Saturday, May 23, 2015

SinCO… en Matadero

Hace unas semanas viajé a Los Angeles. Como ya se hace habitual en el aeropuerto de Toronto, que no está en Toronto sino en Mississauga, pero al que todos seguimos llamando de Toronto por esa cualidad surrealista tomada, tal vez, por alguna sugerencia macondiana o extraída de algún relato de Salman Rushdie, pues allí, en Pearson, que es su nombre oficial, en el control de seguridad de la terminal 3 de ese aeropuerto, me pidieron que me descalzara y entregara mis zapatos, como se entrega pudendamente la ropa mas íntima en un chequeo médico para ingresar a  las fuerzas armadas. De golpe, uno queda inhibido, arrinconado en la desnudez, sin saber dónde poner las manos para ocultar nuestra bochornosa «encueridad», o suerte de ella, y cuántas manos pedir prestadas para ocultar todas esas partes vergonzosas de nuestro tímido cuerpo ante el ojo bromista ajeno.
Allí, al poner los zapatos en la bandeja plástica, me invadió una muy cotidiana sensación de absurdidad total.
Nos damos cuenta, de repente, que el mundo se nos ha cambiado, que somos hijos de la desnudez, que hemos crecido en «paños menores» o sin ellos, y nuestra vida transcurre como una larga secuencia de estampas donde el quitarnos la ropa, y los zapatos, quedarnos «en cuero y con las manos en los bolsillos», es la quintaesencia del vivir.
Quizás así lo sea. Después de todo, nacimos desnudos. Desnudos creamos otras vidas que nos sucederán. Desnudos regresamos al barro para dejar flotando una de esas tantas almas originarias creadas por Dios, hasta que vuelva a encontrar su próximo recipiente mortal.
Resulta que tengo que quitarme los zapatos para que los examine una máquina de Rayos X, mientras un hombre de estatura inalcanzable, vestido con toda la parafernalia imaginable de seguridad me pasa un aditamento electrónico por todas mis partes, con toda la semejanza de un dildo tecnológico, para dar el «visto bueno» de mi candidez ciudadana ante el ojo acristalado electrónico de una pantalla oculta a mis mortales ojos.
Y allí estoy, desnudo como un niño, sin pantalones ni calzoncillos, a pesar de que no estoy ni en la posible versión privada de esa bagatela seudo erótica para amas de casas desesperadas, llamada «50 sombras de Grey». Pero no soy ni Christian Grey y tampoco conozco a ninguna Anastasia.
Así, casi sin quererlo, tuve la sicodélica sensación de habitar uno de esos locos libros de Kurt Vonnegut. De vivir un tiempo en infinito, donde el vecino convive en un bunker privado, rodeado de computadoras, aislado, rodeado de esa cerca transparente en que se convierten las relaciones humanas electrónicas; sin vernos los rostros a pulgadas de nuestras puertas, viendo el de los otros a miles de kilómetros de distancia. Somos ese átomo de absurdidad encallado entre armas, tecnología y celulares. Escribiendo la crónica de nuestra vergonzosa soledad.
De forma que miraba moverse mis zapatos en aquella bandeja plástica, en su viaje surreal por la estera hacia el equipo que sonderaría sus partes pudendas: las suelas desgastadas en mi caminar por el tren urbano de la ciudad, el polvo enquistado en una estría del tacón, llevando la huella ineludible del paso apresurado de mi pie por el jardín de mi casa, la esquirla de fango escondida en el pliegue derecho de su punta oscura, inadvertida entre el betún deslumbrante que la oculta, como el buen carmín que desaparece la arruga de la señora que esperaba ser también despojada de su intimidad, después de mi pequeñísima persona.
Los zapatos estaban allí, pero a la vez estaban en otra parte, quizás en camino a ser registrados en una base de datos centralizada, y que alguna vez sería pulverizada en la próxima investigación serial para descubrir el terrorista agazapado dentro de mi pie. ¡Ni modo!
Mientras, allí estaba yo, sintiéndome desnudo y miserable, encuerado ante la mirada ceñuda de ese «alguien» sin nombre más allá de su intitulada y confesa profesión de «seguridad de aeropuerto», que me mediría el pie y, tal vez, hasta sacaría simpáticas cuentas de mi masculinidad por el tamaño del calzado.
Vivimos en una sociedad tan obsesionada con la longitud viril de ciertos instrumentos eróticos, donde masculinidad, virilidad, hombría, y algunas otras cosas más, se resumen en pulgadas, centímetros y milímetros, que no es extraño que aquel personaje nos mida y catalogue en alguna de las posibles medidas de la escala internacional de medidas ante un equipo de Rayos X. Y así seremos hombres cortos, medianos y largos. Desechables y «echables». Viriles y desvirilizables. Todo porque un loco intentó, ya nadie se acuerda o nos acordamos todos los días, hacer explotar un avión con sus zapatillas deportivas, y los que viajamos estamos en la punta final de esta cadena de absurdos, donde la eroticidad, el terrorismo y la falsa virilidad de un extremista lleva a hacer sonreír a un miembro innombrable del equipo de seguridad de un aeropuerto quien, no cabe dudas, también sufrirá esta violación íntima a su masculinidad en alguna otra estación de vuelo.
¿En qué mundo vivimos hoy que no podemos saludar a un hombre sin primero hacernos chequear las puntas de los dedos, las uñas, los zapatos y hasta el pelo?
