Saturday, July 23, 2016

Diez años

La percepción de un país se puede conocer no por los que se quedan sino por los que se van. ¿Quiénes son? ¿Por qué lo hacen? ¿Qué porción de la población es la que se marcha? ¿Cuáles fueron las condicionantes que ejercieron presión para que decidieran irse?
La historia de los últimos sesenta años de Cuba puede escribirse por los que se fueron, mucho más que por los que se quedaron. Hoy tenemos un país que envejece, en todos los sentidos. En población, en estructuras sociales, en pensamientos.
La llamada «revolución cubana» surgió con el espíritu de la juventud, hoy envejece encayada en un país anciano, con dirigentes que no quieren comprender que el sentido de pertenencia a la nación desapareció, no existe, fue desgajado de su proyecto social. No quieren reconocer que su momento histórico finalizó y deben ceder a una nueva realidad; que las ideas que formaron aquel movimiento fueron trascendidas por realidades, circunstancias y procesos sociales naturales. Tenemos un país con un rostro diferente, con un espíritu distinto y con una población que ya no comparte sus fidelidades, pero que no cree que su futuro permanece ahí, entre los que no se quieren ir y establecen parámetros de conducta y de acción para su permanencia.
Diez años es tiempo suficiente para valorar un gobierno, sesenta para valorar una historia.
En un país democrático el fracaso de políticas, la bancarrota económica y la desilusión personal provoca la crisis de la bancada gobernante. En Cuba la crisis es endémica, las destituciones de ministros y de supuestos  líderes políticos esconden el fracaso de sus gobernantes. Y el fracaso de las estructuras de poder de provocar y generar el cambio demuestra que el país no funciona sobre un carril de democracia y comprensión social, sino sobre las ruedas del autoritarismo.
Pero eso es conocido. Los jóvenes se marchan porque, desde la comprensión de esta verdad política, aspiran a un futuro, y esconden entonces el apellido político a la crisis y a sus motivaciones. La economía define una política de gobierno, es la base estructural de cualquier sociedad. Lo reconoce hasta el mismo marxismo en sus fundamentales escritos viscerales. Pero en Cuba, y en sus gobernantes, el marxismo fue el fetiche de sus palabras pero no el de su accionar como entidad política. En Cuba, la economía se ajusta con el cinturón de fuerza de una ideología desbancada, fracasada de muchos años de historia. Los que permanecen no desean que las fuerzas económicas ejerzan su dominio natural porque significa el fin de sus privilegios, de su gobierno.
Pero esto también es conocido.
¿De qué sirve entonces destituir un Ministro de Cultura, y poner otro, sino para reescribir otra vez, como tantas, una mistificación política?
¿De qué sirve remplazar el Ministro de Educación y escribir otro nombre en su despacho?
¿De qué vale desplazar nombres, úcases políticos, apellidos en organizaciones que no ejercen sus principios?
La Unión Comunista de Jóvenes cambió un nombre, ¿Cuántas veces lo ha hecho? ¿Desde cuándo representa esa organización a sus afiliados que hoy se marchan por Ecuador, Colombia, Costa Rica, Panamá, México, que encayan en los cayos y las costas de Florida?
Los mercados vacios, un país cuya economía descansa en la superestructura ilegal de todo: mercado, relaciones mercantiles, productos, servicios, ofertas. A las casas de los ministros llegan esos mismos productos y también ellos mismos acuden a esos servicios. La ilegalidad es el recurso básico de vida del cubano, de todos. Gobernantes y gobernados, generales y doctores, ministros y defenestrados ¿Es simple hipocrecía o sentido visceral de supervivencia de un régimen anciano?
Nadie sabe. La mistificación es parte del fracaso de los gobiernos espurios. Napoleón terminó en Santa Elena, muerto por un cáncer de estómago o por dosis mortales de arsénico, ¡quién sabe!, porque quiso conquistar Europa. Dio el salto, intentó cambiar el destino de la humanidad cambiando su propio destino. Y fracasó. Eso transcurrió en quince años. Algo bueno quedó de todo aquello. La historia social de Europa, las instituciones legales del viejo continente sufrieron el cambio definitivo que los llevó a una estructura más democrática y moderna.
Nada de eso ha ocurrido en Cuba.
Los que gobiernan en aquel país quisieron cambiar su destino, para terminar cambiando el suyo propio, olvidándose del país. Las historias sociales siempre tienen un sello personal detrás de las tragedias de héroes, villanos y procesos. No han muerto de ni de cáncer ni de arsénico en Cuba; no llegaron a las puertas de moscu con bayonetas, sino con bolsillos vacios y la mano extendida. En cambio hacen fallecer a un pais, desaparecer a una generación, fracasar un empeño histórico.
No son diez años, son sesenta, pero esto también se mistifica en los titulares noticiosos, en los tributos en que la gran prensa pretende encerrar el destino de un país. Mientras, por aire, mar y tierra, una multitud se marcha, una generación sucumbe a su muerte. La consecuencia es esa huida, y sus causas no las soportan leyes externas, condicionamientos políticos ajenos, ni siquiera facilidades migratorias de pies húmedos y secos. Las causas están en el país que quiere seguir aislado, que permanece con los mismos gobernantes ejercitando su flecha, la de Robin Hood, mientras su hijo se escapa por Centroamérica.
Dejémonos de engaño, no son diez, son sesenta.

