en política se paga con aislamiento. La política americana hacia el régimen cubano nunca ha sido acompañada por ninguna de las otras naciones del primer mundo que, hay que decirlo, se apresuraron a ocupar el sitio que ocupó aquel en el nuestro país.
Hay que decir algo más. ¿Por qué tenemos que pedirle más a los Estados Unidos que a Europa? ¿Por qué ser demasiado benévolos con unos y demasiado estrictos con el otro?
Debo agregar algo más: La política de Obama  es la correcta.
Aceptando la existencia del enemigo en Cuba Obama retornó a los cubanos el lugar que le corresponde: luchar por su propio futuro, ser el actor fundamental del cambio y no su accesorio. Necesita, por supuesto, él o su sucesor, cambiar algo más: la ley que ampara el éxodo de cubanos, no por su extraterritorialidad, sino porque discrimina al resto de sus emigrantes en aquel país. Y también tienen que cambiar el embargo, ya no tiene sentido.
¿Se sorprenden que lo diga? Yo también me opuse al levantamiento de ese embargo, y con toda razón. Los que le condenaron porque no tenía ningún sentido siempre olvidaron que los que lo condenaron, y se apresuraron a comerciar con el régimen de Cuba, traicionando al aliado que les tendió una mano en el peor de sus momentos, demostraron que la negociación tampoco resolvía el problema cubano. Para ser honestos debemos decir que ninguna de las dos «soluciones» lo resuelve, por una razón: el cubano ha cedido su papel a algún otro, de ser actor se ha convertido en accesorio.
Y es aquí donde viene a llegar el dilema de las actuales elecciones en los Estados Unidos. Una agrupación cubana denominada «Foro por los Derechos y Libertades», formada por un grupo muy disímil, y debilitado, de agrupaciones opositoras – digámoslo de una vez, muy anémicas – ha lanzado una campaña a los dos más visibles candidatos a la presidencia de los Estados Unidos: Hillary Clinton y Donald Trump.
Como petición de solidaridad no es un mal gesto, pero desgraciadamente algunos de sus componentes hacen sospechar, con demasía, que el sentido del petitorio sigue el curso del dilema fundacional y funcional, como decía al inicio, de nuestra historia como nación: dependencia funcional del «buen vecino».
Es hora que acabemos de darnos cuenta que el defecto fundacional de nuestra misma historia como nación ha sido este dilema. Pre castrismo y pos castrismo, pro norteamericanismo y pro sovietismo. Y no es que eludamos la búsqueda de nuestros amigos en el campo más cercano a nuestras posiciones políticas, lo que no puede ocurrir es que estemos en nuestro petitorio a otros de lo que tenemos que hacer nosotros mismos, acudiendo a nuestros propios conciudadanos.
La política de Obama es correcta porque devuelve a los cubanos su protagonismo. Somos nosotros los que tenemos que hacer cambiar nuestra historia, y por tanto los componentes de este petitorio a los candidatos presidenciales norteamericanos es otro de nuestras mistificaciones políticas y nuestros errores funcionales.
Y ya que hablamos de los candidatos. Clinton fue factor fundamental para el cambio de política de Obama, lo dice en su libro y lo ha dicho públicamente en su candidatura, será su continuidad. En lo que respecta a Trump las aguas se enturbian en su totalidad.
Los cubanos que hoy sueñan, suspiran y se encaprichan con el candidato se equivocan por partida doble. Trump no cambiará nada si llega a la presidencia, y será un componente corruptor en su accionar con el régimen cubano. Ya lo ha sido. Antes que Obama cambiara la dirección de la política americana hacia Cuba, los representantes del magnate ya acudían a Cuba, silenciosamente, exploraban codiciosamente el terreno de su expansión. Cuba sería en una supuesta presidencia Trump la India o el Bangladesh de este petimetre. Y el gobierno cubano amablemente le concedería presencia y arrendamiento cómodo, como hoy se lo concede a los trabajadores indios en la expansión de los aeropuertos cubanos.
Para su país, aquellos que en Estados Unidos apoyan y siguen ciegamente al magnate de bienes raíces están colocando los cimientos suicidas del final del sueño americano. Y los cubanos que apuestan a la victoria de Trump están concediéndole el ticket barato al continuismo castrista. Seríamos la fábrica de corbatas Trump, la maquiladora de trajes, la industria local de muebles para los negocios trasatlánticos del errático candidato, la mano de obra barata, los 30 centavos de esclavitud, el tratado transpacífico del Caribe para el magnate, la Suiza tropical para la evasión de los impuestos de multimillonario Don.