Y no es solo Toronto. Es Nueva York para entrar en las fuentes que recuerdan los nombres de los muertos aquel fatídico 11 de Septiembre. O La Habana, donde no nos quitan tal vez los zapatos, pero sí el cinto, quizás para impedir que nos ahorquemos a destiempo por volver a sufrir lo sufrido.
¡Y seguimos regresando!
Los cubanos tenemos el espíritu de «Ana» Steele. Vivimos en un librito sadomasoquista social que fue escrito prestando mucha más atención al detalle que el que pudo terminar y publicar, con mucha suerte y dinero, E.L. James. Y me explico.
Solo bastan dos que se encuentren y ya comienzan a hablar de Castro. Tres y ya hacen un tumulto. Y al cuarto y al quinto ya podemos llamarle multitud. Sucede en todas partes del planeta. Estamos dondequiera. Somos más cosmopolitas que el Vaticano, que es mucho decir.
Después de quejarnos en Ciudad México, hacer «huelga de hambre» en una estación migratoria de algún puesto fronterizo en Honduras, o en el mismo México para quedarnos con Latinoamérica, sudando «el gordo fondillo» para poder llegar a suelo americano, o a una barriada torontiana – depende las prioridades, lo de Estados Unidos es una obsesión homérica nuestra –, nos cargamos de bártulos, maletas y equipajes y nos arrastramos como ese simple caracol, y regresamos quejándonos de por medio en Toronto de los zapatos y del oficial de inmigración que se ríe de la «largueza o cortedad» frente a su Rayos X, para después estar sonriendo amaneradamente a la patrulla descuartizadora de nuestra intimidad política en el aeropuerto de La Habana.
¡Somos tan predecibles los cubanos!
El desnudo de mis zapatos en el aeropuerto de Toronto, de viaje hacia Los Angeles, se me antoja entonces tan inocuo o ridículo que olvido el absurdo que puede representar esta historia de Vonnegut.
Y es que convivimos en esta gran ciudad con células vivientes de extremismo y no la reconocemos. La observamos cruzar nuestro paso hacia el mercado, las tiendas, los descuentos en los centros comerciales, y nos sorprende los sucesos en el Parlamento de Ottawa. Olvidamos nosotros mismos que venimos de un país donde la intolerancia se coló hasta el tuétano íntimo de nuestro tejido adiposo como sociedad, y viajamos con él, nos desplazamos, convivimos con esos otros sin percatarnos que la destrucción de nuestra civilización occidental, de lo que es nuestro entorno, viaja con nosotros, sin necesariamente estar en nuestros zapatos, sino en nuestra tolerancia al intolerante, que debe ser ciertamente intolerable.
¿Hasta cuándo?
¿Hasta el próximo 11 de Septiembre?
Estos pensamientos vuelan en mi mente leyendo las noticias, y las palabras, de Roberta Jacobson sobre la posibilidad de una «embajada americana restrictiva», o restringida. Y hemos de aceptarlo como un hecho.
Los maestros de ceremonia de las negociaciones ya no saben negociar.
¡Aleluya!
¡Fin de la Historia!
Usan las mismas técnicas, y prácticas, un similar lenguaje al de su enemigo de siempre. Y nosotros hemos de aceptar este juego, esta engañifa de negociaciones, como aceptamos este encueramiento tecnológico en los aeropuertos.
¿Para qué entonces ponernos calzoncillos, pantalones, sostenernos la portañuela con cintos y colgarnos del cuello una corbata que no aparece en los equipos de Rayos X?
¿Para qué entonces negociar lo no-negociable?
¿Qué razón tienen estos maestros de ceremonias diplomáticas que aceptan cualquier transacción con el enemigo, ese que lleva la bomba en la zapatilla deportiva – y no se la encuentra nadie nunca –, o el que aplaude al que lleva esas zapatillas en los pasillos neoyorquinos de la ONU, que viene a ser lo mismo?
«Tanto mata la vaca el que le da la puñalada como el que le aguanta la pata», decían nuestros abuelos.
¿Qué negociación loca es esta que necesita meses de conversaciones para aceptarlo todo sin restricciones a lo restringido?
¿Estamos viviendo en «Matadero Cinco»?
¿Qué estación de la vida es esta?
Solo pregunto.
En lo personal, Vonnegut me hace dar arqueadas amargas, las mismas que me provocan una Sontag o, en el peor de los casos, una Eva Golinger, sobre regímenes de inspiración diabólica como los de Cuba y Venezuela. Talibanes de una inquisición ideológica tan despreciable y terrible como la medieval. La sed socialista de Vonnegut me inspira la misma energía de desprecio que provoca mi admiración a su talento literario.
Desprecio esta absurdidad que le hizo sentir benevolente desmemoria por los bombardeos nazis sobre Londres, y condenar  el contraataque aéreo aliado sobre Dresde, suerte de incoherencia intelectual que condona la victimología aliada a cargo de ejecutar la apología de las muertes  inocentes de civiles de un pueblo levantado sobre la intolerancia, la religión ideológica y la indiferencia. ¡Qué bien conocemos esto los cubanos!
 Ninguna muerte es despreciable, pero a veces hay que tener toda la memoria, no solo un fragmento apetecible para el plato literario de oportunidad.
Todo esto me hace confirmar, una vez más, el abismo de talento entre literatura y política, y me hace volver a recordar a Cortázar.
A mi regreso de Nueva York, dos años atrás, el oficial de inmigración en la frontera de Canadá me preguntó de dónde yo era y cómo me llamaba, a pesar de que tenía mi pasaporte en regla y el hombre lo deletreaba con sus gruesos lentes. Tuve ganas, muchísimas, de decirles entonces que venía de Tralfamadore y mi nombre era Billy Pilgrim.
Pero, ni modo, no quise correr el riesgo de que me creyera.