Monday, July 18, 2016

La soledad de los «corredores» de fondo

Tal vez haya sido una ironía literaria, o una pura casualidad del destino humano, lo cierto es que en 1959 Alan Sillitoe publicó un pequeño librito de relatos cortos titulado «La soledad del corredor de fondo» («The Loneliness of the Long-Distance Runner», en inglés). El relato que le da nombre a aquella pequeña obra maestra de la literatura inglesa cuenta la historia de Smith, un adolescente de una familia pobre cuya vida transcurre entre delitos menores, lo que lo sumerge inevitablemente en un centro correccional para niños y adolescentes. Allí Smith se convierte en un corredor de fondo como una forma de escape emocional y físico a su situación personal, y utiliza sus habilidades como atleta para representar al establecimiento correccional frente a una prestigiosa institución educacional pública, con la promesa que a su retorno podra realizar «trabajos ligeros».
Sin embargo, cuando el día de la carrera llega Smith se deja intencionalmente vencer, deteniéndose  deliberadamente unos pocos metros por debajo de la línea de meta. Allí, a la vista de todos los espectadores, que le gritan para que termine la carrera. Al perder deliberadamente la carrera, Smith demuestra su espíritu libre y su independencia. Sabe que a su regreso no tendrá lo «prometido», pero su espíritu permanece intocable, libre.
Irónicamente, en 1959 comenzó a funcionar, muy lejos de las islas británicas, en el Caribe, y también en una isla, un centro correccional para millones de cubanos. Muchos han logrado escapar; otros lo siguen haciendo. Algunos toman una lancha, una balsa, traspasan fronteras y recorren Centroamérica. Algunos mueren también en el intento. Y aquí lo vemos, un  grupo de cubanos que pudieran ser como Smith, representantes de ese correccional multitudinario de adultos, «engalanados» para representar a las autoridades correccionales de ese inmenso centro que es una isla frente a los equipos del deporte libre.
¿Alguno tendrá el valor, la integridad y el coraje de detener su carrera a pocos pasos de su meta, como simbolo de su espíritu libre y su independencia?
¿Alguno tendrá el valor de Smith?
¿Cuántos lo harán?
Mientras, no se me escapa la singularidad de ese uniforme que se asemeja tanto a los que, en determinadas épocas de la historia, han usado los reclusos de algunas partes.
Lo peor, lo más aborrecible, es el uso bochornoso de lo que es un símbolo patrio, la bandera cubana, en el vestuario bastardo de estos reclusos que parten de su correccional caribeño para volver a retornar después, sin haber tenido la estatura moral del «héroe» de Sillitoe, al mismo presidio isleño.

¡Patético!

Tuesday, April 5, 2016

La alcaldia por una balsa

El alcalde de la ciudad floridana de DeBary, Clint Johnson, anunció en marzo el plan de retornar de Cuba en una balsa, para así experimentar – según él – «lo que sienten los balseros cubanos» cuando hacen ese trayecto para llegar a los Estados Unidos. La Guardia Costera de ese país le ha hecho reiteradas advertencias, pero el hombre, aventurero como todo político, insiste en llevar a la práctica su «peregrinaje» a mediados de abril. Y así este fin de semana publicó unas fotos de su «entrenamiento» con el curioso artefacto que llama «balsa» en Intsagram.
«La práctica en el océano está completa… Cuba es lo próximo», comentó el astuto joven alcalde al publicar estas fotos.
Lo que no está claro es qué papel jugarán las autoridades cubanas con respecto «al plan balsa» de Johnson, si accederán a dejarlo entrar con «la miamense balsa» (muy diferente, por cierto, de las cubanas y criollísimas que nuestros conciudadanos se ateven a navegar); si, a la vez, luego de dejarlo entrar publicarán en el diario «Granma» la crónica amanuense de este individuo, o utilizarán la aventura del muy utilitario idiota para volver a recordar las «culpabilidades» del exilio, el gobierno norteamericano y los enemigos de Cuba.
La irresponsabilidad de este individuo no está en arriesgar su propia vida, que a fin de cuentas es su personal responsabilidad, sino de hacer una narración romántica de lo que es y ha sido, a lo largo de varios decenios,  verdaderamente una tragedia. Pero Miami, y los Estados Unidos en extensión, florecen de estas criaturas políticas.
Alguien, además, debería recordarle al señor Johnson que los cubanos que se han aventurado a cruzar ese estrecho tormentoso no tienen ni salvavidas, ni la tropa de periodistas que le hacen la crónica y lo fotografiarán en su decursar por las peligrosas aguas y probablemente le ayudarían en caso de enfrentar algún peligro, ni los recursos financieros y materiales de la muy vistoza balsa, como pueden ver en las fotos que publico, y mucho menos pueden estar fines de semanas en alta mar «entrenándose» para hacer el mediático cruce entre los dos paises.
Evidentemente, la pretendida aventura rosa de Clint Johnson tiene que ver mucho más con ganar mediática cobertura a su figura, tal vez con el futuro electoral muy cerca de sus costas, que con el pretendido afán de ganar experiencia en su papel de balsero neocubano. Lo mas bochornoso es que está haciendo de un verdadero drama social una novelada que muy bien pudiera tener un perfecto guión escrito en las oficinas cubanas del castrismo.
No, no estoy acusando a Johnson de ser espía o agente de Castro, pero su intención tiene todas las premisas perfectas para entregar, en las manos del aparato de propaganda del régimen, la cronica perfecta de cómo los mismos políticos norteamericanos utilizan a los cubanos como conejillos de india de sus propias ambiciones electorales.
En perfecto español, haciéndose el imbécil o practicando la imbecilidad política el señor Johnson le está entregando a las autoridades cubanas el ticket perfecto para abastecer de un mayor crédito a la maquinaria de engaño y descrédito del gobierno de Cuba.
Viendo a este individuo pienso que tal vez Henrich Heine tenía razón al decir que hay más tontos en el mundo que personas. Clint Johnson es uno de ellos.