Trump ha demostrado en demasía, en negocios y en política, que no le interesa nada más que su figura en el espejo, erigirse sobre los hombros del 99.99999% de los demás a quienes considera mediocres y a quienes ni considera más allá de la estatura de su propia existencia. Aquellos que lo apoyan no solo se colocan del lado de los que soportan la política más rapaz, sino que acompañarían mañana, con el aval galante del castrismo, en convertir a Cuba en el paraíso fiscal de la evasión de impuestos, gracias a las «superiores» dotes de negociador de este filibustero. Recabar su apoyo es apelar a la sumisión de la nación cubana a la presunción, la arrogancia y la ambición desmedida del más grande, peor y más errático representante de la dolarocracia norteamericana, aquella que nos veía como «una fruta», a madurar o a recoger podrida., que regala dinero para recabar favores, que no teme mentir para después aun volver a mentir bajo juramento para volver a mentir al decir que no mintió. Inescrupuloso, arrogante, corrupto hasta la médula de ignorar su propia corruptibilidad, cínico, mordaz, petulante. Como dice Andy Robinson, ahorrándonos, por supuesto, su pro-izquierdismo:
“Trump es la expresión máxima de la dolarocracia y, al mismo tiempo, la subvierte porque … él sabe perfectamente que el sistema es un sistema amañado y corrupto porque ha sido testigo y protagonista de esa corrupción” 
Para desgracia de Cuba y de los cubanos, el futuro no parece tener mucho cambio. No existe la figura del cambio, no existe la intención del cambio, no existe ni siquiera la comprensión de la necesidad del cambio. Y el dilema que se percibe no es ni siquiera un dilema, porque no existe el componente de oposición al continuismo, lo que existe es un doble-continuismo: del régimen y de la oposición.
Así el problema no reside ni siquiera en Trump, en Clinton o en Castro, el problema esencialmente es que aun, a estas alturas de nuestro siglo, Cuba se debate en  la disfuncionalidad de su existencia como nación.

Monday, August 8, 2016

El carácter en el espejo

El hombre en el espejo se mira, ensaya la mirada, el gesto, detalla el rictus de la boca, las líneas del cuello. Se arregla con esmero casi coqueto las lisas guedejas rubias. No le gusta la gomina porque puede reflejar, con ese oculto pudor que posee, que algo femenino esconde, algo que va más allá del muy caro traje azul, la corbata roja, larga, escrupulosamente larga, como el singular objeto fálico que intenta reafirmar, por sí mismo, una masculinidad sobredimensionada más allá de las pequeñas manos en el espejo, minúsculos testigos indiscretos de su estatura.
Todo se ha convertido en esta persona en el carácter que se refleja en el espejo. Hasta los sobredimensionados trajes caros murmuran una palabra del individuo que pretende ser y no es. Una o dos tallas más grandes, una o dos tallas que cuelgan para animar el personaje que quiso ser y no fue, y que se transfigura en esa imagen de ilusión en la superficie perlada que personaliza su reflejo.
En aquel la obscenidad se transforma en «el mejor temperamento»; la arrogancia, en distinción de realeza de príncipe elegido; la palabra, en elocuencia de inteligencia superior al humano medio; la histeria, en carisma; la blasfemia, en pudor; el odio, en pizca divina de elocuencia; el desprecio, en instante fugaz de divinidad; la pomposidad, en discreción de humanidad suprema.
No, no es un monstruo, es un príncipe, aclaman. La corrección es de mediocres, seres patéticos que retornan del paraíso para poblar la mediocridad. Los demás deben arrastrarla desde la estatura de cuerpo, él se levanta sobre aquellos, los hace sucumbir, los desprecia y dice adiós hasta la sombra que lo acompaña del otro lado del espejo, y allí despide hasta la última línea de decrepites que se descubre alrededor de sus propios ojos.
No sucumbe a la disculpa. No termina las oraciones en la palabra. No reconoce otra humanidad más allá de su imagen en aquel espejo. Nunca, ¡jamás!, ha habido un caso más evidente de discrepancia entre la capacidad y las exigencias de una imagen.