Monday, May 18, 2015

Lirización del Terror

En 1980 Julio Cortázar impartió un ciclo de conferencias sobre literatura en la Universidad de Berkeley, California. Era la segunda vez que era invitado a hacerlo, la primera vez, a inicios de los 70, el argentino rechazó la oferta para no «colaborar con el imperialismo». Fue su respuesta de entonces.
En realidad la verdadera causa del rechazo de Cortázar a impartir esa serie de clases fue sencillamente su cobardía ideológica, después del cisma provocado por la reacción de la intelectualidad castrista contra Pablo Neruda, al concurrir el gran poeta al PEN norteamericano, a principios de los 70. Una reacción que fue, ineludiblemente, patrocinada desde el poder en Cuba.
Por otra parte, no existe otra respuesta, no es posible. No se puede hablar de ignorancia en Cortázar, no en una persona que transcurría su tiempo de vida entre Paris y Buenos Aires, que debía conocer que el mundo académico norteamericano era el mas polifónico internacional, guarida muchas veces de la izquierda intelectual. Sencillamente, el argentino no podía admitir un cisma entre su militancia incuestionable con Cuba y su condición de "escritor comprometido de izquierda". Militancia que ya antes le había impedido firmar la carta de intelectuales contra el régimen cuando el vergonzoso proceso contra Heberto Padilla.
1980, sin embargo, era otra época. Los tiempos habían hecho reajustar el programa ideológico cultural cubano (castrista). Una coexistencia pacífica promocionaba la influencia del castrismo en el ambiente académico norteamericano, y es aquí donde se inserta el curso de literatura de Cortázar en Berkeley.
En ese nuevo entorno se produce la visita del argentino a la conocida institución académica, durante el curso del cual se enfrenta a un alumnado que le pregunta, insistentemente, sobre los típicos casos de terror contra el pensamiento en la isla: el «caso Padilla» y «Paradiso» de Lezama.
Respondiendo, en una de sus últimas clases, a la pregunta sobre Heberto Padilla, Cortázar afirma:
“Lo que te puedo decir es lo siguiente: realmente hablar hoy de lo que se llamó el Caso Padilla sería como si alguien se levantara y con gran inquietud me pidiera noticias de Juana de Arco: «¿Qué pasa con esa chica que metieron presa en la ciudad de Rouen? ¿La van a quemar o no la van a quemar?»… No había pasado mucho tiempo del episodio de la Bahía de Cochinos y había un estado de ánimo que favorecía situaciones como ésa… Bueno, es todo lo que te puedo decir y puedo agregar que si de algo estoy seguro es que las condiciones internas que generaron el caso Padilla no existen ya en Cuba y no habrá otros casos Padilla.”
Por supuesto, todos sabemos que nunca dejó de haber «otros casos Padilla». Los nombres sobran, para recordar algunos: Raúl Rivero, María Elena Cruz Varela – poeta ella, también como Padilla – y el más reciente de Angel Santiesteban.
Lo «sorprendente» de la evaluación del caso Padilla por parte de Cortázar no es su mistificación, lo cual es usual y se hizo usual durante toda la vida extenuante de la «revolución cubana». Lo sorprendente es que no reconozca, no descubra y no logre discernir las consecuencias de lo ocurrido con el poeta para la intelectualidad cubana, él que tanto reclama en esas clases la libertad del escritor.
El «caso Padilla» fue el motivo necesario para acabar de sepultar toda resistencia en el mundo intelectual cubano. Fue la imposición del terror, del miedo a la rebelión, con lo que creó las premisas imprescindibles para que la intelectualidad cubana se convirtiera en un remanso de borregos amaestrados, a los que se le podía cursar el destino, mostrarle un señuelo y cambiarle las páginas a algún libro, cederle un mísero diezmo y eliminar algún verso amargo.
Prácticas cotidianas de la UNEAC.
Padilla fue la víctima propicia. La principal culpa del poeta fue creerse intocable, olvidándose de su naturaleza mortal, de su envoltura humana, en un país cuyos intocables disminuían inversamente proporcional a la falta de independencia personal.
Sobre Lezama, ¡ah!, sobre Lezama Cortázar utiliza otra figura de su discurso pedagógico: el «dedo mágico», tomado evidentemente del realismo socialista. Sobre el cubano afirma:
“Lezama es una de las figuras más prodigiosas de nuestra literatura contemporánea, y estoy hablando mucho más que de América Latina: del mundo.”
Y sobre esa figura mundial, un estudiante de su curso le pregunta:
ALUMNO: ¿Podría hablar, porque no sé si sería cierto, pero aparentemente el gobierno de Fidel había prohibido «Paradiso» en Cuba? ¿A qué se debió esto y por qué?
CORTAZAR: Una noche Fidel Castro fue a la universidad a hablar con los estudiantes; de vez en cuando hace una visita por sorpresa, llega a las escalinatas de la universidad, los estudiantes lo rodean durante una o dos horas, discuten muy violentamente entre ellos, exponen sus problemas y él escucha y contesta. Esa noche, en plena conversación un estudiante le dijo: «Oye, Fidel, ¿y por qué es que no podemos comprar Paradiso? Nos han dicho que lo han suspendido de las librerías y no lo podemos comprar». La respuesta de Fidel fue ésta, y me hago responsable de esa respuesta porque sé que fue así.