Monday, March 28, 2016

El riesgo de un infarto

Tiene razón el portavoz de la Casa Blanca, Josh Earnest, cuando afirma que las «críticas» del dictador cubano Fidel Castro a la visita de Obama a Cuba, y a sus palabras al pueblo,  demuestran que las palabras del presidente norteamericano fueron efectivas y lograron un efecto en las autoridades del régimen de La Habana, y también en la población cubana, no cabe dudas. Si fue «el efecto previsto», como afirma el portavoz, yo no lo puedo asegurar, él sabrá mejor por su cercania al mandatario pero, apartándome de las respuestas que Earnest ofreció en su encuentro diario con la prensa, la lechuga propagandística del sátrapa hoy en «Granma» demuestra algunas cosas.
Primero, que le costó trabajo estructurar una respuesta argumentada. Necesitó una semana para poder superar el bloqueo de la rabia en su mente y lograr publicar algún escrito, medianamente organizado y coherente, lo que demuestra no solo el deterioro de sus condiciones intelectuales por la edad, sino también el deterioro de las argucias que él mismo usó por 56 años para acusar a otros de sus propias mediocridades. El tiempo lo cambia todo, ya no cuenta con la posibilidad de hablar sin demostrar que está demolido como persona y que ya a nadie le interesa su existencia, la escritura, además, le falla, aunque parece nunca faltarle su siempre constante histeria.
Segundo, y esto también tiene que ver con la demora en responder, que la rabia y la pataleta del dictador por no ser objeto, y sujeto, de la visita del presidente norteamericano lo tuvo sumido en una histeria anestesiada de siete días. No hay nada peor que el desprecio a la vanidad de un dictador, y el que el señor Barack Obama no haya ni considerado la posibilidad de la visita, aun al peso de no ser recibido en el aeropuerto por el otro dictador – esta es la causa de la que se especula por qué la miniatura bípeda no acudió a la terminal aérea de La Habana, para mostrar la mínima cortesía al visitante más importante que ha tenido Cuba en cinco décadas – hirió la más profunda sensibilidad del orgullo de Fidel Castro. La arrogancia no es el peor defecto que tienen los dictadores y las dictaduras, sino el sentido enorme del ridículo ante la modestia y la sencillez del hombre de verdadera inteligencia, dos de las partículas divinas de las que carece el individuo de «Punto Cero».
Puedo verlo, sentado frente al televisor, encogido, con la bilis subiéndole a espasmos hasta agriarle la boca, los labios secos, grises por la rabia, los dedos que pellizcan nerviosamente las guedejas secas blancas que se le desprenden del labio inferior, la boca abierta, la lengua seca, que agrieta los labios con la ansiedad y la ira, los ojos que parecen perderse en la pantalla, tratando de interpretar los gestos del Presidente Obama, a ratos halándose nerviosamente, de forma automática y rítmica, la esquina del labio, esperando oir mencionar al menos su nombre para descubrir, aun con más rabia y dolor, de que el ilustre visitante no tuvo ni la mas mínima intención de mencionarle.
No nos equivoquemos, el ladrillo de «Granma» es el resultado de una semana filípica para Fidel Castro. No hay ni que buscar mucho las razones, la presencia de Obama, su porte y coherencia y, sobre todo, la imagen proyectada en sus palabras, sus gestos y su elocuencia desmarcan quién era el presidente y quiénes eran los dictadores. Herida suficiente.
Hay que entenderlo. La prensa cubana, y especialmente estos ladrillos proféticos a los que hemos estado sometidos los cubanos por 56 años, hay que leerlos siempre entre líneas. Están nerviosos, y desesperados. El inquilino de «Punto Cero» estuvo al borde de la muerte, infarto de por medio. Es por eso que habla de que «los cubanos corrieron el riesgo de un infarto». Está hablando de sí mismo, acostumbrado a hablar en nombre de Cuba y tomarlo por el suyo propio.
¡Entiédalo de una vez! La única pena que tenemos los cubanos, señor Castro, es que ese riesgo de infarto no se haya traducido completamente en uno definitivo, para el bien de todos los cubanos que apludieron a Obama: 11 millones.