En su ático perlado, sobre la alturas mortales de 66 niveles humanos, el moderno Narciso sobrevive entre acentos dorados de 24 quilates que lo adornan todo: las lámparas dieciochescas, la porcelana de china, las bañeras de mármol, el techo abovedado de la sala de estar, pintado con un fresco de mortales jóvenes ligeras de ropa, las cucharas de plata, las figurinas de amanerados arabescos, las cortinas de seda, la larga y gruesa alfombra de Persia por la que los mortales visitantes de ocasión deben caminar en estériles botines de algodón, guardados primorosamente en un armario con perfiles de nacar y oro, primorosamente organizados por tamaño, color y sexo en el salón de entrada, debajo de un cuadro a estatura natural de esa imagen del espejo, al perfecto estilo de un decimonónico François Hyacinthe Rigaud.
El carácter en el espejo es todo presunción y petulancia. Perfección.
No busquéis la huella minúscula de racismo, la xenofobia estéril, la misoginia rampante, la grosería y el esperpento, tampoco el ridículo. Ni disculpas ni agradecimientos. En el espejo solo vive su carácter. Y allí, solo, en su propio mundo perlado, nadie más lo sobrevive.
¿Los demás? Los demás esperan ante el cuerpo material de su imagen. Aplauden cuando deben aplaudir; gritan cuando deben gritar; blasfeman cuando deben hacerlo; adoran cuando la sonrisa infalible del espejo contorsiona el gesto, lo torna hostil, hunde aquel dedo infalible en el espacio inmaterial y las rubias guedejas se levantan como rabiosas llamas en el infierno. Desde allí, otros son los diablos, otros los demonios, otros.
Es un monstruo, pero está ajeno a su propia verdad.
Es un ignorante, pero ignora su propia ignorancia.
Es un iletrado, pero los libros no tienen sobrevida en aquel espejo.
No tiene alma, pero se prescribe belleza.
Narciso también era bello. Tan bello y tan joven que las jóvenes, frescas y hermosas de todas latitudes, perseguían su belleza y se entregaban a aquel dios exuberante y perfecto. Pero él solo admiraba su imagen en la fuente donde iba a calmar la sed de caminante. Se enamoró de sí mismo. La imagen se inventó su propia imagen y recreó un mundo, para olvidar el otro. Desde entonces nada existió mas allá aquella realidad, su realidad.
Hoy vaga por algún lugar, trata de recuperar la corona para atrapar al príncipe que vive sin alma en el espejo.
¿Y los demás? ¿Aquellos que miran esta dramaturgia del hechizo?
¿Cuánta oportunidad se le debe dar a la ignorancia para comprender que es la ignorancia?
¿Cuánta oportunidad se le debe otorgar al ignorante para que comprenda que es un ignorante?
¿Cuánta oportunidad se le debe ofrecer a Narciso para que entienda de una vez, y por todas, de que esa imagen, aquella en la que se acicala las rubias guedejas, el rictus orgulloso de la frente y hasta la simulada sonrisa, es solo el reflejo de un carácter que no existe, un carácter en el espejo?
Hay una historia de Narciso contada por el poeta y escritor inglés Oscar Wilde. Se llama «The story of Narcissus», y en ella cuenta el escritor:
“Cuando murió Narciso las flores de los campos quedaron desoladas y solicitaron al río gotas de agua para llorarlo.
-¡Oh! -les respondió el río- aun cuando todas mis gotas de agua se convirtieran en lágrimas, no tendría suficientes para llorar yo mismo a Narciso: yo lo amaba.
-¡Oh! -prosiguieron las flores de los campos- ¿cómo no ibas a amar a Narciso? Era hermoso.
-¿Era hermoso? -preguntó el río.
-¿Y quién mejor que tú para saberlo? -dijeron las flores-. Todos los días se inclinaba sobre tu ribazo, contemplaba en tus aguas su belleza…
-Si yo lo amaba -respondió el río- es porque, cuando se inclinaba sobre mí y me miraba, veía yo en el espejo de sus ojos el reflejo de la belleza de mis aguas.”

Friday, August 5, 2016

Algunas consideraciones sobre la oposición cubana



Había decidido no escribir más sobre el tema. Voy a ir más allá de esta simple frase, casi había decidido no escribir más sobre Cuba. No voy a argumentar las razones, tal vez lo haga en algún otro post; tal vez no lo haga y se lo deje a la interpretación del que me lea. Sin embargo, no me gusta el silencio como respuesta porque, de alguna forma, también el silencio significa algo. Por lo que aquí estamos, enfrentando el dilema.