«Curiosamente», ¿casualidad?, algún dedo mágico oprimió el botón de «STOP» del equipo registrador de la voz de Cortázar, fiel a todas sus interjecciones, olvidos, zumbidos e interrupciones, y la respuesta del escritor argentino se desconoce y no pudo ser reproducida por los honrados editores de las «Clases de Literatura» de Julio Cortázar en Berkeley. Sin embargo, esos mismos editores recuerdan, en un pie de página, su respuesta a una pregunta muy parecida en una entrevista donde, por supuesto, el «dedo mágico» del realismo socialista no pudo hacer acto de presencia.
Dice Cortázar, refiriéndose a un acto con estudiantes de la Universidad de La Habana donde, supuestamente, Castro y él estuvieron presentes:
“Fidel dijo esto que me parece muy lindo: «Chico, mira, este libro realmente yo no entiendo gran cosa de lo que hay ahí adentro pero estoy seguro de que contrarrevolucionario no tiene nada, de manera que no veo por qué no lo van a vender». Y los que estaban con él escuchaban muy bien y al otro día el libro volvió a salir”.
Tomado de «Cortázar por Cortázar” de Evelyn Picon Garfield, México, Universidad Veracruzana, 1978, página 48.

Resulta de un cinismo macondiano, para no decir rayueliano, el que ese escritor que ha estado repitiendo en decenas de ocasiones que «no tiene memoria para recordarse de su propio teléfono», ni para citar anécdotas, nombres de obras y escritores, palabras y versos… en unas «clases de literatura» de una institución tan reconocida como la Universidad de Berkeley, que acuda a la memoria, ese recurso inexistente en su mente pedagógica, para citar a pie juntillas las palabras de Castro sobre «Paradiso».
Me demuestra que, no solo es una auto mistificación, sino de ese fenómeno que Milan Kundera había nombrado, con tanto tino, como «lirización del terror».
Dice Kundera en «Los testamentos traicionados»:
“Después de 1948, durante los años de la revolución comunista en mi país natal, comprendí el eminente papel que desempeña la ceguera lírica en tiempos del Terror, que, para mí, era la época en la que «el poeta reinaba junto al verdugo» (La vida está en otra parte). Pensé entonces en Maiakovski; para la revolución rusa, su genio había sido tan indispensable como la policía de Dzerginski. Lirismo, lirización, discurso lírico, entusiasmo lírico forman parte integrante de lo que llamamos el mundo totalitario; ese mundo, no el gulag, es el gulag de muros exteriores tapizados de versos y ante los cuales se baila. Más que el Terror, la lirización del Terror fue para mí un trauma
Precisamente es Kundera, en mi opinión muy personal, quien provoca el verdadero contraste con Cortázar. Y me explico.
Cortázar representa al intelectual de izquierda que, desde una península lejana de esa izquierda, anclada en Paris – como tantos otros –, ayuda a mistificar y crear la «lírica política» de la revolución cubana. Y así nos abundan todos estos intelectuales que no viven en el centro de la tormenta, que viajan de acomodo a la isla, aplauden un poquito y regresan haciendo esta «poesía mágica» de los procesos seculares en Cuba.
Kundera, por el contrario, representa lo contrario. Un intelectual que, comprometido y aplaudidor en sus inicios, con ese discurso y entusiasmo lírico que le hace escribir versos metálicos contra traidores y traiciones, y que pronto se descubre desbordado, consciente de que aplaude un terror mas y quiere re-escribir sus versos, borrar su historia, hablar con voz propia.
No deja de ser significativo entonces que Kundera, ya apartado del Partido Comunista, y ya intelectual con espíritu crítico, quiera entonces re-escribir su biografía literaria, reniegue de sus poemas iniciales y solo acuse «su primera obra» a aquella cuyo nombre es «La Broma», años después de la «poesía amorosa» a la revolución checa.
Pero antes, mucho antes, había escrito algo como esto:
“Even you, dogs, turn away
from those who have betrayed! (...)
The heads of the traitors abroad are heavy
and they are drooping.
Today, their loneliness
is turning into a coffin for them."
 No he podido encontrar los poemas del checo en español, y existen muy pocas referencias en inglés y, no sabiendo checo, me niego traducir un poema de una traducción – un acto de verdadera violación poética, sin lugar a dudas –, así que los dejo con su versión en inglés. De todas formas, Kundera alude a los «traidores», a esos que abandonan su tierra natal y sufren de la pérdida de su hogar y de su comunidad, especialmente en las Navidades.
Me imagino que estos versos estarán tan hundidos en el alma de Kundera, él mismo un «traidor» años después de escribirlos, que desde entonces se ha negado constantemente a que sean re-impresos. Ha pasado a esa etapa de re-escribir su biografía literaria.
Ese mismo Kundera, además, ha sido acusado – en la misma época de esos versos – de haber denunciado a la policía a un disidente, un hecho que ha causado recientemente mucha publicidad y que el escritor ha negado repetidas veces haber hecho, teniendo la solidaridad de muchos Premios Nobel, incluido García Márquez y Vargas Llosa
En mi opinión, sin embargo, yo sí creo que Kundera haya realizado aquel bochornoso acto. No es nada extraño a ese período de «lirización del terror», y es precisamente gracias a esta intimidad con estos sucesos que puede hablar de ellos con tanta claridad y transparencia. Es parte de la atmósfera de toda «revolución», de todas, comenzando por aquella que engendró todas las demás, la francesa.
La pluma lírica de un intelectual como Robespierre, redactando poéticos discursos revolucionarios mientras casi al borde de su ventana muchos ciudadanos franceses perdían sus cabezas. O la poética pluma encaracolada de Pablo Neruda, adornando de gallardía a Fidel Castro, en su «Cantar de Gesta»:
“Fidel Fidel, los pueblos te agradecen
palabras en acción y hechos que cantan,
por eso desde lejos te he traído
una copa de vino de mi patria:
es la sangre de un pueblo subterráneo
que llega de la sombra a tu garganta"
Para morir casi con la amargura de aquella carta donde los «intelectuales cubanos» lo sepultaban de estulticia por acudir al PEN Club norteamericano en 1972, y por cuya acción Cortázar evidentemente eludió acudir a las instituciones académicas norteamericanas por más de una década.
Neruda tenía el coraje del desafío, Cortázar tenía la debilidad de la mistificación para poetizar su ausencia como «no-colaboración con el imperialismo».
La cobardía siempre tiene otros nombres de acomodo.
Milan Kundera, a partir de aquella amarga experiencia lírica se compromete a un no-compromiso. Enjuicia duramente la literatura comprometida, la condena. Cortázar, también en sus «clases de literatura» en Berkeley, y con su doble discurso, no puede subscribir ese compromiso literario, y parte de su literatura puede adjuntarse a esa etiqueta lírica, pero entonces tenemos al «Libro de Manuel». Un bodrio político, asumido por él mismo. Y toda teoría pedagógica se arrastra en el fango
Kundera representa la reacción a la politización de la sociedad hasta los más altos estratos intelectuales.
Cortázar representa la alienación de la literatura a un testamento político. Demuestra, además, que se puede ser un gran escritor y, a la misma vez, un inepto profesor de literatura… en cualquier universidad de este mundo.
Los casos de Kundera y de Cortázar me vienen constantemente cada vez que miro el estado de la intelectualidad cubana. La «lirización del terror» comenzó en Cuba con el mismo nacimiento del régimen, y muy pocos escaparon de aquel bautismo.
El propio Guillermo Cabrera Infante recorrió el camino de Kundera, para luego convertirse en víctima de esa lirización, y también tratar de re-escribir su historia. El rechazo de Cabrera Infante a su periodo «lírico castrista», a hacer paces con su pasado amargo, lo llevó a eludir, a tratar de olvidar cuán profundo pudo haber caído si se hubiera quedado en Cuba y se hubiera convertido en uno de estos amaestrados intelectuales de pasillo, órganos asexuales de gobierno que se pasean por la UNEAC.
Cabrera Infante sobrevivió, y triunfó. Nicolas Guillen escribió su librito y aplaudió a Stalin, ¿alguno lo recuerda?
“Stalin, Capitán,
a quien Changó proteja y a quien resguarde Ochun
A tu lado, cantando, los hombres libres van:
el chino, que respira con pulmón de volcán,
el negro, de ojos blancos y barbas de betún,
el blanco, de ojos verdes y barbas de azafrán.”
Es patético ver un gran poeta haciendo el ridículo de adornar un dictadorzuelo. Patetismo lírico, además.
Recordando a Guillén me viene a la memoria un cubano que encontré en Toronto. Hay cubanos por todas partes, y de todos los sesgos. A este le costaba mucho recordar su pasado, tener memoria. Era como abrir la puerta de un lugar donde no podría salir, y verse hundido allí, sin poder escapar, sin salida a otra vida, que se le asemejaba lo peor a sucederle.
"¿Sabes? Lo peor no son los años perdidos, sino la memoria de esos años, tener la certidumbre que nunca podrán ser recuperados". – decía.
Reconstruir una vida después de un desengaño espiritual ha sido lo peor para los intelectuales que un día escribieron la lírica del terror, cuando se tiene la certidumbre del fracaso. Pero la diferencia es que mientras el hombre común vive aterrado por su memoria personal, y no encuentra como remedarla, el escritor es capaz de rehacerla, reescribirla, elaborar una distinta y acomodarla a las circunstancias
Nicolás Guillen nunca tuvo esa certidumbre. No vio destruida la sociedad que aplaudió y era, en sí mismo, un poeta auto complaciente que, alguna vez, confesó ser el mejor degustador de sus propios poemas porque se consideraba lo mejor. Hasta el último momento de mi salida de Cuba conservé esa "Bohemia" con aquella entrevista realizada por un periodista checoslovaco – curiosa coincidencia –, el mejor testamento a la imprescindible necesidad de huir del alcance de estos hombres que hacen de su complacencia el rito monstruoso de su propia elegía. Se auto reconocen omniscientes, más que Dios.
La intelectualidad cubana ha cerrado el ciclo que describía Kundera. La tipicidad de estos intelectuales es que un día, algún día, estuvieron encerrados en algún lugar, apaleados en una UMAP pública o privada, silenciados u oprimidos, y hoy se han convertido en los sargentos de opresión artística. Censurados censores.
Es la típica lascivia del intelectual que se ha convertido en mendigo del régimen de terror. ¿No es así, Barnet?

Serán olvidados, quedarán sepultados hasta en su propia hojarasca, pero mientras siguen haciendo su labor de gusano arrastrador. Conquistando artistas de acomodo, grandes artistas, esa es la gran vergüenza intelectual, para hacer esta lírica de bochorno en alguna universidad, y secundar a un poder que, hace mucho rato, dejó de hacer revolución y se convirtió en lo que es, lascivia.

Nota: El poster que encabeza el post pertenece a "A tu salud, Stalin" de Picasso.