Sunday, March 27, 2016

Sanders y el Pajarito

Hay símbolos que lo dicen todo. Se llevan las palabras, se entumece y anestesia la memoria, convierten la metáfora en la perfecta adaptación de la poesía al arte metastásico de la política. Así, la imagen se convierte en el truco hábil del populismo. Se olvida el momento, lo que queda es el impacto indeleble de la circunstancias.
A Sanders le aterrizó, «accidentalmente», un pequeño pajarito  mientras hablaba, y las circusntancias fortuitas lo convirtieron en el alegre dispensador de cuanta tontería con que la mente ligera del americano bobo se le adormece, ensimismado en series de televisión anestésicas, en banalidades trucadas y en celebridades de aplausos fáciles. Fenomeno Kardashian
Para el público de ese país casi nunca existen referencias. Las deconocen, principalmente porque consumen la bagatela intelectual del presente y, con la ignorante arrogancia de creerse el ombligo intelectual del universo, desconocen la literatura de envergadura, la verdadera. Algunos hasta se creen el centro motor de la cultura mundial, del pensamiento político, de la avanzadilla de la inteligentsia, centro motor del intelecto, aun sin conocer quiénes son los padres de ese centro motor. Aplauden la política indigesta preparada por el sistema, y por el antisistema en plena campaña de reconvertiose en sistema. Y así, a ese pajarito de Sanders le ignoran su pasado de paloma en su reposo sobre la tribuna de otro populista del momento, Fidel Castro.
A veces la naturaleza provoca estos accidentes para señalar que las fortituidades no existen, tienen explicacion y prefacios históricos de tragedia, aveces muy cerca del lugar de los sucesos. Tal vez Spinoza tenga razón cuando en su libro «Etica demostrada según el orden geométrico» define la idea de que Dios es inmanente e idéntico a la naturaleza, El es la única sustancia del universo y todas las cosas existen en EL: «todas las cosas necesariamente proceden de, o siempre siguen [al poder infinito de Dios] por la misma necesidad».
Y la necesidad que Dios previó aquí fue la de señalar, con rápida inteligencia suprema, que el futuro o presente de Sanders se encuentra ya referenciado en el pasado absoluto de Castro – ya a aquel sujeto se le señaló su previa pre-existencia –, y este pequeño pajarito sea la minúscula particula de inmaterialidad de la paloma que se posó en la Colina de la Universidad de La Habana aquel día nefasto.
Paloma y Pajarito subscriben este lenguaje de Spinoza de premonición inmanente que existe en toda la materia de Dios en el Universo. Estamos bajo el mismo accidente, ergo, tendremos las mismas consecuencias.
América, no se sientan asombrados y muchos menos indiferentes a esta «casualidad» del Dios de Spinoza, es una Alerta no un Símbolo.