Un grupo de opositores en Cuba realiza una huelga de hambre, el más prominente entre ellos es Fariñas. El Premio Sajarov de Derechos Humanos del Parlamento Europeo realiza su protesta para que Raúl Castro se comprometa públicamente a detener la violencia, allanamientos y confiscaciones contra los opositores, lo cual es una práctica usual del castrismo desde que en 1959 él y su hermano llegaran al poder. El Premio Sajarov también expone entre sus razones el que cesen los abusos contra los cuentapropistas.
Ya sé, es una causa con elevados sacrificios personales, se expone la vida, y con un muy alto crédito moral y espiritual. Yo no subscribo las huelgas de hambre, ni aun cuando pueden llegar a ser ciertamente el factor primordial de algún cambio. Para mí la vida humana está muy por encima de los sacrificios y de las consecuencias de esos sacrificios como para avalar tales riesgos.
Las huelgas de hambre, además, son solo una herramienta útil cuando existe un acompañamiento mediático que impacte a la opinión pública, la opinión pública local, porque es allí donde interesa, y no en el Parlamento Europeo, en las conferencias de prensa que ofrece diariamente el vocero de la Casa Blanca, o las palabras de algún Premio Nobel de la Paz en la prensa internacional. Aun cuando el mundo entero grite, si esa huelga de hambre no conmociona Cuba, y al cubano, nada se habrá logrado.
Pero entiéndase bien, esto no es un artículo que trate de empequeñecer la acción de esos diez opositores en Cuba, ni tampoco de denostar el sacrificio de sus vidas, y mucho menos socavar el prestigio del Premio Sajarov otorgado a Fariñas por ese mismo motivo.
La pregunta central que debe primar aquí es, ¿se ha logrado algo alguna vez con las huelgas de hambre en Cuba? Y ha habido unas cuantas.
No, es la rotunda respuesta.
Más allá de esa respuesta y de los resultados que esas acciones han llevado en el pasado, lo que debe preocuparnos es la intención persistente de la oposición cubana de seguir centrada en su audiencia internacional cuando su imprescindible audiencia, la local, sigue aun ignorando de sus propósitos, su agenda, su proyecto social; cuando aún los cubanos de la isla siguen abandonando Cuba desconociendo, incluso, la existencia de estos grupos de opositores.
Ninguna huelga de hambre va a lograr nada mientras los opositores a Castro sigan centrando su atención en el público internacional, ignorando a su audiencia natural: Cuba.
La oposición cubana sigue obsesionada con su papel de vocero y no con su rol de fuerza impulsora del cambio. No existe, además, propósitos definidos. Hacer una huelga de hambre para que el régimen cambie su política represora es un sin-sentido. No lo van a hacer, porque no tienen esas acciones mayor impacto que el propio sacrificio de sus promotores.
¿Por qué la oposición sigue obsesionada con estos proyectos absurdos y no trata de acercarse a la juventud para que, en vez de irse del país como solución, trate de encontrarlos encausando su descontento en Cuba?
Represión. Silencio. Represión
Ese es el ciclo en el que vive la oposición en Cuba. La presencia de «Todos Marchamos» en un parque sombrío del Nuevo Vedado, adonde casi nadie acude ni para una discreta cita de enamorados, lejos del corazón de La Habana, de los lugares donde el cubano puede impactar con su sola presencia, es otro absurdo. Sacar un cartel allí, reunirse o acudir a una iglesia en aquel «vedado» de diplomáticos, oficiales del gobierno y del silencio capitalino, no agrega mucho a la agenda de los que intentan cambiar Cuba.
Nada cambiará por la acción de Fariñas, aunque tenga su acción una elevada carga moral, más allá de su prestigio como ser humano. ¿Se podrá entender eso de manera ecuánime, racional, sin que se piense en un descrédito a la figura del opositor?
Pero, bueno, tal vez yo estoy demasiado lejos, mi voz nadie va a oírla y los razonamientos no quieran escucharse. Hay un límite racional al sacrificio, pero eso no parece ser entendido por la oposición cubana. El corolario es: antes de salir a la calle, enfrentar una acción como las huelgas de hambre y ejercer una acción de masas, hay que capturar primero la voluntad popular.
¿Es que no se entiende este simple razonamiento?