Thursday, May 14, 2015

Pasaje al olvido

Una inacabable lista de auto invitados llegan «al baile». Celebridades, hombres de negocios, músicos olvidables, políticos menos olvidables, pasados primeros ministros devenidos segundones en su tiempo, presidentes, y tal vez hasta un Papa en Septiembre. Son nombres que saltan a las páginas de los diarios y recorren los cintillos de noticias, anunciando su llegada al último lugar que parecer estar de moda, Cuba.
Mientras toda esa celebridad extranjera «parece regresar», descubrir por un infeliz instante ese promontorio alargado de verdor, sofocante en toda la extensión de su verano, los cubanos parecen ser los únicos olvidados, «no invitados» a su propia fiesta, y en su propia casa.
Parecen huir, escapar. No aparecen en ninguna de las mediatas «listas» que reclama la prensa. Extranjeros en su propia casa, olvidados por todos, ciudadanos de último orden en un mundo que no tiene ya ninguno establecido. 
¿Los otros? Los otros regresan, nosotros nos vamos. Por esa fugaz eternidad del planeta, el mundo nos abandonó, definitivamente, pero nosotros también abandonamos al mundo. 
Nos convertimos en ese pueblo galante, reidor y bondadoso, manso en su quejumbre silenciosa, parlanchín de su facundia y su criollidad, que no sabe levantar la voz para no molestar al vecino, aun cuando ese vecino es fastidioso y nos riñe, y nos causa problemas y desplantes sonoros.
Ahí estamos. Un remanso del mundo, un rincón tranquilo, callado, abrumado de quejarse a media voz, pero que teme levantar la palabra más allá del atiplado susurro para expresar esa queja.
Y los pueblos galantes, mansos, no hacen la historia, la sirven, de la peor forma.
La hemos servido. 
Hoy hasta nuestros símbolos se retiran, desaparecen, avergonzados. Otros usurpan su lugar, ajenos al aire requemado y caluroso, al polvo salitroso de sus calles, al dulce aroma de nuestras comidas y tradiciones.
Alguien reclama por Puerto Rico «la otra ala». Un rocoso promontorio de tierra en el sur lo acusan de tango y lo llaman Malvinas, mientras mastica algún «chiclet» y habla inglés. Cualquier otro minúsculo átomo perdido en el mapa geopolítico del mundo reclama banderas e independencia. Cuba ha quedado encallada ahí, olvidada, huérfana de reclamos, de querellas justas.
Olvidada.
Hasta la música ha perdido el son. Enmudecida aspira el arpegio ajeno, la nota estridente del visitante, la descolorida insipidez de algún otro. Ritmo de otros ritmos, arpegio de otros arpegios, cuando fuimos la cuerda originaria a templar, bailar y tocar por todo el mundo.
En esta soledad, hasta los entornos naturales se transforman en esta vitrina donde el jarrón de porcelana de China trata de evocar una época perdida en el ensueño. Detrás de sus cristales, la vida pasa. 
Cuba se ha tornado esa vitrina de cristal. Anticuario para turistas. Promontorio de viñetas tropicales para el fotógrafo de moda.
La tragedia hoy para el cubano es que no somos memorables, y vivimos de la memoria.
La pregunta entonces seria ¿a qué recuerdo acudir? ¿A qué memoria?
Un país en ruinas se levanta con esfuerzo y voluntad. Un país sin memoria no tiene historia, es un paisaje desolado, que se desvanece, se convierte en ese despojo de hijos regados por doquier, como pétalos lanzados al viento.
Y no hay pétalos sin flor. No hay flor sin sus pétalos.
No acudimos al hoy para pensar en el mañana, acudimos al ayer. El pasado es el ladrillo fundacional de cualquier fortaleza ante el mundo, los hombres, y las circunstancias. Y ese ayer se desvanece, se nos ha ido, en un largo camino entre las aguas.
Solo queda ese pequeño remanso, ese rincón, ese evanescente pasaje al olvido.

Saturday, May 9, 2015

Dos Carmen

Cuando se levantaba sobre las puntas, lanzaba el brazo en arco y quebraba la espalda en ese gesto airado que apuntaba a la oscuridad del muro silencioso del teatro, el mundo aplaudía, el sonido se lanzaba en torrente, temblaban los muros, se crecia la sala, las paredes rompían su estatura y una explosión de  ritmo se extendia por La Habana, con fuerza terrible, infinita.
Terminado el acto, callada la música y perdidas las huellas de aquel fiero adagio, casi ciego, en el tablado, la maravilla terminaba. Moría el pájaro enhiesto, se rompían las alas, volvía a su morada el silencio.
Solo pude ver a una de las «Carmen», pero eran dos.
La vi bailar una noche de septiembre hace muchos años en el Gran Teatro de La Habana. Bailaba sola, legendaria. Detrás un largo tablado con figuras recortadas en raso oscuro le cerraba el paso. No conocía entonces que la primera era rusa, que se llamaba Maya Mikhaylovna Plisetskaya y tenía tantos otros nombres con las mismas alas de esta otra, caribeña, alada, de cara angulosa que recordaba aquella voz irrepetible de la ópera: María Callas.
Alguna vez fue «María», en silencio. Cuando casi no podía bailar.
Se llamaba Alicia entonces, cuando se levantaba sobre las puntas y comenzaba a existir. Cuando bajaba de ellas, tenía otro nombre, algún otro, y reinaba un submundo de órdenes, cuarteles de baile y rondós de pasos a trois y a deux.
No me gusta el ballet. Confieso que no lo entiendo, o no puedo comprender el silencio entre tanta música. Pero cuando conocí aquella «Carmen» algo bailó dentro, taconeó sutilmente algún sentimiento extraño, alcanzó alguna sobrevida entre los mios y los que agitaba aquel espíritu rebelde en rojo y negro.
No volvió a existir nunca más.
Años más tarde, cuando ya no era el niño de aquellos ojos con que la vi entrar desafiante ante la música, supe de esa otra «Carmen», la rusa, a la que nunca vi bailar, ni hacer los mismos gestos. También tenía las alas rebeldes, el cuerpo arqueado de paloma, las líneas fuertes de matrona en el tablado fiero de ese extraño lugar que se llama teatro. De alguna forma bailaron juntas, pero distantes. Separadas.
Vi su imagen, sus movimientos, el cuerpo que se tornaba, doblaba, arqueaba la espalda y lanzaba el brazo a zambullir la mano en ese gesto fiero, el mismo, en que se presenta «Carmen», en que impone para siempre su presencia de sangre caliente.
Era la misma, o la otra. Distintas.
Dos «Carmen».
Confieso que en lo personal la cubana me gustaba más, me parecía más auténtica, en el tablado. Quizás las manos, el gesto anguloso y cadencioso, como tornaba la cabeza o quebraba la espalda, ese no-se-qué demasiado criollo, demasiado cubano, demasiado encendido en el corazón auténtico de la esencia hispana, que solo a los que nos corre España por las venas nos surge, nos revuelca, se precipita en un torrente de pasión y de fuerza cuando nos reverbera la sangre.
Era la «Carmen», mi «Carmen». Lo era… hasta que dejaba de serlo, fuera de la función de puntas, giros y aplausos.
Era la Carmen tirana y la Carmen libre. La Carmen que doblegaba el fuego para ponerlo en manos de un patrono ajeno a la música, al arte, los pies volantes y las alas. Libre en el tablado, encadenada y diabólica cuando se bajaba de sus puntas.
Dos «Carmen».
Todos recuerdan a Maya Plisetskaya como el ángel dulce, que sufrió y supo imponerse a censuras, discriminación, prejuicios y silencios.
Todos recuerdan a Alicia Alonso como el ave fiera que persiguió a otras aves, impuso censuras, discriminaciones, prejuicios y silencios.
En el tablado español, con aquella música de toros, el talle arqueado, la ceja morena y aquel perfil triangular de ave herida, se transformaba en el ángel blanco. Y era mi Carmen.
No me gusta el ballet, tal vez lo encuentre demasiado sumergido en ese ritual amanerado, desdeñoso o, tal vez, demasiado elevado como para poder hablar el mismo idioma y tenderle la mano. Pero cuando vi a aquella mujer con el pelo largo, con sus piernas turgentes, poderosas, hincadas en las tablas como un sable, en esa entrada de iconoclasia, cuasi religiosa, de la danza, no pude olvidar la música, el perfil, los ojos duros y ardientes, el nombre, los brazos, las alas, el viento, los muros, el teatro.
Carmen se llamaba «Alicia», aunque fue primero Maya.
Quisiera entonces, como tributo a quien todos consideran un ángel bueno, pensar que vi a «Carmen» aquel día de Septiembre en La Habana, en el Gran Teatro, y su nombre era Maya.
Y no Alicia.