Saturday, March 26, 2016

Segunda Piel

Hay algo que no comprenden muchos, especialmente los que se arriman al ala izquierda de la política y no conocen al cubano, al hombre de verdadero espíritu cubano, a su idiosincracia de ser un pueblo que supera las desgracias, que las sobrepasa con su humor, que ha podido subsistir dentro de uno de los regímenes más asfixiantes porque tiene la capacidad infinita de sonreír, de degustar la música, de buscarla, de ofrecer la sonrisa a la desgracia, al abandono, a las carencias, que descubre la manera sutil de burlarse de las circunstancias, que hace de la broma y el desparpajo un medio de vida para sobrellevar las tragedias y carencias. Nosotros reímos mientras las lágrimas cuelgan desamparadas de nuestros ojos por la fuerza natural de la tragedia. Somos un pueblo tragicómico, que no soporta el llanto más allá del preámbulo de la risa.
Por encima del resto de toda América, no somos un pueblo que esconde sus sentimientos, y hablo de pueblo, no de país, porque a la nación algunos le han querido enganchar etiquetas, otorgarle sobrenombres, establecerle seculares protocolos. Por ese camino la nacionalidad cubana fue acercándose al teatro trágico de la antigua Grecia. Pero nunca llegó a ocurrir, ¡jamás!
Somos abiertos, espontáneos, buyangueros, bailadores empedernidos porque la sangre nos hace saltar en la cama y la cintura vuelve trepidante el ritmo cuando hacemos el amor bailando. Bailamos teniendo sexo y tenemos sexo en el baile, en la contorsión voluptuosa que produce la música cuando se nos introduce en el cuerpo, en el lenguaje, en el ritmo cadencioso de las palabras.
Tal vez Brasil sea el único país que se nos acerque y pueda comprendernos en la trepidante fiesta que es nuestra vida porque, aun no teniendo un plato de comida decente en la mesa, acudimos en masa a ver a los «Rolling Stones» y la felicidad entonces abarca esas dos horas, olvidándonos que, de regreso a casa, el refrigerador estará semivacio o con solo agua, el pan tengamos que comerlo con poca grasa, cueste encontrar una verdura o un buen solomillo para comer el domingo, sin olvidar que, posiblemente, hayamos tenido que ir a pie a ver a la banda de rock británica a la «Ciudad Deportiva», los que fueron a verla.
No se puede olvidar de que fueron, después de todo, 50 años de prohibición callada, silenciosa, que sigue en el ADN de la cultura socialista, pero que no ha podido imponerse porque nuestra idiosincracia hispanoafricana nos hizo gozadores y rientes, que cuando se apagaban los altavoces de las tribunas de consignas buscábamos la estación en el radio sovietico para escuchar a estos viejos, entonces jóvenes rebeldes, hoy casi achacosos, que aún siguen tocando de maravilla.
Ayer pudo perfectamente levantarse  John Lennon de su asiento en aquel parque del Vedado, inaugurada su figura de bronce por el mismo animal político que nunca tuvo el espíritu del cubano, que no entendió su ritmo, que desconoce aún su verdadera música, que nunca supo bailar ni contorsionarse en la cintura porque estuvo naufrago de su sangre inmóvil, demasiado española y miserable, demasiado enterrada en su arrogancia y en su importancia en el espejo.
No entienden, muchos no entienden como un pueblo puede aplaudir a América, sonreir a Obama, al americano que llega, recién estrenado después de cinco décadas, o calzar un «Adidas» y mover el trasero por las calles de La Habana mientras la bandera americana se contonea en el bolsillo izquierdo de su vaquero. Algunos están tan enterrados en sus ideologías y frases y consignas que no pueden entender que, bajo la piel delgada de las tribunas, los aplausos, las manos levantadas, los fusiles y las boinas verdeolivos, siempre hubo un pueblo abierto, musical, jodedor y caliente, que atesoraba su interna osadía para ofrecerla gratis al menor ritmo, cualquiera, a la minúscula partícula de diversión que apareciera en su camino. La sangre nos baila su ritmo por las venas.
A falta de entretenimiento, a la sustitución de la cultura del ritmo por las consignas, Cuba no desterró su gozadera, su ferviente ebullición y su frescura. Porque otros eran enemigos de los vaqueros, el pelo sobre los hombros, la música rock, la guitarra y el idioma extranjero no dejamos de tenerlo y adquirirlo en el mercado negro de todas las cosas terrenales, divinas y espirituales. Creíamos en Dios, el Corazón de Jesús aún colgaba de las paredes de nuestras casas, sintonizábamos una frecuencia pitiyanqui – ¿no es así como le dicen en latinoamérica a los norteamericanos? – y bailábamos rumba con Janis Joplin. Lo buscamos, lo encontramos enterrado en nuestras privaciones, en nuestros silencios.
Que no podíamos oir a los «Stones», lo buscábamos en las frecuencias inverosímiles, enganchados con un perchero en el radio «VEF» que alguna vez otorgaban de «premio al trabajo». Orientábamos las antenas y conseguíamos «guachipupa», esa bebida inventada cuando el alcohol era tan «diversionista» como «The Beattles» y «The Rolling Stones». John Lennon cantó primero en nuestras radios clandestinas antes de que apareciera, por las inevitables circunstancias de la realidad que supera cualquier imposición ajena, en las emisoras verdeolivos. Fue su primera derrota, allí, en la música, en la cultura de estos sargentos que hasta peinan largas melenas y se convierten en asesores de generales para asistir ayer a conciertos que no se atreven a valorar como diversionistas, hoy.
La música les provocó su primera gran derrota. Y la música despojó al sistema, a su régimen y a su ideología de su ritmo. Hoy el socialismo cubano no tiene melodía para su baile. Un par de trovadores viejos, casi sin pelo, que siguen descuartizando versos con una guitarra, que han abandonado la poesía y se han incorporado a las consignas, con aviones y fusiles, pero sin ritmo y jacundia.
El cubano, el criollísimo cubano sigue moviéndose. Riendo y burlándose, intimamente, de sus jefes. Nunca dejó de hacerlo. Pepito ayer pudo salir por fin de su casa, reir sus propios cuentos, cantar a los acordes de Richards y Jagger. Hacerlos públicos entre el rock'nroll y los gritos, el sudor y la risa espontánea.
Acudieron al evento mucha juventud de entonces, maduros, casi viejos. Y los jóvenes de hoy, con mucha seguridad, debieron sorprenderse de que sus propios padres siempre supieron cómo darle a la cintura y cabalgar cualquier montura al ritmo de un rock que nunca lograron disfrutar cuando tuvieron la edad de ellos, sus hijos. Pero siempre lo hicieron, no hay nada nuevo que descubrir.
Cuba siempre ha tenido dos pieles. La delgada de consignas e ideologías exógenas. La profunda de jolgorio y bachata. Gozadera pura somos.