Thursday, May 7, 2015

No me gustan los musulmanes

Un juez de la corte de Edmonton ha puesto en libertad condicional al terrorista convicto Omar Khadr y su abogado defensor, Denis Edney, no ha perdido tiempo en afirmar que el Primer Ministro Stephen Harper es “un intolerante y no le gustan los musulmanes”.
De manera categórica el señor Edney acaba de confirmar, con esa curiosa oración de su particular vocabulario inglés, que los musulmanes son terroristas, porque es a eso a lo que ha respondido el gobierno federal canadiense a través de su Ministro de Seguridad Pública, Steven Blaney, al afirmar que el gobierno del Sr. Harper “lamenta que un terrorista convicto se le permita  regresar al seno de la sociedad canadiense sin cumplir totalmente su condena”, como merece, agregaría yo.
Pero dejemos ese intercambio de localismos verbales para este abogado y su contraparte federal. Yo tampoco tengo que tomarme el tiempo, y el esfuerzo, de responderle en nombre del gobierno conservador del señor Harper. Ya lo harán otros, así como también habrá algunos idiotas útiles que utilizarán esta zanahoria en el bando liberal - ¿no es así Justin Trudeau? - y del NDP para buscar votos de sonrisas en el parlamento.
Un aparte. Ya el señor Trudeau confesó que había fumado marihuana en los pasillos de Ottawa.
Pero, en su lugar, contestaré por mí mismo, y por nadie más. El silencio también es una concesión al enemigo de la razón, la tolerancia y, sobre todo, una cobardía imperdonable.
No me gustan los musulmanes.
No me gustan esos que, amparados por la tolerancia a la palabra, al pensamiento y a la libertad de expresión defienden la intolerancia, el vasallaje a un conjunto brutal e ignorante de credos que amparan la represión al diferente en un manto de religión.
No me gustan los musulmanes.
No puedo tolerar, con mi silencio, la destrucción de los pilares seculares de la sociedad democrática occidental: la convivencia pacífica de todos, cualesquiera seamos. Y, sobre todo, el silencio que significa la hipócrita tolerancia a la intolerancia, que es la esencia del problema que enfrentamos hoy en el mundo nuestro, en nuestra sociedad occidental.
Diariamente nos invaden los espacios públicos, los centros de pensamiento y de dirección social, universidades, revistas, escuelas y colegios, reclaman que se retiren símbolos de nuestra forma de convivir y creer – y nada menos que por «irrespeto a mahoma» –, ocupan lugares prominentes en los estamentos políticos, jurídicos y de emisión de opinión y, precisamente, de manera invisible pero consistente, van destruyendo las bases cristianas de nuestra cultura, de nuestro pensamiento y de nuestra vida.
Intentan borrar toda la memoria cristiana de nuestra sociedad y nosotros, ciudadanos de occidente, creyentes o no creyentes, blasfemos o devotos, nos olvidamos que pertenecemos a la misma cultura arraigada en un pasado cristiano, sin el cual no seríamos sino sombras sin sustancia, seres razonantes sin vocabulario, apátridas espirituales, huérfanos de espíritu y de intelectualidad.
Lo intentó el estalinismo, y fracasó. Lo intentó el castrismo, y también fracasó. Lo intenta el mundo musulmán destruyendo los símbolos gregarios de la cultura milenaria mundial. Lo intenta a muerte, sublevación y mucha insolencia permitida bajo el manto de nuestros mecanismos democráticos.
Es hora de decir ¡Basta!
Los ciudadanos de Europa del Este conocieron todo esto, y los cubanos sabemos también nuestra historia, especialmente los que acudimos a Dios, y creemos en su misericordia. Fuimos una península aislada en el mar de la «felicidad incontenible» del marxismo. Expulsaron monjes, padres de iglesias y santos. Cerraron templos y lugares de credo. Cargaron barcos con curas, monjas y monjes, muchos de ellos españoles y canadienses. Persiguieron doctrinas y fe.
Nada desapareció y, curiosamente, los mismos ateos comprendieron que el intento de borrar esa cultura, y acercarnos a una ideología extranjera a nuestra forma de ser y de pensamiento, a nuestra idiosincrasia de vivir, nos destruiría como personas, como hombres de raigambre cristiana.
Nuestro mundo sobrevivió esas desgracias, a un costo humano enorme.
Lo que ocurre con el musulmán en nuestro mundo es diferente, porque estos intentan derruir de raíz los mismos cimientos, las mismas raíces y la misma memoria de nuestro pasado cristiano. No están en nuestros países para irse, o para convivir en pacífica tolerancia con el diferente. Utilizan precisamente la ingenuidad cristiana de nuestros principios democráticos para defender su derecho a la intolerancia de nuestras raíces, a nuestros fundamentos como sociedad. Y somos tan estúpidos, tan benevolentes y misericordiosos en nuestra ingenuidad política, que le dejamos hacer.
No me gustan los musulmanes. ¡No!
No me importa que me digan algunos que, rechazándolos, destruimos los principios fundamentales de nuestra sociedad, porque ese es el cómodo  precepto del idiota benevolente para defender, peligrosamente, el crecimiento de una doctrina que mañana nos cerrará los lugares de culto a nuestra fe, la enseñanza ecuménica de nuestra historia y de nuestra memoria como sociedad, impondrá preceptos estrictos en el lenguaje común, a nuestra lengua y a nuestro intelecto. Prohibirá nuestro arte, nuestra libertad de elegir cómo educar a nuestros hijos, qué ropa usar, cómo comportarnos en sociedad, qué libros consultar y qué leer y, muy fundamentalmente, cómo dirimir nuestras diferencias.
Precisamente no permitirá las diferencias.
Cada vez que alguno de estos que, con hipócrita tolerancia y con palabras bellas, acusa al tolerante de fanático, al que utiliza su derecho a opinar como intolerante, y al que impone la paz para todos con la acotación de la célula terrorista, enemiga de la razón y del derecho a la diferencia, como enemigo de alguna secta depravada, está auto inmolándose a sí mismo, pero a la vez, hiriendo con cuchillo mortal la sociedad que dice defender y en la cual transcurre su propia vida.
No me gustan los musulmanes.
No me gustan ni estos que recaban que las enseñanzas del tal «mahoma» son pacíficas, sin demostrarlo con su acción. Ninguno de esos que acuden a las palabras «del profeta» que dice no defender los preceptos terroristas de estos personajes tenebrosos que acuden a la muerte en nombre de su supuesto nombre. No puede existir una divinidad que defienda la muerte como testimonio de defensa a la palabra de algún «profeta». No existe.
También tengo derecho a decirlo, y sin ninguna consecuencia. Es parte de mi cultura ancestral como hombre de occidente. Los que no lo comprendan, o no quieran pensarlo así tienen que vivir y convivir con ello, aunque no les guste. Es parte del acervo social que hemos logrado en más de dos milenios de vida.
¡Nadie nos lo puede arrebatar!
A ese clan musulmán que defiende «su pacifismo», llámese como quiera y donde quiera, le digo que tienen que probarlo. Tienen que exigirle al núcleo terrorista de su comunidad que tiene que desaparecer o enfrentar las consecuencias. Tienen que, ellos mismos, eliminar esos miembros «disidentes» que promueven la muerte, la destrucción y la intolerancia. No hacerlo significa, como mínimo, una complicidad y, en última instancia, el reconocimiento tácito de que su propia doctrina sí es terrorista.
Ya sé que hay muchos que no se atreven ni a abrir la boca, pronunciar una palabra ni arriesgarse a decir lo que digo. ¡Será tarde para cuando lo hagan!
A los que defienden hoy la libertad de Khadr basados en una supuesta «tortura» en prisión hay recordarles el origen su presencia en esa misma prisión: un acto de terrorismo armado donde murieron personas.
Son condenables los actos, o los supuestos actos de tortura a un convicto: deben ser resueltos y aclarados con transparencia. Pero eso no puede ameritar, ni se puede premiar, con la libertad del terrorista.
No se puede premiar al delito, aun cuando el delincuente no haya sido tratado coherentemente en las premisas de su confinamiento. Ya sé que no soy «muy benevolente». Lo siento, me interesa mucho más las vidas de las víctimas que la del victimario. Y si ellas ya no pueden ser preservadas hay que, al menos, respetar con la condena al victimario el sacrificio de sus vidas.
Veo, sin embargo, y con estupor que los sectores intelectuales, los artistas, políticos, miembros de la sociedad con opinión e influencia no ejercen su derecho a hablar con honradez y valentía, ante los desafíos que las comunidades musulmanas presentan en nuestros países. Dejarlo para mañana, o conceder el silencio es un acto de execrable cobardía, y es el suicidio cotidiano que percibo cada día en la prensa, en la televisión, en los medios sociales, en la misma calle.
Para colmo de males he leído que hasta en Cuba han aparecido estos rastacueros para levantar su fondillo al cielo en el medio del Paseo del Prado. No debería sorprenderme, pero lo hace, y me asusta.
Un país cuyo gobierno es una zorra hipócrita, que abraza toda cultura antioccidental, que intentó destruir nuestras raíces cristianas – y fracasó –, que apoyó todo movimiento antidemocrático en América y el mundo – y también fracasó –, y que hoy sigue aplaudiendo a grupos terroristas en el Oriente Cercano y en el Medio, no dejaría en última instancia, y como medio de sobrevivir a cualquier desafío, abrazar a estos infieles.
Los musulmanes, aquí y donde quiera, en Cuba incluida, tienen que firmar con su propia sangre su lucha por la paz. Deben ser parte de ese contingente armado que lucha contra ISIS, y contra el terrorismo de su doctrina.
Otras lecturas, y otras palabras, refrendarían lo que hasta ahora mismo confirman su tibieza como agrupación que intenta destruir nuestra civilización occidental, democrática: que son terroristas, como dice el señor Edney.
No, no me gustan los musulmanes, y tengo el derecho a decirlo.