Algunos se preguntan por qué no acuden a reclamar justicia y libertad, el derecho a decidir su destino y tener algún futuro en su propia casa. Nos la robaron, sí, quedamos atrapados en un mundo donde hasta la propia risa era una cuestión de estado, pero quedó en lo profundo, sin embargo, el aliento de seguir viviendo y se enmascaró en una seriedad que nunca formó parte de la idiosincracia del cubano. Los «Rolling Stones» desataron esas máscaras y mistificaciones, tal vez hoy vuelvan a cubrirse esos rostros. Es un pudor extraño, falso, hipócrita, foráneo, conque algunos adornaron el país, su gente, su misterio. Todos sabemos cómo sucedió, y quién lo hizo, y cuánto costó en vidas humanas y en espíritu. Pero Cuba no dejó de ser quién era y fue, quedó escondida en la profundidad de esa epidermis de discursos y palabras.
No hay una Cuba totalitaria, única, más allá de las oficinas refrigeradas del Consejo de Estado, de ese palacio de una «revolucion» que sepultó el espíritu de su pueblo. Lo ocurrido fue el accidente de un itsmo provocado por una personalidad sin sangre esencialmente cubana. Un títere de su ego, el espíritu mediocre de un ancestro que nunca supo ni siquiera bailar, reir, ponerle música a su cuerpo.
Para los mediocres que siguen pensando en vejestorios, los « Rolling Stones» pueden estar doblando cicatrices en su rostro, arrugas que pliegan su frente, cuerpos enjutos por sus años, figuras encorvadas por las décadas transcurridas. Ayer, ayer fue un día en que los viejos se hicieron niños, adolescentes ante los ojos de sus hijos. Por un día vieron regresar su libertad perdida por varias décadas. Y se lanzaron a gozar, a joder, allí, a tirarse en la hierba y hasta probarse a cantar las viejas viejas melodias que tuvieron que esconder en uniformes y botas, mientras en las noches de complicidades la gozaban con un trago inventado de alcohol, alguno hasta con alguna pastilla o alguna marihuana escurrida en el bolsillo no se sabe ni cómo. La juventud es la misma en cualquier parte del mundo, un río subterráneo discurre entre los continentes y naciones y naufraga en la conducta adolescente.
Cuba no es distinta a ayer, ni a hoy, ni a nunca. Hemos sido iguales todo el tiempo. Otros se la inventaron para ocultarla y exportarla como un sello de venta en el mercado político de las mediocres ideologías de Europa. 
Si, hay una desgracia que esconde todo el concierto de voces de ayer, y es que ha sido demasiado tarde. Muchos se han ido, otros regresan con la temporalidad marcada en sus pasaportes, algunos, o quizás muchos, añoran el tiempo perdido, hay personas que quedaron en el camino y no pudieron disfrutar del evento. Han sido 56 años en que los sueños fueron desgarrados, suprimidos, convertidos en un almacén de palabras y discursos y hoy todo parece atemporal, como si no existiera. Y entonces los extremos de Miami se convierten o se transforman o se transfiguran en los extremos de La Habana.
«Vigilia Mambisa» aplana programas del Partido Demócrata en Miami mientras en La Habana secuestran folletos de los Principios Universales de los Derechos Humanos de la ONU, ¿no resulta ridículo las coincidencias? Me imagino que Manuel Saavedra hoy estará convocando a la misma aplanadora para aplastar a los discos «castristas» de los «Rolling Stones» en una calle de Miami, de la misma forma que ayer en nuestras universidades expulsaban a rockeros y hippies, a quien usaba vaqueros y escuchaba música del «enemigo». En esa misma Habana, el mismo espíritu de extrema derecha, transfigurada en la izquierda, volverá a hablar de la «cultura de masas», tratará de recordar que los conciertos necesitan «disciplina y organización», o ¿ya no lo hicieron en algún periodico previo al evento? ¿No fueron esas las mismas palabras de Abel Prieto antes de acudir a la zona VIP del concierto?
El rock, Cuba, Pepito y la gozadera cubana es de espíritu desorganizado, protestón , buyanguero y jodedor. Nos burlamos de la Madre Teresa de Calcuta, de San Juan Bautista, de Castro, Obama y hasta del Papa Francisco lavándoles los pies a los menesterosos de Roma mientras pide duchas para los que no tienen casa. No hay programa ideológico de ningún tipo en el espíritu del cubano, no lo tuvimos ni lo tenemos. Tal vez sea esa la misma desgracia de la opisicion a Castro. Tratan de replicar los mismos métodos, la misma tesitura, el mismo programa de conservaturismo, mientras la realidad los supera a ellos y a sus enemigos, se han convertido en clubes exclusivos de disidencia. Demasiados organizados, demasiados con el espíritu de «pioneritos» de ideología saludando a la bandera y a héroes muertos.
Cuba nunca respetó ni a sus muertos. Los bailó en su tumba. Aprendió el inglés y mientras más odio pitiyanqui vociferaban las tribunas más gringo se transformaba el espíritu clandestino de sus propios hijos, y las banderas de las estrellas y barras iban surciéndose una vez más en esa epidermis profunda del cubano. ¿Se sorprenden hoy, entonces, los sargentos de la cultura y la enquistada izquierda de Latinoamérica que seamos más pitiyanquis que los pitiyanquis no siendo ni sombras de pitiyanquis? ¿Se sorprenden de que no nos consideremos latinos sino americanos?
Pues muéranse de miedo, nunca dejamos de serlo. Las prohibiciones viajaron por las venas ocultas y clandestinas de nuestras vidas y la música nunca dejó de recorrer nuestra sangre, toda la música. Tal vez sea ese la lección magistral de los británicos ayer en la «Ciudad del Deporte». Nunca dejamos de ser lo que fuimos, solo pasó a otra sobrevida y, con mucha probabilidad, lo sucedido ayer signifique que, después de mucho tiempo, tal vez Cuba esté verdaderamente cambiando. Por primera vez, y en muchos años, comienzo a tener un poco de optimismo. Si podemos hablar de una Cuba antes y después de la visita de Obama, tenemos que hablar de la cultura cubana antes y después de la visita de los «Rolling Stones».
He oído algunos lamentos, gente de izquierda que se queja de que aterrizarán las McDonalds, que el contorno de Cuba cambiará con los americanos, que la música yanqui sustituirá al ¿tango? Lo siento, siempre lo estuvo. Estamos más cerca de Miami que de Caracas y Sao Paulo. Las praderas argentinas ni las conocemos y el paso de ganso conque se recibió a Obama en aquella plaza ha quedado reducido a los protocolos y funciones de gobierno, un gobierno que no entiende a esa Cuba rpofunda en su segunda piel y que sustituyó esa piel por un abrigo extranjero, demasiado acartonado, demasiado enteco.
Por años he estado muy excéptico de los acontecimientos, del país profundo, de esa segunda piel sobreviviendo. He vivido demasiados desengaños. He visto como el espíritu de Cuba se enquistaba una y otra vez para volver a dejar mostrar su hipócrita envoltura, y desventura, «revolucionaria». No fuimos nunca los hijos de las revoluciones ideológicas. Aquellas ideas naufragaron en nuestros padres y el resto se transformó en estos nuevos adolescentes que tuvieron su orgasmo de música ayer. Esa es la verdadera piel, la segunda. Me pregunto si habrá quedado sepultada la primera después de escuchar a los «Rolling Stones» en el concierto.
No lo sé, no hay forma musical ni profética de saberlo.

Friday, March 25, 2016

Rolling fiebre Stones

El hombre se ajusta los lentes redondos y se levanta. Aún quedan algunas marcas del excremento que los pájaros han dejado sobre su ropa. La tarde es limpia, despejada y el parque está desierto, sin niños que atraviesen la hierba seca o la tierra casi gris por el sol reverberante, ni hombres que se sienten a tomarse una furtiva foto, tampoco las parejas parecen esconderse en las pocas curvas de los descarnados muros. La humedad del domingo ha pasado, como también su visita. Y él se levanta, cansado, con los huesos duros de metal calcinado, camina. Los pantalones se agolpan en los zapatos de piedra y barro, azules y cobrizos, que conoce las madrugadas calientes, solitarias, de orines y sexo apurado.
Button your lip baby
Button your coat
Let's go out dancing
Go for the throat
Let's bury the hatchet
Wipe out the past
Make love together
Stay on the path
You're not the only one
With mixed emotions
Un viejo escarba la basura en el contenedor de la esquina y lo ve pasar, apurado. Se ha ajustado los audífonos a sus orejas de metal y los rayos le traspasan los cristales redondos, golpeándoles el color azul de unos ojos vivos 36 años atrás, azules, escondidos en la oscuridad de unas redondas gafas de sol oscuras. Se apresura.
Cerca de la Calle 23, frente al pórtigo del neoclásico Colón, ese reparto donde los vivos no regresan y los muertos no parecen descansar, un hombre canoso, despeinado, con una barba hirsuta también que pierde el color, trata de arrancar una aplanadora. Manuel Saavedra mira al hombre de los lentes redondos mientras trata de espantar a los niños y a los pájaros que le hacen imposible aplastar los papeles que el pavimento escalda con su calor. Una pareja de viejos lo ayudan a debaratar la conspiración de la soledad y la indiferencia.
Let's bury the hatchet
Wipe out the past
«Los jóvenes deben abstenerse de cuestionamientos ingratos de los  mandatos gubernamentales. En su lugar, tienen que dedicarse a estudiar, trabajar y al servicio militar.», le grita desde la plaza la figura hirsuta de otra barba, pero no lo ve, lo presiente. Aquellos ojos aplastados contra los muros de los altos edificios carecen de sus lentes redondos, pero miran con aplomo al hombre de los lentes que corre y desbanda al cortejo que atraviesa las columnas de mármol y arabescos, las rejas abiertas y el olor a flores marchitas. Por un minuto la ciudad pierde el sonido y todo es silencio.
En la tumba un grupo de pájaros revolotea sobre las hojas secas. Una vieja arrastra un saco con botellas, alguna ropa estrujada y sucia y montones de hojas arrancadas de revistas «Bohemia» de los setenta. Se sienta sobre la lápida desnuda y comienza a sermonear, en voz baja, algún sibilante nombre seguido de «Papito», que se esconde detrás de esa puerta horizontal al abismo atemporal con que nos saluda la muerte.
First time I saw baby
You were springin' like a young gazelle
And next thing I know, we're way down the road
And you're flying like a bat outta hell