Tuesday, May 5, 2015

Mariconerias de Estado

En un mundo cuyos valores están invertidos enseñar el culo puede ser símbolo de respeto, después de todo se trata de eso, de una inversión de valores, inversión de cuerpos, sexos y pensamientos. Inversión de políticas, banderas, ideologías, apostasías y fidelidades. Y así podemos entender el «gesto» invertido de Mariela Castro, con una celebración simbólica de una boda homosexual en un país donde no hay libertad de pensamiento, pero se quiere dar la impresión de un orden de libertad sexual, inexistente.
Lo fastidioso es que, según esta puta de estado socialista, se hace «inspirado» en lo que conoció en Toronto, durante el encuentro mundial de la comunidad gay celebrado en esta gran ciudad el año pasado. Lo inusual, sin embargo, en esta inversión, es que le faltó decir con claridad que en Toronto el matrimonio homosexual existe desde hace ya tiempo. Canadá fue el segundo país en reconocerlo. No hay orgullo alguno en decirlo, es solo una aclaración. Así que, simbología aquí, ninguna.
Hablemos un poco de la parada homosexual de Toronto, que se celebra el «Día de Canadá», nada menos que el «Día de Canadá», como si todos los canadiense fuéramos homosexuales y hubiera que sentir «orgullo» por exhibir el culo en una parada bochornosa de payasos.
Porque eso es lo que es, una parada de payasos, a la que acude mucha gente. Bueno decirlo también.
Puedo comprender una jornada por la igualdad sexual. Puedo entender un recorrido multicolor, incluso con poca ropa. ¡Vamos!, es verano después de todo. Pero, ¿enseñar el culo es señal de orgullo y una herramienta para solicitar igualdad?
El órgano se usa para defecar, además de otras cosas no habituales. No obstante, un millón de canadienses va a este carnaval de saltimbanquis de relajo para gozar «la papeleta», como decimos en Cuba. Niños, adolescentes, viejos y viejas, políticos y dromedarios sexuales, como se puede apreciar si miramos las fotos de la parada del «orgullo» gay de Toronto.
Nunca he ido. He visto fotos, he visto lo que la prensa y las televisoras transmiten. Este carnaval de pitonisas no me interesa, no me representa como persona, ni tampoco representa nada en el aspecto de libertad, armonía sexual y tolerancia. Es solo una bachata temperamental de un país que es usualmente de una «aburrides dromedaria».
Es sencillamente una marranada, pero Toronto es libre de celebrar. Algunos enseñan piezas de colores interiores, otros descubren esos cachetes desgastados por el uso, como los músculos flotantes de un animal muy viejo, desgastado y usado para demasiados menesteres. Está permitido. Enseñar el «pito» y el trasero, sonreír de espaldas y mover desmelenadamente el cuerpo.
Marranear.
Se «cagan» en la policía, le dicen muy soberanamente «Fuck the Police». Libertad tienen. ¿No es así, Mariela?
¿Qué pasaría en Cuba si salen a la calle y se cagan literalmente en aquella policía?
¿Qué pasaría si le dicen en un cartel colorido «Fuck you Castro»?
Son solo unas escasas preguntas
Ya que se «inspiró» en Toronto, debería inspirarse en el «todo de Toronto». En las nalgas viejas colgando del viejo que se pasa desnudo, enseñando el culo y meneándolo. En el hombre que menea «el rabo» como símbolo «orgulloso» de su marranada. En la libertad que tienen en mandar al carajo a la policía, a las autoridades y al propio Primer Ministro de Canadá. Eso es el todo, y algo mas, por supuesto.
Personalmente pienso que todos tenemos el derecho a vivir en libertad, en una libertad compartida y de respeto. ¿Es este carnaval voluptuoso verdadera libertad? Le dejo la pregunta en suspenso. Cada cual es libre de su opinión y su respuesta.
Mientras, lo que transcurre en La Habana con la Puta de Estado es una invención castrista, tropicalizada, de estos saltimbanquis que convierten Toronto cada «Día de Canadá» en un despojo de heces.
Así lo digo, me importa un pepino al que le moleste. Cada cual tiene derecho a menear la cama como lo desee. Es su cama. Y cada cual también tiene derecho a expresar su orgullo como lo entienda, hasta con el culo. Es su orgullo. Pero el desparpajo es simplemente eso, desparpajo.
No hay que enseñar el calzoncillo, o lo que está debajo del calzoncillo, para decir que se es hombre, ni tampoco para reafirmar una libertad o exigir un respeto. Pero, al parecer, es este el carnaval que la señora Castro Espín desea para los maricones de estado, de las locas socialistas, las que apoyan a Raúl, Fidel y ese mundo invertido simbolizado por el culo irrespetuoso de esta payasada que sale, cada verano, en Toronto y que, al parecer, quiere tener una sucursal tropical en Cuba.
Aclaración: una sucursal de locas oficialistas, «revolucionarias», comunistas. Nada más.
Me pregunto ¿qué más le pudo inspirar la libertad canadiense encontrada por Mariela en su estancia en Toronto, el año pasado?
Como pudo ver, la policía no detuvo a los del cartel en contra de su misma profesión y uniforme. Marcharon juntos, además. Un millón de torontianos rió, bachateó, se burló y tomó sus fotos. La marinería colorida celebró su parada y regresó a su estado usual, que no es la marranada esta de la parada. Los mercados estaban abiertos. El transporte era regular. Trenes y autobuses, metros y autos recorrían Toronto sin que nadie interrumpiera su normalidad. Protesta y aplausos. Palabrotas y risas. Mucha tolerancia, mucha.
Es un día en que Toronto se marca de colores, nalgas abiertas y bromas desvergonzadas, pero bromas al fin. Se llama tolerancia. Los líderes políticos acuden también, se fotografían con las «damas» y los «damos», hacen de su presencia una inversión de votos para su partido. Es lo que es. Y la vida transcurre con los que les gusta ver, participar y coger sol, además de otras cosas. O con los que pensamos que es solo una saltimbanqueria ambulante, que no representa el espíritu auténticamente tolerante de este país.
Canadá es algo más que todo esto. Algo que Mariela nunca comprenderá, es incapaz de hacerlo.
Mañana la prensa internacional «saludará» la disidencia prostituida de la señora Castro, muy de esperarse. Para eso abrió la boca, para esto expidió ese pedo voluptuoso de estado. Y por eso incluyo estas fotos que encontré en internet de la Parada Gay de Toronto, la del año pasado, donde pedorreó la babilónica puta de estado. Porque es pura payasada la actitud de Mariela, pura prostitución de esta mariconería de estado que ella agita, como símbolo del desparpajo de un cambio que no es, que no ha sido, que no será.
Pero, ¿qué se le puede pedir a una puta?
Pues que prostituya su cuerpo, su cerebro y su alma.
Ya ella lo hizo desde que fue concebida.
¡Amén!
Fotos del Toronto Gay Parade 2014:

Friday, May 1, 2015

Tragamonedas

Ya sé que me van a decir que es el miedo. Ya sé que me van a recordar la coerción y el listado temprano en el trabajo. La «llamada de los factores», y el ojo del chivato del vecindario.
Ya sé que me van a recordar el «partido», la «juventud» y el «sindicato», y las «guaguas» de adolescentes vestidos de uniforme, los «camilitos» y los viejos milicianos.
Ya sé que me van a recordar aquellos viejos roñosos, «arrascagüebos», que aún quedan, que se mueren de hambre, hablan todavía de «ofensiva revolucionaria» y se llenan de medallas el pecho flaco, encogido y rabioso. Viven en un mundo que ya no existe, que les dejó detrás, arracimados a símbolos sin valor, pura lata ferrosa de recuerdos.
Ya sé que me van a hablar de ignorancia, falta de información, intolerancia y hasta alguno de fascismo. Ya me sé también esa historia.
Ya sé que me van a recordar la «bachata», los refrescos agüados en pipa, los bocaditos de pan-sin-nada, las tres pocas chucherías que sacan como «golosinas atrapamoscas». Las croquetas de cemento, las «flauta atipladas de pan» viejo, elastizado y húmedo, casi sin aceite o mantequilla, que se desgaja en la boca como hojas secas.
Alguno hasta me recordará este «carnaval de merolicos» en las aceras de paso, entre banderitas sublimes, consignas preparadas «Made in DOR», y tanto pulovito rojo y blanco repartido a última hora para garantizar la cuasi obligatoria asistencia.
Nadie se obliga más que a sí mismo, siempre lo he dicho.
Algunos me abofetearán recordándome que muchos, unos cuantos, solo corren al alcance de esos pulovitos rojos. Es el disfraz de la asistencia, del momento, de la chismería relajosa del sindicato.
Ninguno escuchará nada, no les interesa. El desafecto representante del gobierno sindical dirá sus palabras, aplaudirán unos pocos, menearán la boca unos cuantos, zandungueará una conga la mulata culona que lleva la banderita en el sombrero mientras con la sonrisa desgranada saboreará el ritmo de alguna melodía contagiosa.
La fecha no existe, no tiene ningún significado esencial para sus existencias, no les interesa.
¡Pero están allí!
Es lo que le interesa al gobierno. ¿A alguien más le importa?
Pues, ¡no!
Y esa es la esencia del desparpajo, y la consecuencia son estos 56 años vergonzosos arrastrando esta existencia, mientras que abandonada la explanada se quejarán entonces de los techos, las goteras, el pan viejo, la falta de «güebos» en la bodega, cuando donde falta es en la entrepierna de tantos miles.
Estos mismos trasplantados cinco décadas atrás desde el hoy rompieron máquinas tragamonedas cerca de ese mismo lugar, ¿para qué?
Para nada, para venir a desfilar celebrando los derrumbes, la falta de techos y casas para los hijos, el desaparecido y tantas veces prometido vaso de leche para el niño, la maestra roñosa que ya ni sabe escribir «ortografia» con acento en la í, los hospitales que se caen en pedazos, los médicos que faltan en los centros asistenciales, las vitaminas que se venden en la esquina de la farmacia, lo que cada uno de estos roba en su trabajo, las colas en la embajada americana para pedir visa, o el pasaporte del gallego trasplantado.
Celebran las remesas de los familiares en la «yuma», la cerveza de latica adquirida por la putica maleconera o el pinguero del vedado, del maricón que se entrega a su meneo en el «avioncito» o del jinete que vende el tabaco entre los payasos del ex Eusebio (i)Leal en la Plaza de Armas.
Tragamonedas. Tragadólares. Tragaverguenzas.
Esos son los que desfilan.
¿Nos sorprendemos entonces que la payasada castrista continúe en la carroza?
Entérense, también desfilan los exiliados, «emigrados económicos» para acomodar el eufemismo a esta nueva etapa maromera. ¿Alguno se calzó bien los zapatos, se le subió la leche hasta la cabeza y le lanzó la cojonera a la embajada cubana en cualquier latitud geográfica existente?
Nadie, que yo conozca.
Todos marchan por el mismo caminito. Sonriendo, dando los «buenos días» con la cordialidad amable del cordero al pedir la reactivación del pasaporte, el permiso de entrada a un país que no es el suyo, pero lo es y entregar cerdamente parte del salario para sostener esa payasada nacional.
Eso es también marchar por esa plaza ese «primero» de cualquier cosa, día internacional de la «clase obrera», que en Cuba es decir de la «clase ladrona», porque eso es de lo que viven, del robo al gobierno.
Algunos me susurran en la oreja, «es la parte esencial del salario que le arrebatan a los Castros».
Pues, ¡epa!, Día Nacional de la Clase Ladrona, así marchan.
¡Tragamonedas!