It's rough justice, oh yeah!
You're attitude's disgusting
You're gonna have to trust me
But you know I never break your heart
Ya corre. Los botones de la camisa se le desprenden y deja ver un torso cobrizo, descarnado en azules y verdes, colores del destiempo y de las noches templadas del parque. El sudor se vuelve esa gota plomiza que resbala por su frente y se convierte en una bala de cobre, agridulce, que se lanza a los zapatos en su carrera a la fuente sin agua. Media ciudad se lanza a la locura y parece arder y escaparse. Jóvenes sin camisa, o con banderas de colores cruzados y labios rojos, exhuberantes. Viejos con el ansia de una adolescencia perdida en sonidos y letras escurridas, niños que persiguen a sus padres y abuelos. Se oyen los primeros ajustes del audio y el nerviosismo de agolpa en su frente perlada. Ya llega, ya está cerca de la entrada, los huesos corroidos por la espera de metal silban una vieja melodia imaginaria. Es un lugar sin religión, pero aún con muchos odios enterrados.
Estamos llegando a la ciudad del deporte hoy convertida, por la santidad de algún caudillo, en la ciudad de la música gratis, peregrina. Una música que fue cárcel en el pasado, cuando eran todos jóvenes. También él. Hoy peinan canas, enflaquecen de vejez y las voces, mucho más ásperas, entonan los mismos arpegios.
Under my thumb
The girl who once had me down
Under my thumb
The girl who once pushed me around
It's down to me
The difference in the clothes she wears
Down to me, the change has come,
She's under my thumb
Ain't it the truth babe?
Under my thumb
The squirmin' dog who's just had her day
Under my thumb
A girl who has just changed her ways
It's down to me, yes it is
The way she does just what she's told
Down to me, the change has come
She's under my thumb
Carteles, un grupo de mujeres se agolpan en la puerta, detrás, hombres, niños, perros, policias y cámaras. Alguien levanta una bandera, otros el puño, un tercero una gorra miliciana. No es un concierto y no son artistas. Unos sonríen, otros levantan otra vez el puño, y las mujeres gritan mientras levantan una flor. Las arrastran, las levantan por las piernas y los hombres y los gritos se confunden con las notas, los colores blancos con las sonrisas rojas de los que se apresuran al concierto, a encontrar su música en otra parte. Es solo viernes santo, pero nadie reza ni entona un cántico. El hombre de los lentes redondos trata de hallarle un sentido al concierto inequívoco de gritos, mientras se alisa la melena oscura, de metal. No tiene barba, el pecho lo tiene desnudo de vello, guarnecido con ese azul verdoso de la antigüedad del parque, salpicado solo con esas excrecencias caídas de los árboles que desprenden los pájaros, en el viaje de su sobrevida a su destierro como hez.
Under my thumb
A girl who has just changed her ways
It's down to me, yes it is
Y se la llevan, la abalanzan por las piernas y los brazos en el auto blanco con un letrero que dice «P lice», la «o» es una boca desdentada oscura, sin lengua para gritar o mascullar una vieja melodía de rock. Son mujeres y hombres y uniformes y gritos, pero no es un concierto. Se siente viejo, cansado, ajado por la edad y la espera. Casi cincuenta años esperando en el olvido, y después en un parque solitario hecho estatua. Desterrado a ver pasar el tiempo y envejecer en silencio. Hoy es el «milagro» del viernes santo. Mañana será otra vez el silencio y la rutina ardiente de cada día. Un aburrido sábado. Otro más.
Corre, agoniza para encontrar la entrada y escuchar esa música que alguna vez estuvo prohibida, perseguida, condenada, entre rejas de silencio mientras flirteaba en campamentos juveniles, en una radio sintonizada en la oscuridad y la complicidad de los amigos.
Please allow me to introduce myself
I'm a man of wealth and taste
I've been around for a long, long year
Stole many a man's soul and faith
And I was 'round when Jesus Christ
Had his moment of doubt and pain
Made damn sure that Pilate
Washed his hands and sealed his fate
Pleased to meet you
Hope you guess my name
En la puerta el mismo hombre que aplanaba papeles y espantaba a los niños. Viste de verde, con una camiseta con esa boca sangrante que parece escupir su lengua en una canción prohibida de los setenta. Lleva unas viejas tijeras en el bolsillo izquierdo, y en el derecho parece asomarse una pequeña botellita de algún líquido parecido al agua, pero más oloroso a alcohol. El pelo se le desgarra en canas y unos espejuelos de sol, oscuros, parecidos a los del chofer de la patrulla en que se llevaban a la mujer de blanco, parecen sonreir otra vez.
Está muerto, él sabe que está muerto, hecho huesos y cenizas y recuerdos, pero el espíritu parece sobrevivir otra vez y levantarse de su tumba. No es Manuel, ni tampoco Saavedra, y tal vez ni el «Papito» de la vieja del saco, hoy se ha convertido en algún otro nombre mientras vigila en este día de música y rock y canciones prohibidas. No es Miami, ni tampoco La Habana, es un lugar atemporal en la geofísica caprichosa de esta primavera.
«Los Beatles nunca estuvieron prohibidos en Cuba», me dice.
No existían. Flotaban en otra galaxia, murmuran los labios secos del hombre de los lentes. O tal vez estaban como él, solidificados en un parque para que se le hiciera el triste espectáculo de los pájaros en su nocturnidad.
While your kings and queens
Fought for ten decades
For the gods they made
I shouted out,
"Who killed the Kennedys?"
«Fidel Castro», responde el de los lentes, pero nadie le escucha. Ya a nadie le importa el nombre, la historia. Los acordes de esa música loca, desaparecida de los sesenta y setenta parecen acallar sus palabras de cobre. El sudor azulado de la frente se desprende y parece escapar con el pensamiento hacia los primeros acordes. Rueda, cae en pequeñas piedras sobre la hierba rala, casi seca. Mujeres, niños, viejos, corren en la desbandada para ver desde cualquier lugar a quienes fueron sus vecinos del mismo país, mientras él parece perdido, escapado de otra latitud, inexistente.
Presiente que ya no pertenece a esta época. Ya su música no provoca el dolor, el grito, la peligrosa melodía de una estación extranjera que se escabullía en los albergues de jóvenes en el campo, de los que despeinaban también melenas como la suya sobre sus cabezas, y desafiaban con el vaquero prohibido a la humilde ropa uniformada de verde y a las botas.
So button your lip
And button your coat
Let's go out dancing
Let's rock 'n' roll
You're not the only one
With mixed emotions
You're not the only ship
Adrift on this ocean
You're not the only one
That's feeling lonesome
Esta vez no decide entrar. El concierto sucederá, la música provocará su furia, el portero solo estará esperando su billete, la censura es una estación que se compra con los afeites de moda, pero él regresará solo a su parque, cansado, abatido con la decepción y la burla a su memoria rebelde. Se volverá a sentar y cruzar sus largas piernas, y permanecerá allí, perdido en su mirada de lentes redondos. Una mirada que ya no parece descubrir ningún futuro, y unos labios que no describen ningún imaginario lugar sin religiones ni odios.
Ya es demasiado viejo, tan viejo como ese parque que se ha convertido en su propia cárcel sin muros. Comparte la edad de los que ofician el concierto, de sus músicos, de oficiales y sargentos de protocolo y de los que cortejan al poder o so ejercen, en aquella ciudad de aquel parque.